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Sesión de cine con tía Clarisa -
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| Zimmer Heimlich - (Filial) [05 May 2003]
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Consigue que su tia lo masturbe mientras ven una pelicula erótica.
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Ocurrió en septiembre del año 1994. Mi tía Clarisa dijo que pasaría por mí a la casa la noche del viernes para ver una película. Era ya una costumbre entre los dos. Como ella era socia de mi padre en una de sus ferreterías teníamos una relación cercana. Ella se había divorciado hace ya veinte años, y sus hijas habían dejado el nido hace un par. Por eso vivía sola y pasaba por mí cada viernes para sentirse segura. El velador que rondaba su cuadra no trabaja en viernes, por eso mirábamos la película en la noche, dormíamos y ya el sábado regresaba a mi casa.
Pasamos a Blockbuster por las películas. Yo renté el clásico de Viernes trece, por la combinación de sangre y tetas que aparecen en pantalla. Además, había fantaseado que mi tía se pondría caliente con la película. El recurso tan manido de rentar una película de horror pero con la intención de ver sexo y calentar a la novia. Esas ideas eran las que tenía en 1994, recursos de menor de edad para ver calenturas con permiso de los padres. En septiembre del 94 cumplí los diecisiete años, hoy que cuento la historia recién tengo los veinticinco.
Estos sucesos fueron tan reales como quieran ustedes creer. No sé si sea de lo más común tener sexo con las tías pero conmigo se dieron las condiciones. Tía Clarisa es de un temperamento sexual muy voraz, y se le conoce por ello. Por lo regular anda a la caza de hombres maduros, pero conmigo se dio una excepción.
Llegamos a la casa de mi tía y bajamos las películas y sus cosas. Su casa es muy elegante y limpia. Tiene cierta manía por la pulcritud, pero eso a mí me excitaba ya que recurría a pensar en ella desnuda, con una vagina de lo más limpia y húmeda.
Encendió las luces y me dijo que me bañara antes de dormir, porque después de ver la película me daría flojera. Mientras yo tomaba el baño ella lo hacía también, y casi salimos juntos de lavarnos. Me extendió un pantaloncillo corto de una de sus hijas, uno de tela afelpada y amarilla, y me lo dio a manera de pijama. Ella ya tenía una bata larga, blanca y translúcida sobre su cuerpo. Esto no me daba mucha pela porque era su costumbre. Pero por eso me encantaba ir a su casa, porque una vez que me iba a la cama, me masturbaba como un poseso pensando en sus morenos senos.
Ella se tumbó en la alfombra frente al sillón quedando de cara al enorme televisor a colores. Yo me quedé de pie pensando donde sentarme. Una mano de mi tía se paseó por mi pierna con cariño y me dijo que me estaba poniendo piernudo. Sí, le dije muy monosilábicamente. Su mano se fue hasta arriba sin darme cuenta y tocó los testículos. Me sobresalté y mi tía soltó la carcajada: ¡Ja ja ja! ¡Qué huevitos tienes! Luego sacó la mano con soltura y me dijo: “Siéntate para que puedas ver la película”.
La película empezó. Jasón avanzaba entre matas verdes merodeando una motor home en muy mal estado. Adentro un par de adolescentes fajaban inmersos en el estruendoso mundo de Motley Crue. Mi tía se enderezó un poco y me ofreció un cacho de cobija, la refrigeración estaba a mil. “No alcanza” le dije “Pues hazte para acá” contestó. Yo buscaba eso. Con el puro aroma de tía Clarisa tenía para embriagarme y recordarlo y masturbarme cuantas veces fuera necesario. Me pegué a ella lo más que pude y fijé la mirada en el televisor.
Ahora Jasón rompía el cristal de la puerta del motor home y los adolescentes se ponían histéricos. La jovencita apretaba con fuerzas su ropa interior subiéndola al pecho, mientras procuraba aplastarse todo lo posible en la pared de la casa rodante. “¡Los va a matar!” Gritó mi tía y se acurrucó dentro del cobertor. Su movimiento me permitió sentir parte de sus grandes piernas en mis muslos y tuve una erección.
-Adelántele a las viejas bichis, tía -le pedí.
-No porque nos perdemos el suspenso –dijo ella.
-Ande... ¡adelántele! Ahorita sigue más acción.
¿Y dónde está el control tía? Dije esto y metí las manos entre las suyas. Ella se puso juguetona y lo hundió entre las piernas divertida. A mí me encantaba eso. Ande tía, démelo. Y ella demoraba la obtención del control. Para mí era bueno porque en el trance rocé sus muslos y también pude sentir algo de sus tetas.
Con el mando a distancia en manos, pude trasladarme hasta una escena clave: Jasón miraba por la rendija del baño a una chica tomando el baño. Con todo el manejo de cámara que se acostumbra en esas situaciones del cine de horror, el resultado era predecible: erección tremenda. Jasón miraba senos: yo miraba senos. Jasón veía pubis: Clarisa y yo veíamos un pubis.
¿Ya se te paró verdad? Arrojó mi tía sonriendo y palmeándome la pierna. Me hice de hombros y contesté con un no prolongado. No te hagas, me dijo. Como no le seguí el juego, frunció el ceño y siguió viendo la película. Mientras, la chica seguía en el baño un lento ritual de limpieza. Se deslizaba a tocar su vello púbico cuando Jasón le cortó la cabeza.
-¡Por cochina! –dijo mi tía-. Así te va a pasar a ti si te sigues tardando tanto en el baño.
-¿Cuál baño? –le dije- es que casi ni sale agua.
-No sale agua, no sale agua –dijo sospechando-, si ustedes a su edad andan como burritos.
Mi tía me miraba de arriba para abajo cuando decía estas cosas. Obviamente estaba jugando y no había un tono de censura en sus palabras sino complicidad divertida. Cubiertos los dos por la cobija conversábamos muy de frente. Por eso me tomó por sorpresa el agarrón que me tiró. ¿Y esto qué es, eh, cabroncito? Mira, pareces burro. Me llevé las manos a la entrepierna cubriendo las de mi tía, le dije que me soltara ahí.
-Suelte tía, suelte. Es mía.
-¿Es tuya? –dijo-, ¿Me la prestas?.
-No. Eso no se presta tía –ella seguía apretando.
-Ya se está poniendo flojita.
-¡Pues me está apretando! –le contesté.
-O sí es cierto –y me dejó en paz.
Ya en ese momento sabía yo que tenía una oportunidad. Pero la jugaba de ingenuo para no fastidiar las cosas. No era tan tonto.
-A ver regrésale –dijo mi tía- nos perdimos mucho por tus calenturas.
-¿Mis calenturas? Las de usted tía.
-Miré como me la dejó.
Y me descubrí.
Tenía el pito listo. Muy paradito. Hasta me duele tía, del apretón que me dio. Le dije. Siento como que me duelen los testículos. Los ojos de mi tía estaban grandes como platos y no podía evitar mojarse los labios mientras quería decir algo. Mire tía, miré como la tengo. Y yo paseaba mi verga, la hacía rotar con la mano, la cogía de lleno con el puño y la apretaba para resaltar mi cabeza. Quedé bien caliente tía. Me va hacer daño.
-¿Me puedo masturbar aquí?. -Mastúrbate –dijo con desenfado.
Intencionalmente lo hice mal. Me puse los cinco dedos alrededor de la cabecita haciendo una especie de casita y moví muy rápido y torpemente de arriba hacia abajo.
-¿Quién te dijo que así se masturbaba? –dijo mi tía.
-Nadie. Así le hago pero nunca puedo terminar. A veces me siento peor cuando lo hago.
-Así no se hace, tienes que tomarla con la mano entera y subir y bajar.
-Cómo –le dije y la miré en los ojos.
-Igual como le estabas haciendo, pero por un lado.
-¡¿Cómo?!.
-¡Igual!.
-¿Cómo?.
Con un gesto desaprobatorio pero inclinándose más, me cogió de la verga y dando dos o tres sacudidas dijo: ¡Así! Y la soltó.
-¿Así? –me sacudí el miembro desinteresadamente.
-Ya te dije como. A mí se me hace que lo que quieres es otra cosa.
-¿No le enseñaría a un sobrino como masturbarse? –me tiré a tope.
-A un sobrino sí –se río y comenzó a masturbarme.
Fin de la primera parte.
Lunes 10 de febrero de 2003
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