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MI HERMANA ES MI PUTA -
Pericorodriguezperez - (Filial) [09 Dec 2003]
Disfruto follando y con las mamadas que me hace mi hermana, como cuando le facilité hacerlo con un negrazo de verga grande, y al mismo tiempo conmigo, naturalmente.
MI HERMANA ES MI PUTA (2)
Cuando me apetece, que es muy frecuentemente, visito a mi hermana para follar con ella. Los dos disfrutamos como animales con nuestros deseos más lujuriosos, desde que ella con 15 años y yo con 12 nos masturbamos y chupamos mutuamente nuestros sexos y tuvimos nuestra primera experiencia sexual.
Entre nosotros no hay secretos ni prohibiciones, si una cosa nos gusta la hacemos y disfrutamos, como cuando estamos juntos en la bañera y me apetece mear en su cara y en su boca, y que luego me chupe la polla hasta que me corro y vuelco mi leche entre sus labios para que se la beba y se la trague. Por eso, el día que me comento que deseaba follar con un negro que dicen que tienen unas grandes vergas (hemos comprobado que es cierto), le aseguré que haría cumplir sus deseos.
Los anuncios de contactos sexuales de los periódicos son especiales para estos casos, y me fue fácil encontrar lo que buscaba, un tipo de unos treinta años, musculoso y con la verga más larga y gruesa que yo había visto hasta entonces, casi el doble que la mía y más gorda. Le expliqué el asunto y se mostró conforme (200 dólares), incluso cuando le dije que yo estaría presente en todo momento, que si a mí también me apetecía tocarle o mamarle la verga podría hacerlo, que yo sería el “director de orquesta” y desde luego que mientras él se follaba a mi hermana ella me chuparía a mi la polla para que me corriera en su boca.
En realidad le conté que se trataba de mi esposa y no de mi hermana, pero a él le daba lo mismo. Estaba para eso y no puso objeciones, lo mismo cuando le aclaré que hecho su trabajo se marcharía y que no nos volveríamos a ver, porque yo tampoco las tenía todas conmigo y no me apetecía correr el riesgo de que a la puta de mi hermana le gustara el tipo y luego se lo montara con él a mis espaldas.
Quedamos al día siguiente por la tarde, yo me adelanté para prepararlo todo, me desnudé y me puse una bata, y le vestí adecuadamente a mi hermana, más bien la desnudé con un tanga, un sujetador, sus zapatos de tacón y una deshabillé trasparente que enseñaba más que cubría. Realmente, mi hermana es una señora hembra, con buenas tetas, un hermoso culo y unas caderas gloriosas, y capaz de hacerle rugir a cualquier hombre.
Rosa estaba un poco nerviosa, pero sonó el timbre y ya no daba tiempo a tranquilizarla, tendría que relajarse a base de mamar y follar. El negrazo se comportó como caballero, le llevé al salón donde mi hermana esperaba, la besó en la mano educadamente y adelantó que era un persona civilizada y que no habría problemas, mientras yo servía unos whiskys para beber y para mojar nuestras pollas.
Le dije que podía desnudarse y lo hizo, se quedó con un tanga blanco que destacaba sobre su cuerpazo de color y que apenas conseguía cubrir su gruesa verga. Observé que mi hermana se sentía admirada y miraba con sorpresa y curiosidad el bulto de su polla, y encantada cuando él le dijo que era una mujer muy hermosa, por lo que le pedí al negrazo que empezara a actuar con ella.
Se acercó a mi hermana, la levantó del sillón, la abrazó y la besó en la boca voluptuosamente, con lujuria y con su larga lengua buscando todos los rincones, mientras su mano derecha buscaba bajo el tanga el culo de Rosa, luego su vagina y ella empezaba a gemir de gusto, lo que empezó a excitarme, a levantarme la polla y a provocar un escalofrío en mis huevos.
A todo eso, mi hermana se mostraba extrañamente cortada y parecía que no se atrevía a moverse, aunque respondía a los besos del negrata, por lo que me acerqué, le tomé una mano y se la puse sobre el bulto de la polla en el tanga de su amante. Ahora se mostró todavía más sorprendida por el tamaño de aquella cosa que palpaba, y empezó a acariciarla como con la mía solía hacer, y conforme aquella verga monstruosa iba creciendo a soñar con lo que iba a disfrutar sintiéndola en el interior de su vagina.
“Vamos a mi cuarto”, propuso Rosa, que estaba cada vez más caliente y ya no podía esperar, tomamos los vasos y la botella de whisky, el negrazo hurgó en los bolsillos de su pantalón y sacó unos cuantos condones (es previsor el tío,pensé) y fuimos para alla. Mi hermana se tumbó en la cama, evidentemente no quería esperar, pero le pedí que no tuviera prisa, la hice levantar y le aconsejé que comenzara el juego como conmigo lo hacía.
Se puso de rodillas de cara al paquete de la fiera africana, le bajó el tanga, vió aquel miembro espectacular y se quedó pasmada, me miró sonriente y ya iba a aplicarse a la mamada cuando me aproximé con un vaso de whisky y le bañamos el pene. El negrazo estaba encantado y más cuando mi hermana cogió, empezó a lamerle el prepucio y se metió la tremenda verga en su boca, que ni le cabía, y a gozar con ella, mientras el se inclinaba para acariciar sus tetas y yo me excitaba observándoles, y hacía unos cigarros de marihuana.
Mi hermana estaba cerda y puta como nunca, rugía y gemía peleando con aquella polla tremenda y se masturbaba con toda su mano. La verga del negrata estaba alcanzando su esplendor, que hasta sentí envidia, me acerqué y le pasé un porro al negrazo que pegó unas caladas profundas mientras yo palpaba su polla, una verga hermosa y gruesa, con un enorme prepucio que amenazaba estallar.
“¡Méteme la verga, cabrón!”, le pidió Rosa, que ya estaba totalmente desinhibida y sólo pensaba en disfrutar, se puso a cuatro patas, él se arrodilló para penetrarla y yo dirigía su pene hacia la raja de mi hermana, haciendo un movimiento circular con su prepucio que ella acogió con un rugido. De pronto, el negro empujó y clavó la mitad de su polla en el coño de Rosa, que ahogó un grito de dolor y me miró con ojos temerosos de ser destrozada por aquel bestia: “¡Me duele!”, gimió.
“¡Calla so puta!”, le dije. Me coloqué yo también de rodillas y le ordené al negrata que sacara su polla para chuparla y empaparla bien de saliva, no lo había hecho jamás y la verdad es que el gusto amargo y acre de aquel vergazo me excitó, sentí mi polla que no podía más pero conseguí resistir. Trasladé otra vez la polla del negro al potorro de mi hermana que no paraba de excitarse en el clítoris con su mano, y esta vez no se quejó, al contrario soltó un profundo suspiro y ayudó moviendo el culo a que su macho empezara a moverse.
Indudablemente era un experto, un profesional que sabía lo que hacía, se movía ritmicamente, despacio y profundo, fuerte, rápido y un poco brutal, y su penetración iba haciendo su efecto, y de vez en cuando la golpeaba en las nalgas con la mano abierta, provocando grititos de ella. Mi hermana se mostraba feliz, me sonreía y disfrutaba cerrando los ojos y mojando sus labios con la lengua, “¡mmm, qué gusto más rico!” me decía, y yo le acercaba un porro para que fumara mientras la insultaba: “¡Qué cerda eres, mira que eres puta, estás gozando como una guarra!” y ella se sonreía aún más y me respondía que sí, que estaba disfrutando más que conmigo.
El negrata nos observaba un tanto sorprendido, pero se veía que también estaba gozando lo suyo el cabrón, su verga parecía un espolón de goma negro y brillante, y el hijoputa agradecía que yo le acariciara los huevos mientras él se aplicaba, metía y sacaba. Llevaban veinte minutos follando y de pronto mi hermana se empezó a correr, se estremecía como una loca, gimiendo y gritando, se encogía y estiraba y me lancé a meter mi polla en su boca que empezó a chupar babeando de gusto y lujuría, y me corrí en su garganta, ¡hostia!, creí que me quedaba vacío del borbotón de leche que me surgía caliente e incontenible y que ella se tragaba entre los espasmos y el estremecimiento de su orgasmo.
Me quedé destrozado, ¡redios qué corrida me había pegado!, no podía ni respirar y mi hermana seguía con sus orgasmos, temblando y gimoteando con los colgajos de mi leche en la comisura de sus labios y aguantando los empellones del negrazo, que seguía bombeando. De repente el tío pegó un rugido, ¡mmmme vvvoy aaa cccoorrrrer! acertó a decir, se bajó de la vagina de mi hermana y empezó a pajearse el aparato, sin saber qué hacer con la corrida que le venía, ¡métesela en la boca, cabrón, que se la beba!, le dije, se arrastró como pudo hasta la boca de Rosa y sin dejar de masturbarse empezó correrse como un grifo, una leche espesa que brotaba a chorros gruesos y que mi hermana tomaba con su lengua y luchaba por no dejar caer aquella crema caliente y viscosa.
El fulano se pegó una corrida de cojones, había disfrutado el cabrón y se tumbó boca arriba boqueando de forma entrecortada mientras Rosa le pasaba la lengua entre los muslos, en los cojones y en la polla, y yo sentía una sensación extraña de pecado y ansiedad. Me acerqué, aparté a mi hermana que no se dejaba y me lancé sobre la verga aquella para probar aquel jugo denso y agriculce, me metía su polla hasta el fondo de mi garganta y yo me admiraba de que aquel vergazo había perdido rigidez pero seguía gorda como una morcilla.
Mi hermana se metió en mi entrepierna y empezó a mamar mi polla, y estaba yo tan excitado que me corrí de nuevo, una corrida que hasta me hizo daño al agotar mi leche y ella seguir succionando. Me aparté porque no podía más, estaba hecho polvo, lo contrario que mi hermana, la puta de ella, que se tumbó en la cama con las piernas abiertas como una cerda y el negrazo empezó a montarla y a penetrarla de nuevo, y yo me sentía mareado y hasta con ganas de vomitar.
Me fui al baño y llegue justo a arrojar toda la papilla en el WC, cojones que mal me siento, pensaba, mientras desde la habitación me llegaba la voz de mi hermana que gruñía gozando del polvazo que otra vez le endiñaba aquel hijoputa. Me refresqué un poco y me sentí mejor, Rosa me llamaba y aunque no estaba yo para mucha juerga, me tumbé junto a ellos, ahora acariciando las tetas de mi hermana y besándole en la boca, ahora frotándole los cojones y el nacimiento de la verga al negrazo, cabrón que seguía bombeando como un toro.
Bueno, mi hermana estaba perdiendo el sentido, me besaba y chupaba mi lengua, le besaba babeando al negrazo, me pedía que metiera la polla en su boca, se asfixiaba, gruñía como una cerda, y se encogía y estiraba al borde del orgasmo. El negro otra vez aviso que iba a correrse e hizo ademán de sacar su polla, pero mi hermana se la volvió a meter en la vagina y le ordenó que se corriera dentro, “¡méteme cabrón, méteme la verga!”, estaba excitadísima y cuando aquel animal levantó la cabeza y se sintió vencido por la corrida, ella puso los ojos en blanco y se sintió inundar con el chorro que le entraba a borbotones, destrozada por un nuevo orgasmo que le hacía apretar los dientes con una extraña mueca de placer y de dolor.
Acabaron. Mi hermana se quedó despatarrada en la cama y el semental se dejó caer en la alfombra, boqueando vencido por el esfuerzo. Me tumbé junto a mi hermana y la acaricié suavemente en la cintura y en las tetas, mientras se recuperaba y sonreía. “¿Puedo ducharme?”, preguntó aquel bestia, le indiqué con una mano hacia dónde debía ir, y me quedé con mi hermana, los dos abrazados.
Nos recuperamos, mi hermana me besaba y sonreía, ¡que dos polvazos, mi vida!, me decía, mientras se ponía una bata. “¿Por qué no te duchas con él y folláis otra vez?”, la animé. Dicho y hecho, se fue al baño, la seguí, se metió con el negrazo, se bajó a mamarle la polla para animarle y se dejó penetrar otra vez hasta correrse mientras yo los observaba. Noté que yo también volvía a excitarme, pero decidí dejarlo para luego, cuando se marchara aquel hijoputa.
El tío salió fresco como una lechuga, se vistió mientras fumaba un cigarro y se bebía otro whisky generoso, “ha sido un placer”, me dijo, y tánto pensé yo, menudos tres polvos has echado cabrón, le solté 225 dólares propina incluida, y le dije que venga, hasta nunca. “¿No me puedo despedir?”, preguntó, le dije que sí, le llamé a mi hermana, se dieron la mano y un beso en la mejilla, le acompañé a la puerta, y hala, a la calle.
Cuando volví, mi hermana estaba sentada en el sillón del salón, “ha sido magnífico, qué cacho de polla, me he corrido como nunca”, me dijo, lo que me puso de bastante mal café. “Siempre has sido una cerda, si no fuera por mí estarías de puta barata”, le respondí celoso. Hice un gesto con los dedos en mis labios pidiendo silencio, le llamé por teléfono a mi mujer y le dije que lo sentía, que llegaría muy tarde del trabajo y no me esperara.
Colgué, me acerqué a Rosa y me abrí la bata enseñándole mi verga, una miseria comparada con la del hijoputa que acababa de irse pero era la mía. “¡Pónte de rodillas, so cerda!”, le ordené, ella se colocó ante mí sonriendo, le tomé la cabeza y le metí la verga que respondía muy bien a mis deseos en la boca, ella empezó a chuparla levantado hacia mí sus ojos sonrientes y agradecidos, “te quiero cabrón”, me decía, y yo comencé a disfrutar como más me gusta.

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