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Desde mi otra piel I -
Anele - (Hetero) [05 Apr 2004]
Un hombre que se convirtio en la obsesion de una mujer dispuesta a todo por volver a estar con él.
Desde mi otra piel
By Anele

“Infieles, pero no desleales”
Gabriel García Márquez

Era más de media noche cuando sintió golpes en la puerta de su habitación, abrió y él, sin una palabra, la tomó de la mano y la condujo a su habitación. Habían conversado durante la tarde en la piscina del hotel; la típica conversación para romper el hielo; qué edad tienes (28 años), cuál es tu signo (piscis), qué opinas de la vida (no hay nada como vivir solo para sentir la libertad). Conoció de esa manera que él jugaba baloncesto profesionalmente desde los 16 años, que su vida no había sido fácil y también parte de su intimidad. Ella era solo una estudiante del último año de Derecho que se hallaba en la Isla por motivos académicos. Él se hallaba en el mismo lugar porque su equipo, Delfines de Puerto Cabello, se enfrentaba al local por la clasificación al campeonato nacional.
En la habitación, Anele tomó asiento sobre la revuelta cama, “disculpa el desorden” dijo Ricardo, ella permaneció en silencio y se dedicó a mirarse nerviosamente las manos tratando de calmarse un poco, aunque no era la primera vez que se encontraba a solas con un hombre, aquel la turbaba, sentía una excitación terrible de solo pensar en lo que podría suceder con aquel muchacho al que apenas conocía.
Ricardo se sentó junto a ella, mirándola con aparente ternura, “Tranquilízate, vamos, tócame con confianza, ve que soy real y que no voy a comerte”, y diciendo y haciendo le tomó ambas manos dirigiéndolas hacia su pecho y su brazo derecho, donde el tatuaje de un rostro del Che Guevara parecía mirarla a los ojos fijamente. Dejándose llevar, Anele comenzó a palpar el musculoso brazo, los hombros, el pecho, la ancha espalda, todos los planos del cuerpo del muchacho. Era impresionante tanto su altura como el resto de su físico, con sus dos metros y sus 109 kilos, parecía ante Anele un coloso, pues ella con su metro sesenta y cinco era una pitufa que de pie le daba apenas a la mitad del pecho.
Se miraron a los ojos y no necesitaron decirse palabras para comprender lo que ambos pensaban. Sus labios se encontraron en un beso profundo e intenso, la lengua de Ricardo exploró con deleite cada rincón de la boca de Anele. Esos besos pasionales, de exploración, saboreando completamente cada uno la saliva del otro, como besos de enamorados eran cariñosos, tiernos, pero a la vez salvajes... Y la mirada de aquellos hermosos ojos oscuros que parecían penetrar su alma...
El temor de Anele comenzó a disiparse, ya la confianza hacia él había ganado terreno y se dejó llevar por los instintos básicos de la naturaleza. Su novio estaba lejos, la esposa de él no tendría porque enterarse, eran y estaban solamente él y ella, en aquel momento y en aquel lugar.
Colocándose tras Ricardo comenzó a trazar con sus largas y cuidadas uñas caminitos en la espalda de él, quien cerró los ojos exhalando un suspiro de éxtasis, “Ummmh, que rico se siente, me gusta”. Las caricias se extendieron por toda la extensión de la espalda y los brazos, él se entregó completamente a aquellas delicadas manos y aquella lengua que por momentos se deslizaba sobre su cuello y su oreja derecha...
No aguantando más Ricardo la asió por la cintura y la colocó frente a él, sentándola sobre sus piernas, buscó nuevamente sus labios y los saboreó largamente, besó una y otra vez esa dulce boca que parecía especialmente nacida para el placer. La apretó contra su cuerpo, para que pudiera sentir su calor y se dejó caer hacia atrás, quedando ella sobre él, prisionera de sus brazos, de sus besos, de sus manos inquietas. Anele rió nerviosamente, mas las hábiles manos de Ricardo se introdujeron dentro de su camiseta y acariciaron sus erectos pezones, llevándola a una ataraxia total.
Mientras una mano se encargaba de sus pechos, la otra bajó lentamente entre las curvas de su cadera y se detuvo en las firmes nalgas por unos minutos, para luego cambiar la ruta hasta llegar al duro hueso de la pelvis, donde un dedo se coló entre su pijama y acarició su clítoris; ambos gimieron quedamente, aumentando el placer que cada uno sentía.
A través de la fina tela del pantalón de deporte que él vestía se notaba la dureza de un miembro que luchaba por salir. Pues sentada sobre él, Anele podía sentirlo en su húmedo y caliente nido, pues Ricardo simulaba, guiándola por las caderas, los movimientos de una penetración. En la mente de ella comenzó a formarse la imagen de un delicioso vaivén en sus entrañas y deseó sentir dentro de sí aquel pene que aun no había visto, pero que imaginaba tan portentoso como su dueño.
El aroma de ambos llenaba la habitación y el cuerpo de Ricardo exhalaba una fragancia fuerte y masculina que inundaba la pituitaria de Anele. Había leído que nunca se conocía completamente la manera de amar de un hombre hasta no descubrir su olor secreto, y la única manera de conocer el aroma secreto de él era, claro esta, olfateando sus partes intimas.
No tuvo que esperar demasiado para averiguarlo, pues él al borde del orgasmo bajó sus pantalones (no llevaba calzoncillos) e incitó a Anele a que le felara, ella no se hizo de rogar y deslizándose por el cuerpo de él dirigió su boca a aquel rosado y grueso capullo, el más hermoso de los que había visto, el glande, de un tono rosa oscuro, destellaba cubierto de liquido preseminal, y las bolas afeitadas, eran dos pingajos colgando entre las musculosas piernas.
En pocos minutos, mediante una combinación de lengüetazos, chupeteos y caricias, el pene de Ricardo tomó la dureza de un ariete. “Quiero acabarte en la cara” dijo él extasiado.
Aunque no era su estilo, Anele se dejo hacer, se sentó en una silla y él de pie frente a ella colocó su pierna derecha sobre la cama, quedando rostro y falo frente a frente, ella se lo llevó a la boca, asiéndolo con la mano izquierda, y mientras le felaba y acariciaba, él al borde del éxtasis guiaba el ritmo con su mano colocada sobre la de ella, y decía frases como: “Así mami, dale, rico”, “Chúpalo, trágatelo todo”. Nada excitaba más a Anele que un hombre le dijera cosas como esas, y él que estaba ya en la gloria, acabó en un espeso chorro que inundó completamente la boca de ella, quien exprimió el duro falo hasta la última gota.
Saboreando aquel néctar miró al coloso, apartó los cabellos de su rostro y sonrió para si misma.
Sonrió...


Si te gustó, escríbeme a nenita_patty@yahoo.com


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