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El Libro -
Helena - (Lesbianas) [05 May 2003]
Helena pasa la tarde del sabado casa pero no se resiste a un encuentro sexual esporádico, intenta atraer la atencion de una desconocida en la calle hasta que conoce a Gabriella, a la que consigue subir a su apartamento...
Era otra vez sábado. Comenzaba mi fin de semana de ocio y quien sabe cuántas otras cosas. Estaba sentada en mi biblioteca. La ventana daba a la calle más transitada de la ciudad. Interrumpía mi lectura inmumerables veces. Miraba a la gente pasar, a los conductores manejar sus automóviles. Descubrí que la gente que pasa por fuera de mi ventana me gusta, me vienen deseos de abordarlas de hablarles, de invitarlas a entrar a mi casa y de desnudarlas para tener el mejor sexo con personas desconocidas. De pronto me pregunté por qué no lo intentaba, por qué no probaba a seducir a un peatón e introducirlo en mis sábanas y en mi cuerpo. Entregarme entera a una persona que nunca más volvería a ver.

Decidí intentarlo y luego de colocar algunas cosas en orden, me vestí adecuadamente. Una falda que no fuera tan corta, pero sí sobre la rodilla. Una blusa blanca que dejara traslucir mis pezones oscuros y el pelo tomado en una cola. Sin zapatos. Coloqué una cómoda silla en el balcón, crucé las piernas y comencé a leer. Bueno, intentaba dar esa impresión, pero en realidad, aguardaba que algún peatón se convirtiera en mi víctima.

Pasó un automóvil blanco. Descapotado. Lo conducía una mujer algo joven. Dejaba ver sus piernas y se podía adivinar lo que había más arriba. Ví que me miró y yo crucé las piernas para mostrar algo más. Ella sonrío y cuando el semáforo le dio la verde, se alejó. Mi corazón quedó palpitando; fue mi primer ejercicio exhibisionista.

El siguiente fue un hombre de unos cuarenta años; bien vestido, canoso que me quedó mirando mientras recorría la acera del frente. A él le regalé una sonrisa, pero también pasó. Le siguieron varios tipos jóvenes, ninguno de los cuales traspasaba más allá de una mirada. De igual manera, me estaba colocando algo excitada.


Decidí ser un poco más provocativa y me levanté a tomar la regadera y dar algo de agua a las plantas de mi balcón. Esa era una excusa más que buena para mostrar buena parte de mis piernas a quien pasara por fuera de mi edificio. Sentí algunos silvidos, algunos otros que comentaban que se me veía todo. Definitivamente esto me estaba gustando. Cuando me di la vuelta para seguir leyendo mi coraón saltó y me puse nerviosa. Nuevamente la mujer en el descapotable pasaba por mi calle, nada más que esta vez ella me miraba mientras yo regaba las plantas. Con los nervios no logré atinar un movimiento coordinado y lancé accidentalmente el libro por el balcón a la calle. Me asomé y ví como el viento pasaba las hojas más ágilmente que yo. La mujer del convertible miró con sorpresa y me hizo un gesto de espera y estacionó el vehículo en la puerta del edificio. Sacó las llaves del contacto, se bajó y caminó hasta tomar el libro. Llevaba puesto un vestido de una pieza, de color blanco. Ella era de piel blanca, pero bronceada y perfectamenete tonificada. No llevaba zapatos, sino unas zandalias de madera sin taco.


- ¿Creo que esto es tuyo? me dijo luego de mirar el título.

- Sí, claro, respondí atontada. ¿Me lo alcanzas?

Ella intentó impinarse para alcanzar el balcón del segundo piso. Yo me puse de rodillas para intentar alcanzarlo, pero no logramos el traspaso.

- Bajo inmediatamente por él, le dije mientras me levantaba.

- No, yo subo... si quieres. Dijo inclinando su cabeza hacia el lado.

- Pues sí, le dije, vivo en el departamento 201, ¡Sube!


Sentí como entraba, abría la puerta y sentí sus pasos acercarse a mi puerta. Antes que tocara, abrí la puerta y con una sonrisa enorme me entregó el libro en mis manos.

- ¿Te gusta este tipo de libros? me dijo levantando la vista y clavándola en mis ojos.

- Si, dije. No atinaba a más que monólogos.


Era una mujer bien distinguida, con acento italiano. Sus ojos estaban perfectamente demarcados por los contornos negros de su maquillaje y su perfume era muy cítrico, perfecto para la primavera.


- Mira, lo tomas o me invitas a entrar -dijo- porque parada en tu puerta no me quedaré, agregó.

- Si, pasa. Dije, comenzando a temblar y recibiendo el libro del cual ya no recordaba el título.

- Bonito lugar. ¿Me das un vaso de agua?

- ¿Prefiere Champagne? le dije sin filtrar mis deseos.


Ella me miró a los ojos, caminó dos pasos hacia mi, tomó una de mis manos y la colocó sobre su pecho.

- Tengo tanto calor, que beberé todo lo que me des.


Mi mano tocó su piel. Estaba tibia por el calor. Piel suave, bronceada.

Serví dos copas de champagne frío y conversamos. Ella se sentó en la mecedora y yo en un sitial al frente suyo. Tenía perfecto ángulo para ver sus piernas y por supuesto, ella las mías.



- Soy Gabriella, me dice. Pronunciando su nombre con el típico sonido de mujer italiana.

- Soy Helena, digo mientras vuelvo a mover mis piernas para ver si ella baja su mirada buscando algo más.


Mi convidada fortuíta se saca las zandalias aduciendo incomodidad y calor. Dobla sus piernas para automasajearse dejándo a mi vista toda su pierna y sus bragas. Yo no pude evitar mirar y creo que ella se dió cuenta.


- ¿Quieres hacerme masajes en los pies? Me sugirió estirando la pierna hacia donde estaba yo.


Acerqué el sitial y coloqué su pié sobre mis rodillas. Y comenzé a aliviar su incomodidad. Así estuvimos unos dos minutos y cambió de pié. Dos minutos más y ella ya se había tomado la copa de champagne. Sirvo más y continúo con el masaje.

Entonces ella, al cambiar de pié otra vez, lo estira más hacia mi y lo introduce por debajo de mi falda azul.


- ¿Tal vez también quieras tú un masaje? Me dice mientras logra llegar con su pié hasta mis sexo caliente.

- Si, le digo. Sin poder dejar los monosílabos. Y lanzo también mi pié hasta su lugar. Así nos quedamos, acaricíandonos y masturbándonos con nuestros dedos de pié y con nuestra champagne.

Al cabo de unos minutos, Gabriella se levantó, tomó sus zandalias y se acercó a mi.

- Eres un amor, me dice mientras mete su mano por mi escote y me besa en la boca.

Yo quedo helada y sólo logro reaccionar cuando siento el automovil partir. Me levanto y miro por la ventana y veo a Gabriella sobre su descapotable que me lanza un beso al aire. Busco el libro, no lo encuentro, ella se ha llevado mi libro de Utopías en la isla de Lesbos. Un clásico entre nosotras.

"ENVIAR RELATOS EROTICOS".

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