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VENGANZA GITANA -
arturo - (Dominación) [12 Jun 2007]
Aquella pareja perfecta se cruzó en mi vida para complicármela y decidí decir basta.

Me llamo Arturo, tengo 17 años y vivo en un barrio residencial de las afueras de Madrid. Allí transcurre mi vida tranquilamente con mi familia, allí tengo mi colegio y amigos y allí ocurrió la historia que voy a contar.

El año pasado vino a vivir en mi misma calle, en el edificio de enfrente una joven pareja de recién casados, ambos muy atractivos pero al tiempo antipáticos y poco sociables. Se relacionaban poco con el resto de los vecinos mostrando mucha suficiencia, señal de que la vida les sonreía en todos los aspectos. Se llamaban Carlos y Marta. El era alto, moreno y atlético; ella, arrubiada, tez clara y con un espléndido cuerpo que mostraba un incipiente embarazo. Y también estaba Saúl, su magnífico perro dálmata, que fue precisamente el desencadenante de mi enfrentamiento con ellos.

Todas las tardes salían a pasear con su perro. El can estaba muy mal educado, de manera que iba molestando continuamente a los viandantes y para colmo siempre hacía sus deposiciones en el portal de mi casa. Más de una vez le llamé por ello la atención a su dueño, pero este pasaba olímpicamente e incluso que dio alguna mala contestación. Al final, no me quedaba más remedio que recoger yo mismo estos nauseabundos excrementos si quería dejar despejada la entrada de mi vivienda.

Un buen día Saúl desapareció misteriosamente durante un paseo. Su amita babía entrado en un comercio, lo dejó esperando en la puerta y cuando salió ya no estaba. Su disgusto fue mayúsculo. En las siguientes horas, Carlos y Marta recorrieron desesperados todo el barrio, preguntaron a todo el mundo si habían visto al can e incluso colocaron carteles ofreciendo una fuerte recompensa a quien diera información sobre el paradero del can. Pero todo fue inútil.

Al cabo de diez días Saúl apareció en la propia puerta de su casa para inmensa alegría de sus dueños. Pero la felicidad duró poco. Pronto comprobaron que el dálmata había cambiado de hábitos y de conducta, se mostraba huraño y lo peor: enarbolaba continuamente su gran polla en erección, dispuesto a introducírsela a todo lo que se moviera. La primera experiencia desagradable la tuvo su propio ano: se lanzó sobre el dispuesto a penetrarlo y solo le salvó su gran fuerza física para reducir al perro, que a continuación fue a por Marta, más lenta de reflejos por su embarazo, la echó al suelo a cuatro patas y se restregó contra su culo hasta correrse sobre su falda entre los gritos histéricos de la muchacha. Fue cuando Carlos tomó la determinación de deshacerse del perro, pero eso sí, sin disgustar a su esposa pues había sido suyo desde cachorrito y lo quería mucho. De manera que un buen día Carlos salió de casa con el animal, le pegó un tiro con su cabeza, y al regresar a casa le dijo a su mujer que éste se había escapado. Marta lo creyo, lloró desconsoladamente y se consoló pensando que pronto volvería de nuevo a casa como ya ocurriera la vez anterior.

Durante sus correrías, el perro había tenido atemorizado a todo el barrio. Con el vicio que había adquirido durante su desaparición atacaba a todo el que se le ponía delante con su polla chorreante y lujuriosa. En una ocasión penetró a una pobre viejecita que paseaba tranquilamente por la calle y otra vez introdujo su imponente pene en la boca de un niño que jugaba al fútbol con sus amiguitos; el indefenso chaval quedó paralizado del miedo y Saúl derramó toda su leche dentro de él. El barrio estaba asustado y quejoso y así se lo hicieron saber a sus dueños, pero ante mi sorpresa Carlos manifestó publicamente que yo había secuestrado a Saúl durante los diez días que había desaparecido y que yo lo había degenerado enseñándole aquellas mañas lividinosas. Pronto los vecinos comenzaron a meterse conmigo e insultarme por la calle. Me llamaban el Follaperros, no me dejaban en paz, mi familia y amigos se avergonzaban de mí, perdí amistades y para colmo, una tarde cuando regresaba del colegio, unos pandilleros indeseables me atacaron, me dieron una soberbia paliza y me metieron un palo de escoba por el culo.

Ante todos aquellos atropellos fue cuando decidí ponerme en contacto con el Rumano ...

(Continuará)

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