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Internet -
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| Helena - (Lesbianas) [05 May 2003]
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Helena Narra su primer encuentro con Silvana, chica joven y excitante a la que conoce en el autobus. Su encuentro promete situaciones muy calientes.
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Viajaba desde la universidad a mi habitación. Me había cambiado de casa hace algunos pocos días y aún no conocía bien a toda la gente que frecuentaba el mismo autobús. Es justamente por ello que voy siempre atenta viendo a la gente que sube y que baja, donde lo hace y como viste. Pero mi corazón esta vez latió más fuerte. La sensación me sorprendió a mí misma y me quebró los esquemas. Yo tengo 32 años y me considero una mujer emocionalmente madura y estable. Por eso fue una sorpresa ver a esta chica que subía al bus y que me prendiera el corazón abobándome como lo hizo. Cuando la vi estimé que tenía unos 16 ó 17 años, no más. Llevaba tenida de escuela, aunque no era un uniforme. Pantalón de lycra azul con rallas blancas. Zapatillas de tenis negras y una polerita pequeña de color blanca. Bajo la polera se notaba que llevaba una camiseta de tirantes pequeños de color negro. Su pelo era liso, castaño, tomado en un sencillo moño con un elástico de color negro. No vi bien su cara, quedé fascinada por sus dos exquisitos pechos. Pequeños, el tamaño justo para su edad. Era alta, erguida, delgada pero con el justo relleno para no ser huesos. Tenía caderas anchas... En definitiva, la chica me dejó despistada, perdida, prendida, iniciada por primera vez en el deseo de una adolescente.
Mientras el bus retomaba su marcha yo veía como tantos hombres la miraban con ojos saltones, era hermosa. Cada quien que pasaba por su lado la hurgueteaba de pies a cabeza y notablemente se detenían en sus senos magnéticos. Era una mezcla de inocencia que despertaba el deseo de tantos y mi propio deseo de mujer lesbia. Poco más adelante, ella sacó su teléfono celular. Pensé que podría conocer su voz y me la imaginé diciéndome susurros a mi oído mientras nos manoseábamos sobre mi propio lecho. No fue así, parecía que iba jugando. Tocó la suerte que nos bajábamos en el mismo paradero. Yo me levanté y me acerqué a la puerta de bajada. Ella se colocó detrás de mi yo me puse como una loca de nerviosa. Suavemente moví mi cuerpo hacía atrás, exagerando el vaivén del bus. Logré sentir el contacto de sus senos en mi espalda. Me giré y mirándola primero a los ojos y luego sus senos, le dije "disculpa". Ella colocó su mano sobre mi hombro y me respondió con suavidad que no era problema. Demoró un par de segundos en levantar su mano.
Al bajar ella seguía con su teléfono y por ir pendiente de él se tropezó en el último escalón y caímos las dos al suelo. Nos paramos enseguida y fijándome que su teléfono fue a dar unos dos metros de nosotras, lo recogí y se lo devolví. No sin antes mirar la pantalla, claro está; soy una mujer curiosísima. Ella no jugaba, sino que nada más ni nada menos que navegaba en Internet. Reconocí inmediatamente el sitio: eran los relatos eróticos de Marqueze... Gran sorpresa para mi. Ella extendió su mano para tomar el teléfono. Yo no perdí la oportunidad de volver a hablarle: ¿Te gustan esos relatos? Le dije cerrando un ojo. Ella se sonrojó un poco y me lanzó la excusa de la curiosidad y de que una amiga se los recomendó. Yo le conté que yo también los leía siempre y que me divertían mucho.
Así nos fuimos caminando unos pocos metros, intercambiando nuestros números de teléfonos y un par de besos de mejilla y para la casa de cada una.
Al llegar a casa sentía que Silvana, era una conquista posible. Pequeña, cierto, pero apetecible en su inocencia. Esto pensaba mientras preparaba algo de comer, con un vaso de vino y algo de música suave. Una ducha tibia, ropa ligera y a leer algunas cosas para los estudios.
Así se pasó la tarde y llegó la noche con su acostumbrada soledad. Cuando ya me disponía a ir a la cama, sonó mi teléfono y, claro, era ella, Silvana.
- ¿Te acuerdas de mi?
- Sí, claro, la de los relatos guarros
Reímos las dos y nos contamos algunas cosas tontas. Yo pensaba a qué se debía esta llamada, estaba nerviosa, como si yo fuera también una adolescente como ella. Es cierto, me decía a mí misma, estoy en la universidad, pero es mi segunda pasada por ahí, tengo a cuestas un trabajo interesante y un marido que no he visto en 5 años y no me importa. Era grande, adulta, pero estaba perdida en el recuerdo de una chica de 17 años.
- Sabes -dice Silvana- estoy a las afueras de mi casa y quiero ir a verte. ¿Dónde vives?
Me dejó helada su propuesta. No demoré en decirle cómo llegar. Y a pocos 10 minutos que se me hicieron una hora, llegó.
La recibí como me encontraba, en pijama. La invité a pasar y sin ningún atisbo de timidez Silvana entró y se sentó en un sofá pequeño te hay en mi habitación. Miró mi computador y me preguntó sin más:
- ¿Ahí lees los relatos que nos gustan?
Definitivamente esta era una chica atrevida, directa, sin temores.
- Sí, allí. ¿Has leído hoy algunos?
- Claro, leí uno de "Holocausto del himen". Me divierten. Incluso yo escribí uno, contando mi propia experiencia.
Comentamos un buen rato sobre tantas cosas, el colegio, las compañeras, los compañeros. Le ofrecí ya una segunda copa de vino que no rechazó.
- ¿Tu madre no dirá nada si llegas a casa con aroma a vino?
- Mi madre y mi padre no están en casa. Por eso vine a verte.
La conversación era agradable, muy bella Silvana estaba vestida como cuando la vi en el bus. Un detalle, sin embargo, había cambiado. No llevaba la camiseta negra bajo la polera. Yo estaba fascinada mirando el contorno de sus senos, sus pequeños pezones apenas asomándose por sobre la tela. Creo que yo estaba excitada y no quería que se me notara. Mi pijama no me dejaba ocultar los cambios que sufren mis senos cuando me da por pensar en desnudarme y lanzarme sobre ella. Logré controlarme.
- ¿Quieres leer el relato que escribí?
Eso lo dijo mientras encendía el notebook sobre mi escritorio. A los pocos segundos estábamos ya instaladas en la página principal de Marqueze. Comentamos los concursos y nos reímos de los dibujos. Pasamos directamente a la sección relatos y de ahí a Holocausto del himen. Buscó su relato y lo colocó en pantalla.
- Cierra los ojos, Helena, yo te lo voy narrar.
Ella comenzó a leer el relato. Su voz se volvía más sensual que nunca, ella me estaba conquistando, ella me deseaba, pensaba yo. Mientras relataba su experiencia yo me le imaginaba desnuda sobre su novio, saltando sobre las caderas de él y revoloteando sus senos con el movimiento. Me imaginé su cara de orgasmo, su dolor al penetrarla, sus gemidos. Estaba yo tan excitada que abrí suavemente los ojos para ver a Silvana. Ella estaba leyendo un párrafo donde su novio acariciaba sus senos mientras la abrazaba por detrás. Y mientras narraba ella pasaba sus manos por sus senos, apretujaba sus pezones. Silvana se estaba masturbando a 10 cm de mí. Entonces yo deslicé mi mano entre su pantalón y su piel y sin dificultad encontré su sexo húmedo y receptivo. Ella interrumpió el relato y echó su cabeza hacia atrás. Sus piró y yo gemí.
Sentí que cambió la página, que regresaba a Marqueze y entraba en la galería de fotografías lésbicas. Dos mujeres se besaban con tanta pasión. Entonces comprendí su mensaje y la besé. La besé a esa chica de 17 que acariciaba sus senos y que yo masturbaba en mi propia habitación; todo un sueño hecho realidad.
Ella cambió la foto, ahora era otra pareja. Una de las chicas lamía y mordisqueaba los senos de la otra. Voló por tanto la polera de Silvana y comencé el trabajo previo. Circulillos por el rededor, golpecitos con la lengua, mamadas profundas. Ella comenzaba a gemir. Su voz era tan delgada, sutil que penetraba por mis oídos directamente a mi sexo excitado, encendido, inundado.
Ella tomó la iniciativa y me despellejó de mi pijama. Descubrió que no utilizaba ropa interior y luego de apagar el computador en forma brusca, se arrodilló delante de mi para darme una chupada espectacular sobre mi dilatada vulva. Ella abrí un poco su boca y con sus inocentes dientes mordió suavemente mi labios. Comenzó a pasar la lengua y más que esa toda la cara refregaba en mi humedad. Yo estaba como una loca, movía mis caderas en círculos sin poder controlar tanto erotismo. Era un morbo impresionante que sentía. Me vino un orgasmo que me salió desde todos los eróticos recuerdos de mi adolescencia. Quedé rendida.
Ella se levantó, be besó mientras yo la miraba incrédula y extasiada. Tomó su polera, se vistió.
- Hasta mañana, Helena.
Hasta mañana, dije yo con los brazos caídos, el sexo empapando mi silla y el pijama mirándome como diciendo ¿Qué pasó acá?
En fin, todo gracias a Marqueze... Y los celulares.
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"ENVIAR RELATOS EROTICOS".
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