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Primos hermanos. -
Mateo - (Filial) [08 May 2003]
Dos primos recuerdan telefonicamente sus primeros juegos eroticos de críos... esto despierta en ellos las ansias por rememorarlos en directo.


Fue una de esas tantas veces en que la calentura sólo lleva a pensar en sexo, así que tomé el teléfono y la llamé. Total, nada más sería una de esas charlas bobas con una prima a la que no veía hacía tiempo y que sin embargo, la tenía presente en todo momento. Me habló de todo y yo pacientemente presté o fingía prestarle atención. Al final, como no queriendo, le solté: -Bueno, Mari, a ver qué día nos vemos. -Cuando quieras primito, ya sabes dónde vivo, nada más avísame antes.

La última vez que nos vimos -cada uno ya con 30 años- fue en alguna reunión familiar, donde no sé por qué razón nos abrazamos y platicamos un poco; situación que me puso los pelos de punta y me provocó una pérdida momentánea del perfil. Sin decirlo, sabíamos muy bien cómo iba la jugada. Su mirada -seguramente como la mía- era reveladora. Teníamos tanto que decirnos. Pero no pasó de simplezas. De esas reuniones no se espera gran cosa.


Aquella conversación aparentemente ingenua, llevaba una gran dosis de erotismo implícito por el pasado común que compartíamos y que ella más tarde confesó sin reservas. Yo lo sabía muy bien porque nunca olvidé las imágenes tan tiernas de nuestra infancia cuando a escondidas, obedeciendo al instinto, nos quitábamos la ropa, nos veíamos uno al otro o, mejor dicho, nos contemplábamos arrobados, y sobre todo, nos explorábamos acariciándonos sabrosamente. Con apenas nuestros siete añitos no entendíamos ni jota de aquello, sólo que una sensación muy placentera nos invadía y sin embargo, nos dejaba como asfixiados... asfixiados de gusto. Claro, a esa edad, ni orgasmos ni corridas.

Sin embargo, algo quedó muy grabado en mi memoria: las redondeces de sus nalguitas, el suave tacto de su montecito de Venus y el aroma que ambos desprendían. Ya se sabe -y con razón- que la infancia son los olores. Y a mí eso me quedó muy claro desde entonces. Tan claro como que sus tufillos en perfecta mezcla me indicaban que así olerían todas las niñas de su edad y eso a mí -si puede decirse-, me provocaba algún tipo de excitación.

Ahora, casi cuarenta años después de los episodios infantiles, la charla telefónica me despertó brutalmente la curiosidad, el morbo, el instinto, la calentura. El caso es que me dije: "No seas estúpido, déjate de remilgos y lánzate con todo, pero ya mismo, que se te va el tren".

Ni un grado de tensión sentía al subir aquella mañana la escalera que lleva a su departamento. Los nervios ya me habían liquidado la noche anterior pensando en la manera en que la abordaría y sus reacciones; en los remordimientos naturales por ser mi prima hermana y en las posibilidades que nos ofrecía la recuperación del pasado. ¡Teníamos tanto guardado! Era hora de saldar la cuenta.

-¡Primo, cuánto tiempo! ¡Joder! Estaba resplandeciente con sus 47 años. Pelirroja, como a mí siempre me gustó, y dejando adivinar, entre su bien cortada ropa, unas formas generosas y firmes todavía.

-¡Hola, prima!-, le contesté, aprovechando el beso que le daba en la mejilla para mirar rápidamente alrededor en busca de alguna señal que delatara la presencia de alguien más y que diera al traste con mi plan. Así que haciéndome el sueco le pregunté por sus hijos y su ex.

-Están en el colegio... y el fulano, creo que en Canadá. ¿Quieres tomar algo o es muy temprano aún? -Un cafecito por ahora.

La charla transcurría suavemente, pero las intrascendencias se agotaban, por lo que sin más rodeos tomé la iniciativa.

-Dime, Mari ¿Qué recuerdos tienes tú de nuestra niñez? ¿Te acuerdas tú de lo mismo que yo? Se le iluminó la cara, no lo podía esconder, aunque quiso fingir como que le hablaba la Virgen.

-Bueno, primo, lo mismo, lo que se dice lo mismo, pues quién sabe. ¿De qué te acuerdas tú? -Vamos, primita. Yo pregunté primero. Dime exactamente de qué te acuerdas.


-Bueno, éramos tan pequeños -dijo, acomodándose en el sillón y cruzando aquellas piernas largas y doradas. -Déjate de rodeos, Mari, por favor.

-Sí, claro. Me acuerdo mucho de tus papás y hermanos...

-¡Por favor! Mari. Yo me acuerdo de otras cosas.

-¿Ah, sí? Entonces dímelas tú primero, a ver si se me refresca un poco la memoria.

-Mari, mírame a los ojos y niega que te acuerdas de lo que solíamos hacer a escondidas -, le dije casi suplicante. -Bueno, sí, de algo sí me acuerdo -aceptó la muy cabroncita, un poco ruborizada.

Para no precipitar las cosas y echar a perder todo continué ahora con menos presión pero sin darle tregua.


-Sabes, esas escenas en el patio trasero de mi casa o debajo de mi cama nunca han salido de mi memoria y menos aún de mi corazón -le aseguré con un tono chantajista. Eso fue suficiente. Su mirada de cordero a medio morir la delató. Sin duda la tenía en mis manos. Ahora todo era hilar fino y esperar un poco. -Me acuerdo, por ejemplo -añadí ya más temerario-, de algo que me pone siempre muy cachondo y que tal vez a ti te suene hasta reprobable porque se trata de una niña, es decir, la niña que tú eras entonces.

En este punto empezó muy inquieta a removerse en el sillón cruzando y descruzando las piernas a cada momento, pero sin decir ni pío, metida ya en el típico estado de trance que me urgía a seguir adelante. -Sabes, Mari... de todo aquello recuerdo en especial cómo te bajaba los calzoncitos muy lentamente, para que no se acabara esa sensación riquísima que no podíamos explicarnos... Y entonces te tocaba... te tocaba toda y exploraba tus rincones... y te estrechaba contra mí fuertemente como tratando de impedir que alguien o algo te arrebatara de mi vida.

-¿Y, qué más? -me preguntó temblorosa, pero aún simulando controlar sus emociones.

-Recuerdo perfectamente -continué, bajando un poco la voz para obligarla a acercarse-, tu piel, la textura de tu piel en mis manos y en mi cara... tus formas... tus nalgas, eso sobre todo, Mari, tus nalgas.

Mientras hablaba, abrió ligera, paulatinamente, la boca asombrada, envuelta en mi relato. Se podían sentir sus feromonas flotando en el aire, porque las manos las tenía disimuladamente puestas en la entrepierna.

-Siempre tus nalgas -insistí-. Las acariciaba... las rodeaba con mis manos abriéndolas una y otra vez acercando mi nariz para olerte bien y no olvidarlo jamás. Desde entonces tus aromas me han acompañado siempre. Ha sido tan fuerte el recuerdo y la impresión de esos instantes, Mari, que suelen guiarme en mis mejores masturbadas... ¡Ah, si tú supieras!

-Ya no sigas, por favor -casi me grita-.

-¿Por qué? ¿No te gusta? ¿Son malos recuerdos para ti? -pregunté casi ingenuo.

-No. Es que me pones muy nerviosa y eso no me gusta-. Su rubor era más que evidente. Debía estar chorreando y con los calzones empapados. Todo iba bien, así que arremetí.

-¿Nerviosa o caliente?


-Muy caliente. Pero no debería...-

Ni la dejé terminar. Sentía que estábamos en el punto sin retorno y me lancé con todo.

-¿Quieres ver como estoy yo?-, le pregunté con un retintín en la voz. Su reacción fue inesperada: me pone la mano derecha en el bulto y me avienta un trémulo pero rotundo sí que le llena la boca.

-Sí, amor mío-, me vuelve a decir, echándose a mis brazos y besándome como una loca desatada. -Déjame ver cómo estás-, siguió frenética y buscando atropelladamente la manera de liberarme del cinturón. -Quiero ver cómo están mis propiedades desde la última vez que las dejé.

-¿Tus propiedades?-, le pregunté apretándole desesperado las nalgas.

-Sí, todo esto es mío-, me decía, acariciándome el paquete aún con los pantalones puestos-, y siempre lo ha sido. Yo tampoco he dejado de pensar en ti y en aquellos momentos. Yo también te he dedicado mis mejores masturbadas y muchas veces he soñado con este instante... Pero ahora, nada me detendrá. Voy a hacerte cuanto he ansiado por años. Te acariciaré cada centímetro de tu cuerpo, te besaré y te comeré todo; lameré toda tu piel y tu sudor; te oleré y me beberé hasta la saciedad cada gota de tu leche. Te meteré en mi cuerpo por todas mis hendiduras. No necesitarás pedirme nada porque me adelantaré a tus deseos... Sólo déjate llevar por este sentimiento que hemos ocultado tantos años. Y si te vuelven loco mis nalgas, no la sueltes entonces; sabes muy bien que son tuyas; siempre lo han sido.

Aquel conjuro de mi querida prima me dejó aturdido. Jamás mujer alguna me había dicho cosa semejante y con tal ardor. Ahora, más que caliente, estaba hipnotizado, abrumado. Apenas si podía cerrar la boca intentando recobrar la conciencia y tragar saliva. Estaba prendado de ella absolutamente. Se puso de pie frente a mí, tendiéndome la mano con delicadeza en invitación a que la siguiera. Me levanté y como perro dócil con su amo, fui tras ella.

-Ven, vida mía -me dijo-, te quitaré los zapatos.

Continuará...

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