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La jaula y el elefante -
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| Aquel - (Gay) [26 Mar 2007]
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Don Carlos, estoy sintiendo riquísimo con la trompa de su elefantito adentro, empecé a decir con la respiración entrecortada, no la saque Don Carlos, empújela hasta el fondo...
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Esa noche, Don Carlos entró al cuarto donde yo dormía (su casa estaba en el piso de arriba de la tienda y ahí me había asignado una habitación)
-Muchacho -siempre me llamaba así- quiero que revises bien la casa; que todos los servicios, agua, luz, gas, etc., estén funcionando correctamente; que la despensa esté bien surtida y todo limpio, incluyendo los muebles, la ropa de cama y todo lo demás en la habitación contigua a la mía. He hablado con mi hijo Manolo y lo he convencido de que venga a pasar una temporada aquí. Mi intención es que se quede a vivir en este lugar y se haga cargo del manejo de la tienda como futuro heredero de mi fortuna, con el compromiso de que, en forma vitalicia siga teniéndote como su empleado de confianza y, en su oportunidad, te otorgue una pensión decorosa para que pases sin problemas el resto de tus días. Yo tengo pensado emigrar para iniciar un negocio, similar a este, en otro lugar.
Sus palabras me dejaron mudo; Don Carlos nunca hablaba, ni siquiera a mí que era su empleado de confianza, de aquella familia que había dejado tres años antes en España. En la época en que lo conocí, como cliente de su negocio, tenía yo diecisiete años y, un año después, cuando cumplí dieciocho y murió mi madre, Don Carlos me ofreció que viviera en su casa para que estuviera al pendiente del almacén y, al mismo tiempo, me ahorrara los gastos de alquiler, consumo de energía eléctrica, servicio telefóCisco y demás que no tendría que sufragar al aceptar ir a vivir a una habitación de su casa la que estaba, como ya dije, en la parte alta del negocio de su propiedad.
Desde el primer día el trato de Don Carlos fue amable, respetuoso y cordial como si fuera yo miembro su familia.
Yo, por mi parte, agradecido por su hospitalidad, trataba de corresponder en todas las formas imaginables a su amabilidad, entre otros detalles, era lo bastante discreto para hacerme de la vista gorda respecto a las visitas que, dos o tres veces por semana, recibía de parte de una vecina que llegaba, con mucho sigilo, a hora avanzada de la noche y cuya hora de salida nunca pude detectar.
Repentinamente aquella vecina cuyas constantes y discretas visitas sólo yo conocía, se fue de la población y, aunque nunca era mencionada, era evidente que su ausencia causaba en Don Carlos una profunda depresión.
- ¿Qué le pasa Don Carlos? Lo veo triste y deprimido. Ya no le oigo tocar su gaita, ni poner en su tocadiscos aquellos pasodobles que tanto le gustan ¡Ánimo, señor! ¡Ánimo! A ver platíqueme ¿qué es lo que le sucede?
- ¡Rediez, macho! ¿Que qué es lo que me pasa? pues nada hombre, que ya tengo varios días, desde que se fue nuestra vecina de este lugar, que la polla no me deja dormir. Está muy cabizbaja, deprimida, como que le falta… vamos que no ha recibido la atención a la que estaba acostumbrada.
- Pero Don Carlos, no lo entiendo; si aquí no tenemos gallinero. Aquí no hay pollas, ni pollos, ni gallinas, ni gallos, ni nada parecido, como no sean los que están muertos, abajo, en el refrigerador de la tienda.
-Ja ja ja. Que me has hecho reír, chaval. No hablo de esas pollas, sino de… ¿Cómo le decís vosotros? La… -hizo un movimiento de cabeza y dirigió la vista hacia la parte baja de su vientre- no encuentro la palabra, hombre, no sé cómo llamarla.. Tendría que enseñártela.
-Pues enséñemela, Don Carlos, así de simple.
Y, con un movimiento decidido, abrió la hebilla de su cinturón, bajó el cierre y se bajó, al mismo tiempo, pantalón y calzoncillos mostrando un miembro de bastante buen tamaño y grosor, rodeado de una tupida pelambre, colgando flácido y pesado, escoltado por dos redondo cojones en medio de sus vigorosas piernas.
- ¡Ah, caray! -abrí los ojos como platos por la sorpresa- con razón no le entendía, eso no parece polla, eso es más bien algo así como una boa, un pitón, una anaconda o, más bien, como la cabeza de un elefante con una trompa muy buen desarrollada.
-Pues ese es el problema, -me explicó- que cuando la acarician y le hacen sus arrumacos, cariñitos, besos, lengüetazos y chupetones esta trompa de elefante se convierte en el pescuezo de una jirafa, duro y tirante, con la cabeza apuntando hacia el cielo y como ahora no hay quien le haga esas caricias, las reclama durante toda la noche y no me deja dormir.
-Cuánto lo lamento, Don Carlos -le dije- créame que lo aprecio tanto que me encantaría poder hacer algo para ayudarle, pero no se me ocurre nada. Si hay algo en lo que le pueda servir, nada más dígalo, Don Carlos, yo estoy dispuesto.
-Claro que hay algo que puedes hacer -respondió con un brillo malicioso en la mirada- Mira, basta con que le des unos leves toquecitos, unos suave y cálidos masajitos a todo lo largo de su trompita, uno que otro besito en la punta, unos lengüetazos de la coronilla a la base y verás como la trompita de elefante se convierte en el cuello de una jirafa alegre y retozona.
-Y ¿Eso es todo, Don Carlos? -le pregunté.
-Eso para empezar -continuó- el siguiente paso es darle su tratamiento para calmarla. Mira, todos los hombres tenemos en el cuerpo nuestra trompita de elefante y tenemos también una jaulita en la que podemos meterla para darle alivio, lo que pasa es que, por un aparente error de diseño, esa jaulita está colocada en un lugar inaccesible para poder apresar la trompa del elefantito. Hablo de un error "aparente" pues creo que, por el contrario, todo está pensado para que unos a otros nos ayudemos a calmar a nuestros elefantitos y al hacerlo se den acercamientos que propicien relaciones sentimentales, amables y cordiales entre todos.
-Pues dígame ya Don Carlos -le dije apresuradamente- ¿en dónde tengo yo esa jaulita? Ya estoy impaciente por ponerla a su disposición para que su elefantito meta la trompa y poder darle alivio.
- ¿Estás seguro de que quieres hacerlo? -preguntó viéndome fijamente a los ojos.
- Estoy desesperado ya por sentir esa trompita suya entrando en mi jaulita -aseguré; y lo dije con mucha sinceridad pues, durante esa conversación fui observando que, sin recibir aún mis caricias la trompa de su elefantito ya estaba pugnando por elevarse hacia lo alto -Dígame en donde tengo esa jaulita y utilícela como si fuera de su propiedad, Don Carlos.
-Debes de saber -me advirtió- que al principio esa jaulita puede resistirse a recibir al intruso y esa acción podría resultarte incómoda y hasta dolorosa ¿Estás dispuesto a aguantar?
-Lo que sea necesario, Don Carlos, ardo en deseos de sentir la trompa de su elefante dentro de mi jaulita y así poder complacerlo -le contesté.
-Está bien, quítate la ropa y súbete a la cama.
Más tiempo tardé en escuchar esas palabras que en estar desnudo, acostado boca arriba en la cama y esperando impaciente que el elefante metiera su trompa en mi jaulita. Don Carlos se arrodilló entre mis dos piernas y las levantó colocando mis talones sobre sus hombros. Sentí entonces cómo la trompa dura de su elefantito se colocaba presionando mi cuerpo.
-Oiga, Don Carlos, que se está equivocando -le advertí casi gritando- ¡que esa no es ninguna jaula! ¡Su elefantito está queriendo penetrar en mi ano!
-Calma, muchacho, calma -contestó- para mi alebrestado elefantito esa es la más deliciosa de las jaulitas.
-No, Don Carlos, no, que ese malvado elefante tiene una trompa muy grande y gruesa para mi jaulita y la va a destrozar, no la voy a aguantar.
-.Tranquilo, muchacho, tranquilo, eso es sólo al principio, luego te vas a encariñar tanto con ella que no vas a querer que salga sino tenerla siempre adentro.
Y empujó con brío; haciéndome pegar un grito. Resultó que al sentirla adentro me pareció que era mucho más grande y gorda que como se veía afuera, pero Don Carlos desoyó mis lamentos y siguió empujando, con la respiración tremendamente agitada, como si en ello le fuera la vida, mientras me decía.
-Espera, espera un poco, tienes una jaulita deliciosa y mi elefante te va a quedar muy agradecido; siéntelo como retoza y se regodea adentro de tu jaula.
Un poco después el dolor disminuyó y, dentro de mi jaulita empecé a sentir un gustito rico que no había sentido nunca y mis peticiones cambiaron.
-Don Carlos, estoy sintiendo riquísimo con la trompa de su elefantito adentro, empecé a decir con la respiración entrecortada- No la saque Don Carlos, por favor, métala más, empújela hasta el fondo. Mi jaulita se siente feliz. Dele, dele, deeeeeeeeeeele más. Hasta adentro, Don Carlos, toda, métala toda, por favor. Así, así, así, toooooda ¡Qué ricura, Don Carlos!
Después de un vigoroso y apasionado mete y saca y una vez que la trompa del elefantito de Don Carlos estuvo afuera, calmada y satisfecha, fue la trompa de mi elefantito la que empezó a sentir urgencia de ser aliviada y así se lo dije a Son Venancio.
-Don Carlos, la trompa de mi elefantito quedó muy alterada y alebrestada y necesita, urgentemente, recibir el alivio que mi jaulita le dio al elefantito suyo.
-Hombre, chaval, debes de saber que soy un tipo muy agradecido y que, por lo tanto, mi jaulita está dispuesta a darle alivio en su trompa a tu elegantito, así que. ¡A darle, macho!
La jaulita de Don Carlos resultó una verdadera delicia que, al alojar dentro de ella a la trompa de mi elefantito me transportó a un verdadero paraíso de goce que jamás había imaginado.
Y ese juego de la trompa de su elefante en mi jaulita y la trompa de mi elefante en la jaulita suya para darnos alivio uno al otro, empezó a repetirse noche tras noche mientras, durante el día, el solo pensamiento del juego de los elefantes y las jaulitas que se daría en la noche bastaba para que la trompa de mi elefantito se convirtiera en un duro cuello de jirafa elevado hacia lo alto..
Todos esos recuerdos vinieron a mi memoria al recibir el aviso, de parte de Don Carlos, de la llegada de su hijo.
Una semana después ya teníamos en casa a Manolo, el hijo de Don Carlos.
Manolo parecía haber heredado la habilidad de su padre para el comercio. A pesar de ser un hombre joven, sólo un par de años mayor que yo, rápidamente empezó a tomar posesión del negocio y una semana después, se despidió Don Carlos que partía hacia otro lugar de acuerdo con los planes de extensión de su empresa que ya tenía elaborados.
En el negocio, y dentro de la casa, las cosas siguieron funcionando con la misma rutina de siempre. Manolo ocupó la habitación de Don Carlos, yo seguí en la que siempre había tenido y todo continuó deslizándose por el mismo cauce. Manolo tocaba también la gaita y escuchaba, por las noches, los mismos discos de música, cargada de nostalgia, de Don Carlos.
Todo seguía igual, menos, claro, mi relación con Don Carlos.
Unas noches después, al terminar las labores, subí a la casa y encontré a Manolo sentado en la estancia observando hipnotizado las llamas de la chimenea, se veía pensativo, tal vez satisfecho del desempeño del negocio, pero no alegre.
- ¿Qué te pasa Manolo? Te veo triste y deprimido. Hoy no te oí tocar la gaita, ni has puesto en el tocadiscos los pasodobles que tanto te gustan ¡Ánimo, Manolo! ¡Ánimo! A ver platícame ¿qué es lo que te sucede?
- ¡Rediez, macho! ¿Que qué es lo que me pasa? pues nada hombre, que ya tengo varios días, desde que salí de España, sin nada de nada y la polla no me deja dormir. Está muy cabizbaja, deprimida, como que le falta… vamos que no ha recibido la atención a la que estaba acostumbrada.
Sonreí, me di cuenta que, para mi fortuna, la historia empezaba a repetirse y, desde entonces, hasta la fecha, no hemos dejado de darnos gusto con el juego de nuestras golosas e insaciables jaulas y las inquietas y retozonas trompas de nuestros vigorosos, entusiastas e incansables elefantitos...
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