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La regla se puede transgredir -
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| Jeronimo - (Hetero) [07 May 2003]
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Relato sobre las relaciones de una pareja en los tiempos de la posguerra española... el avence lento, pero muy caliente de sus relaciones sexuales....
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Lo que a continuación les cuento sucedió hace mucho tiempo cuando apenas era un chaval de 18 años que empezaba a descubrir el sexo. Y lo vine a descubrir con la que era mi novia, Cecilia, una chica dos años menor que yo, alta, espigada, de medidas más que perfectas, grandes ojos azules, cabello negro y tez blanca; de magnífico culo y tetas maravillosas y, además, guapísima. Ella vivía en un elegante piso de Serrano, en el corazón del barrio de Salamanca. Yo me llamo Jerónimo, nombre que ella abrevió cariñosamente, dejándolo en un lacónico Je.
Los dos nos amábamos en serio pero con el defectillo de tener las hormonas fuera de control. Al menor roce de manos la calentura nos subía sin poder hacer nada para remediarlo ya que padecíamos la vigilancia enfermiza de su santísima madre, Asunción de Valdepeñas y Tresleches, conocida en el barrio como doña Angustias, dada su rara afición a intranquilizarse por todo inclusive lo más intrascendente.
El acecho de la suegra llegaba a extremos grotescos como subirse al ático y asomarse desde ahí al salón de enfrente donde cada sábado nos entrevistábamos, en espera de pescarnos en el achuchón y el besuqueo. Cosa que un día logró al pillarnos trabados en un inocente beso. ¡Pero, qué haces, Cecilia! -escuchamos su grito destemplado proveniente de las alturas. Y desde ahí, al galope, se dejó venir doña Angustias, armándonos un numerazo que incluyó el consabido sermón invocador de las buenas costumbres y el abolengo de la familia que venía del norte y su heroica participación en la guerra del 98 y "a mi hija usted no la toca, mequetrefe, libidinoso, comunista, visigótico, panoli, disléxico, hippie" y no sé cuántas cosas más que en aquel momento no entendí bien por el estado de shock en el que me encontraba. El caso es que me sacó el cartón rojo quedando expulsado de ese castillo de la pureza durante unas semanas.
Cumplido ese tiempo y superado el pasaje del destierro, regresé a la casa de Cecilia, pero esta vez, con la imaginación desatada y el deseo exacerbado.
Como era de esperarse, el exabrupto de la suegra sólo había servido para acelerar más nuestros deseos de tocarnos y explorarnos, aunque a partir de entonces, a escondidas.
Ahora los besuqueos y las caricias los practicábamos pegados a unos gigantescos libreros que contenían los incunables del abuelo -muerto en la Guerra del 36-, y fuera de la vista de la molesta suegra, que entre paréntesis tenía las piernas y el culo más hermosos de la creación. En ese rinconcito Cecilia, hasta entonces renuente a los toqueteos, poco a poco fue cediendo terreno.
El primer paso fue meterle disimuladamente las manos por debajo de la blusa hasta tocar la suave piel de su espalda y rozarle apenas el sujetador, lo que me fue premiado con una sonora bofetada de ella que lo consideraba una afrenta, obligándome a abandonar cualquier intento de avance y a escuchar resignado su rechazo. Pero era inútil. A los dos nos había fascinado ese primer acercamiento. Lo demás se fue dando vertiginosamente porque ambos estábamos descubriendo lo maravilloso del sexo entre dos adolescentes que se amaban con africana pasión.
Los paseos por sus pechos se hicieron más frecuentes y nos ponían calentísimos. Eso sí, cada vez que me aventuraba a hacer un nuevo avance ¡Tómala! Un tortazo -proveniente de no sé dónde- me caía encima. Era rapidísima Cecilia y claro, como yo andaba distraído imaginando la manera de conquistar nuevos territorios, no había manera de esquivarla. Así que las correrías por sus pechos duraron mucho tiempo, chupándoselos hasta dormírseme la lengua y a ella quedarle las tetas con un fuerte olor a cartón mojado. Y eso era todo, porque sabedor de sus violentas e inesperadas reacciones, evitaba exponerme a otro castañazo y más estando concentrado en tan dulce tarea. Sin embargo, una tarde, las cosa cambiaron... y cambiaron muy bien.
Estábamos en lo nuestro y no sé cómo me animé a decirle ¡Mira, mi amor, cómo me tienes! -llevándole su mano hasta mi entrepierna donde mi polla se apreciaba inflamada por encima del pantalón. Al principio quiso mostrar resistencia para no pasar por ligera de cascos, pero tampoco la retiró, al contrario, la cerró de manera automática rodeando mi aparato apretándolo frenética y musitando ¡Ay, Je!
Sin dejar de verla a los ojos bajé mi mano hasta su pubis. Pude sentir una descarga que la recorría de pies a cabeza acentuándole la mirada de lujuria que la obligaba a abandonarse al deseo mutuo. Acto seguido decidí emplearme a fondo aun a riesgo de recibir inesperadamente un sopapo a donde cayera y con lo que fuera. Afortunadamente ella tomó mi mano y la apretó con fuerza contra su entrepierna en espera del siguiente paso. Pero los ruidos que nos anunciaban la presencia de su madre -¡por Dios, qué señora más pesada!... y más buena, también, hay que reconocerlo- nos obligaban a separarnos rápidamente y vuelta a empezar otro día.
Aquella rutina duró poco. Y fue Cecilia la que se aventuró a hacer el siguiente movimiento, así que el riesgo de los golpes súbitos se acabó dando paso a la aceptación expresa de ella a todo cuanto nos proponíamos.
Lo más excitante era recorrer sus muslos desnudos hasta tocarle las bragas. Ahí, mi alto sentido de la investigación me llevaba a indagar por todos los sitios posibles. Recuerdo perfectamente que a sus 16 años aún usaba unas braguitas de algodón estampado -creo que con personajes de los tebeos-, lo que me causaba una enorme curiosidad. Sin embargo, de ahí yo no pasaba y sólo lo hice cuando le pregunté si quería que quitara mis manos bien puestas en sus muslos. Su ¡no! -rotundo y suplicante- me animó a seguir avanzando.
Mi objetivo básico fue tocarle el culo, primero porque me volvía loco -lo tenía redondito y bien plantado-, y segundo porque aun cuando se trataba de un avance no era tan comprometedor como tocarle explícitamente la entrepierna. Ahí también descubrí el enorme poder que ejerce la palabra en la conquista sexual -sobre todo si se habla claro, llamando a las cosas por su nombre-, porque hablando y preguntándonos el uno al otro, llegamos a donde llegamos por consentimiento mutuo.
Cuando con mis manos llenas de sus nalgas le dije: Cecilia me fascinan tus nalgas, me encantaría morderlas... como que quiso protestar, pero se lo pensó mejor y no dijo nada, salvo ¡Ay, Je! -casi suspirando-. A partir de ahí, todo fue coser y cantar, y más tarde follar y mamar. Enseguida pasé a meter la mano por delante haciendo a un lado las bragas de los tebeos. El impacto que me causó palpar su vello púbico casi me hace desistir por la emoción, pero me sobrepuse. Fue grandiosa la sensación de estar descubriendo lo nuevo y lo prohibido. Sin embargo, lo que verdaderamente me impresionó y todavía me causa excitación fue la estructura de su vagina, su forma, su constitución... y especialmente su olor.
Los labios mayores se sentían carnosos dejando ligeramente abierta la vagina y descubriendo apenas el clítoris y los labios menores. Toqué y toqué cuidadosa y largamente observando las reacciones de Cecilia. Estaba transportada y no había nada que me indicara el menor disgusto. Al contrario, su estado de éxtasis me impulsaba a continuar.
Ya entrado en materia abrí los labios mayores para hurgar curioso en su vagina. Estaba empapada. No quise perder esa oportunidad de ahondar en la investigación e inmediatamente saqué la mano para llevármela a la nariz y a la boca. ¡Dios mío, qué olor y qué sabor! ¡Maravillosos! Puedo asegurar que su aroma es único. Hoy es el día en que no he encontrado nada igual, ni aquí en España ni en otras tierras a las que he viajado por motivos de trabajo. Evidentemente me hice un adicto a su entrepierna, lo que se dice un coñodependiente. Ella no lo comprendía cuando se lo decía reiteradamente, inclusive le parecía una exageración de mi parte, pero desde la primera vez que le mamé la raja con los consabidos lengüetazos al clítoris, supo lo que yo quería decirle haciéndose desde entonces y sin reservas, adicta al cunilingus.
Ella por su parte, se aventuró a explorar cada vez más mi anatomía. Cuando le franquee el paso a su mano en mi bragueta, más tardé yo en hacerlo que ella, fuera de control, en acariciarme la polla y ponérsela en la boca para hacerme una mamada gloriosa que -sin necesidad de explicarle nada- la llevó a cabo con maestría, como si fuera algo natural; como natural fue para mí sentirlo de su boca por primera vez.
Pese a tocarnos tanto y calentarnos como locos, las cosas no llegaban a término, porque los dos ignorábamos la manera de alcanzar el éxtasis total, el orgasmo conjunto. Obviamente yo sabía lo que era una corrida dada mi experiencia en masturbarme a su salud, pero me daba corte acribillarla con los chorros de semen y dejarla hecha un asco... No sabía cómo iría a responder.
Para entonces ya habíamos encontrado la mejor manera de evadir las miradas inoportunas de la infaltable y piernudísima doña Angustias que no contenta con su vigilancia, había puesto a toda la familia a espiarnos: los hermanos pequeños, Regina y Luis, la abuela y creo que hasta a Brigitte, la maldita perra french poodle que no cesaba de olisquearnos después de aquellos arrebatos sexuales, causándonos preocupación, al principio, y largos ataques de risa, después.
Adquirimos tal práctica en el arte de la simulación y el escondite que de esa manera, al disimulo, nos desvirgamos y en la postura menos pensada. Fue una tarde lluviosa y fría de octubre que obligó a la familia a quedarse quietita ante la tele. Yo, previendo lo que se podría hacer, me dejé aposta la gabardina pretextando frío. Ella, diligente, como siempre, fingió ir por un momento al baño; instante que aprovechó para cerciorarse del grado de vigilia del enemigo y, claro, para despojarse de las braguitas a fin de ganarle tiempo al tiempo.
De regreso se dirigió a nuestro rincón y al ritmo de la música de Armando Manzanero, ejecutó una suerte de striptease que no era más que subirse y bajarse la falda, dar unas vueltas y contonearse muy cachondamente, mostrándome el alucinante espectáculo de sus piernas, pubis y culo que me ponía la polla durísima con un constante goteo de líquido seminal.
Me aproximé para verla mejor y sin pensármelo mucho me la saqué y sentado en el brazo del sillón, la atraje hacia a mí, la giré para tenerla con el culo frente a mi cara, le subí la falda y la coloqué poco a poco, justo encima de mi polla que desesperada buscaba guerra. La penetración fue apacible y placentera pese a los ruegos nada convincentes de ella -No, Je... No, Je-, contrarios a su actitud de complacencia total. Yo estaba excitadísimo con los ojos puestos en ese culo perfecto que me quitaba el sueño. Por fin lo tenía como yo quería: en mis manos y con ella ensartada hasta el fondo. La abundante lubricación producida por nuestra calentura impidió el más mínimo dolor en ella y en cambio la indujo a moverse como pistón en un subibaja constante que nos llevó a los dos a explotar en una monumental corrida.
Quedamos exhaustos y chorreando... sobre todo ella. Los muslos le escurrían y a mí me parecía verse hermosa así, abierta de piernas con una sustancia blanquecina y rojiza descendiendo hasta las rodillas. Me incliné a limpiarla con el faldón de mi gabardina; ella en cambio, reaccionó de una manera que hoy me sigue enterneciendo: se agachó, tomó mi polla entre sus manos y se la llevó a la boca para tragarla entera y limpiarla prolijamente.
Ahora ya sabíamos cómo funcionaba todo... finalmente habíamos esclarecido el misterio del sexo. En adelante, ella me recibiría de entrega inmediata, es decir, sin bragas, y a darle gusto al cuerpo guiados por la imaginación y el sentido común. Llegamos a conocernos perfectamente. La mayoría de las veces fue sexo oral y manipulación, siempre sentados en el sofá. Yo, como si nada, y ella a un lado dándome la cara, sólo que sentada sobre sus piernas, como arrodillada. En esa posición las cosas se nos facilitaban porque yo podía verle y acariciarle el coño y las piernas -sin obstáculos y a mi antojo- y ella manipularme la polla a sus anchas. Para el que se asomaba, aquélla era otra manera más de sentarse y ya.
En tal postura Cecilia empezaba a tocarme con la mano derecha, protegida por uno de los cojines del sofá -creo que de estilo Luis XV y medio- y cuando sentía la inminente corrida por las palpitaciones de mi polla, hacía a un lado el cojín y se inclinaba ligeramente a beberse hasta la última gota su biberón. Al incorporarse se le veía un goce peculiar en su carita... realmente lo disfrutaba cuando se relamía los labios como gata después de mis abundantes descargas de leche. Al preguntarle si le gustaba, su respuesta era la misma: me encanta; la próxima vez te doy un poco. Yo, por mi parte, acariciaba sin cesar su coño hasta conseguir que se corriera cuanto quisiera. Lo que le excitaba muchísimo era que entre orgasmo y orgasmo, retirara mi mano, la chupara y le diera a probar. Al terminar la sesión, los dedos de mi mano izquierda parecían ciruelas pasas de tan arrugados por aquel caudal de fluidos y saliva.
Claro, con aquellos encuentros y a nuestra edad, llegamos a amarnos ciegamente y a querer más y más sexo. Todo nos complacía y nada, absolutamente nada, nos parecía desagradable y menos aún pecaminoso. El problema fue que mientras avanzamos en nuestra aventura sexual, descuidamos la logística, al contrario de la suegra quien se espabiló más en la tarea de custodiar las buenas costumbres y la honra de su heredera mejorando sus métodos de espionaje, siempre disponiendo de los hermanos pequeños de Cecilia, Regina y Luis y, por supuesto, la perra Brigitte.
No olvidaré jamás aquella tarde de enero del 68. El frío de Madrid me calaba inclusive enfundado en la vieja capa heredada de mi padre que sólo me quité al llegar al quinto piso de aquel edificio de Serrano, donde vivía Cecilia. Con la hormona alborotada como siempre, inicié la faena, pero un ¡Hoy no! -de ella- me detuvo. Ante mi extrañeza me dijo ¡Pero, Je, qué falta de imaginación la tuya!... ¿No te das cuenta?... Que me han atacado los comunistas, los rojos... sí, tonto, la regla. ¿Y cuál es el problema? ¿No te apetece? -le pregunté. No es eso -respondió-, sólo que me parece incómodo. Pues a mi no me importa en lo más mínimo -le contesté... eres tú y todo lo que sea de ti no me desagrada, al contrario, lo amo... Vamos, Cecilia, déjame... Te juro que si no te gusta desisto y a otra cosa. Su silencio fue luz verde, así que ahí también conocí lo que era y cómo se usaba una compresa.
La puse de pie frente a mí, le bajé las bragas y con ellas la compresa. No cabía duda, se me estaba desvelando otro misterio más de la naturaleza femenina. Me incliné para observar cuidadosamente la mancha roja en la compresa y luego mirar hacia arriba en busca del origen. Aquello me pasmaba. Una vez más, guiado por el instinto, empecé a manipular la zona en busca de respuestas. La única que obtuve fue una tremenda excitación de parte de ella que me contagió ocasionándome una erección instantánea. Y yo que creía que las mujeres en esos días nada de nada -pensaba. Otro mito se derrumbaba ante mis ojos. Alcanzamos un intenso grado de excitación... queríamos follarnos en ese momento, pero lo pensamos seriamente ante la posibilidad de quedar pringados.
No quedaba más remedio que renunciar o aventurarse al acto que muy pocos eran capaces de llevar a cabo: el clásico vampirazo, que no es otra cosa que pegarse a un buen coño chorreando en plena menstruación y mamar y chupar como sanguijuela. Cauteloso, acerqué mi nariz y constaté que lejos de encontrar un olor desagradable, su vagina despedía un aroma distinto. Algo más fuerte que el de costumbre, pero muy agradable y atractivo, que no tenía nada que ver con las leyendas que tejíamos los demás chicos al hablar de la menstruación. Era un aroma sutil y agresivo a la vez, algo así como a solomillo fresco, es decir, olía que alimentaba. Aquella gratísima sorpresa detonó mi líbido como nunca. Cecilia, al percatarse de mis draculianas intenciones se retiró un poco escamada preguntándome ¿Pero, qué haces, Je?... No lo ves -le reviré- quiero comerte, quiero saber de una vez por todas, cuál es tu verdadero sabor, Cecilia... déjame, por favor... y me dejó hacer a mis anchas. Esa fue nuestra perdición y el fin de aquel romance.
Me arrodillé y tan cómodo como lo permitía la situación, me metí bajo su falda escocesa, le abrí las piernas, encajé la lengua en su hendidura y a lamer y paladear se ha dicho, embriagado y absorto en aquella oscuridad. Así estábamos cuando Cecilia se mueve bruscamente dándome un empujón que me hace trastabillar y caer de espaldas, para arreglarse rápidamente la falda intentando eliminar cualquier vestigio de nuestro retozo. Al vuelo comprendí que se trataba de algo grave como lo fue en ese momento la llegada de su madre al salón -acompañada de la maldita perra. Doña Angustias, al verme ahí tirado y con mi cara de idiota, me pregunta inquisitiva ¿Pero, que hace usted ahí en el piso, Jerónimo? ¡Levántese inmediatamente! Por suerte no había abierto esa vez mi bragueta lo cual me dio arrestos para articular una explicación entre dientes más o menos creíble.
Me encontraba tan concentrado en atender a la suegra y en hacer a un lado a la maldita perra que no paraba de saltar y olisquearme, que no me percaté de los gestos y manoteos de Cecilia a su espalda tratando de llamarme la atención para indicarme que me limpiara la cara, alrededor de la boca, donde se apreciaba notablemente una aureola de sangre y saliva. Muy tarde me di cuenta de lo que me quería decir... mucho más tarde que su madre, quien curiosa se acercó a mí a inspeccionar aquella extraña mancha. Al percibir el suave aroma que despedía esa sombra rojiza alrededor de mi boca y caer en cuenta que era nada menos que sangre de su sangre montó en cólera súbitamente, lo que se dice "ipsofactamente".
¡San Ataulfo! -vociferó descompuesta. ¡Desgraciado! -me gritaba apuntándome con el índice rígido y los ojos inyectados. ¡Descastada! -le decía a ella desde lo más profundo del alma. Era tal su ira que no atinaba a decir otra cosa que no fuera desgraciado, a mí, y descastada a ella, moviéndose como autómata de un lado a otro, con el dedo bien parado, y, desde luego, con la maldita french poodle saltando y ladrando alrededor de los tres, seguramente excitada por el suave aroma a solomillo que flotaba en el salón.
Yo ya me daba por muerto, pero la buena fortuna estuvo de mi lado. El escándalo era terrible y a la pobre mujer se le subía cada vez más la tensión hasta abotagarle el rostro. En una de esas embestidas de furia contra mí -con todo y dedo parado y a punto de lanzarme otro ¡Desgraciado!-, doña Angustias se desplomó con la pupila fija y el índice rígido apuntando al piano de cola. Le había dado el soponcio. Cecilia ni tarda ni perezosa me aconsejó asustada: es mejor que te marches, Je; vete antes de que despierte.
Yo no me hice de rogar, así que tomé mi capa y emprendí la retirada. A saltos bajé las escaleras de los cinco pisos hasta el portón principal, donde el frío de la calle me golpeó de lleno la cara trayéndome otra vez el aroma que acababa de dejar para siempre. Me envolví en la capa hasta las narices para preservar lo más posible el perfume de Cecilia. Así, embozado, dirigí mis pasos a la estación Goya del metro, hasta donde llegué acompañado de tres gatos vagabundos que inexplicablemente se me habían unido en alguna de esas calles del barrio de Salamanca.
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Epílogo
Después de aquella escena Cecilia fue enviada a estudiar a América a un colegio de monjas, en Wisconsin. A su regreso estudió filosofía prerrománica -o algo parecido-, se casó y divorció tres veces y hoy es una famosísima presentadora de televisión con otro nombre.
Sus hermanos se dedican a actividades comerciales. Luis estudió derecho y montó su despacho de investigador privado -a un lado de la estación Vallecas- en el que vende todo tipo de mercaderías porque la clientela escasea. Sólo gana unas pelas más con su puesto de turrón en la Plaza Mayor durante las navidades.
Regina, por su parte, se dedicó un tiempo a modelar. Aspiraba a ser top model, pero su estatura, más bien pequeñaja, siempre fue un serio handicap. Hoy atiende una perfumería cercana a la casa materna, en Serrano.
La abuela y la perra Brigitte murieron; ambas de viejas.
Doña Angustias aún vive, pero la fuerte impresión de aquella escena del 68 con su hija de por medio la marcó para siempre. Los vecinos de Serrano y calles aledañas la conocen muy bien y aseguran que de vez en cuando y sin esperárselo nadie, sale al balcón de aquel edificio señorial y grita ¡Desgraciado! al que pasa.
Yo, por mi parte, recorrí el mundo durante algún tiempo; nunca me casé porque el recuerdo de Cecilia me lo impidió. Senté cabeza no hace mucho y abrí mi restaurante en las inmediaciones del metro Goya. Se llama "El Je" y la especialidad de la casa -y el éxito también- es el solomillo. No podría ser de otra manera
Cecilia y yo no volvimos a vernos, salvo en una ocasión -hace unos meses en que coincidimos en la feria del libro en el Retiro. Una décima de segundo nos vimos a los ojos, pero ella no me reconoció... al menos eso he querido creer.
Hasta otra.
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