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Estacion de trenes -
Relatando - (Hetero) [10 Nov 2003]
Se recrea pensando como las parejas se reencuentran tras la separacion y como funden sus cuerpos en noches de pasion mientras se masturba... busca alguien con quien reencontrarse en la estacion hasta que lo consigue...
Hola, me llamo Mercedes y esta es la historia del
mejor polvo de mi vida.

Todo comenzó muchos meses atrás. Yo salía con un chico
del que estaba muy enamorada hasta que tuvo que irse
fuera de nuestra ciudad para hacer el servicio
militar. Cada vez que volvía de permiso, yo lo recibía
con mis besos en el andén de la estación de trenes.
Sin embargo, nuestra historia no duró mucho. A los
siete u ocho meses me enteré que me estaba poniendo
los cuernos en la ciudad en la que estaba desplazado,
que se iba de putas con otros chicos y que le
encantaba ligar con cualquiera en las discotecas. Me
dolió mucho. Durante varias semanas me sentí muy
deprimida e incluso iba a la estación de trenes y me
quedaba allí toda la tarde, viendo llegar los trenes y
recordando mis buenos tiempos con él. Pero con el
tiempo me fui olvidando de él. Seguí yendo a la
estación, se convirtió en todo un ritual al que volvía
cada vez que tenía la tarde libre. Me quedaba allí un
par de horas al menos, viendo llegar los trenes, y a
otras chicas esperando a sus novios (o novios
esperando a sus chicas). Todos seguían más o menos la
misma rutina al verse. Se buscaban, se sonreían, se
abrazaban y en seguida se besaban una y otra vez, como
si hiciese años que no se tocasen, como si fuese la
primera y última vez que fuesen a estar juntos. Pero
lo que más me gustaba llegaba después, al ver como se
iban de la mano, y pasaban junto a donde yo estaba. Yo
no apartaba los ojos de los paquetes de los chicos,
siempre a punto de reventar, marcando bien el nabo en
el vaquero o la pana. Algunos trataban de disimular la
erección, pero la mayoría sólo se acordaba de la
persona que tenía al lado y a mí me excitaba mucho
verlos andar, deseando llegar a casa y prolongar el
pequeño anticipo de sexo que habían tenido hace unos
segundos. A veces tenía suerte y había hasta dos o
tres parejas que se magreaban un poco antes de salir
de la estación (la mayoría eran muy formales y la
larga espera sólo se veía recompensada con un pequeño
piquito que no ponía a los chicos morcillones ni a mí
me daba la posibilidad de excitarme). En esos casos yo
empapaba las bragas viendo pasar aquellos trancas
duras ansiosas por abrirse un hueco por la cremallera.

Luego llegaba a casa, me desvestía por completo en el
recibidor de mi piso, caminaba hasta mi habitación
totalmente desnuda, aspirando el olor de mi propio
sexo, que estaba completamente encharcado por el
recuerdo de lo vivido en la estación. En la habitación
me masturbaba con fuerza, con muchas ganas de correrme
pero sin darme prisa. A veces me sentaba en una silla
y me tocaba los pechos y pellizaba los pezones
mientras me metía dos y tres dedos en el coño. Cerraba
los ojos y me imaginaba a mí misma follando como
posesa con alguno de aquellos chicos que ahora mismo
estarían follando también como posesos con sus novias.
Me acordaba de sus paquetes, me imaginaba de rodillas,
abriendo la cremallera con la boca, liberando al fin
aquella tranca dura, joven e hinchada que tanto tiempo
llevaba deseosa de encontrarse con mi boca húmeda y
caliente. Me imaginaba a mí misma chupando el glande
con muchas ganas, pasando la parte de abajo de mi
lengua por encima de su capullo morado y metiéndome
luego toda la polla hasta el final de mi garganta,
subiendo una y otra vez mis labios alrededor del falo,
acompañando el movimiento con mi mano, arañando el
vello púbico con mis uñas largas y maquilladas,
agarrando su culo y empujándolo contra mi boca o
acariciando los huevos con la palma de la mano. Luego
me imaginaba que el chico me la metía de un único
empujón, con fuerza, con ganas, con rabia. Me la metía
fuerte y me la sacaba en seguida para volver a meterla
hasta la base con otro potente empujón. Mientras me
masturbaba, no dejaba de imaginar todo esto y me ponía
cada vez más y más cachonda, mis flujos llegaban a
mojar la silla. Seguía imaginando su polla dentro de
mí. Me imaginaba a mí misma muy abierta, recibiéndole
con los ojos cerrados y la boca abierta en un gemido.
No dejaba de pensar en las pollas que había visto
aquella tarde veladas tras los pantalones. Me
obsesionaban esos pedazos de carne. Necesitaba una
polla, necesitaba convertir mi fetiche en realidad y
tirarme a uno de esos chicos.

Una tarde lo conseguí. Volví a la estación. Volví a
sentarme junto al andén, viendo llegar trenes.
Observando a los chicos que esperaban. Contando las
chicas que aguardaban. Un chico estaba sentado dos
bancos más allá. Se le notaba que esperaba a su novia,
iba muy arreglado para la ocasión, bien afeitado,
engominado, vestido informal pero arreglado. Era
guapo, alto, moreno, con buen tipo, no tanto como para
asegurar que venía directamente del gimnasio, pero se
veía que era alguien que hacía deporte. Por fin se
acercó el tren y el chico se levantó, estuvo tanteando
con la mirada todas las caras que se bajaban del tren,
pero su chica no apareció. Yo, de tanto mirarlo, no me
di cuenta de que se me había escapado alguna pareja.
Cuando el tren se vació y el andén se volvía a quedar
desierto, sacó su teléfono móvil y tuvo una breve
conversación. Su novia no vendría. Se enfadó y colgó
el móvil apretando el botón con toda la fuerza y la
rabia que pudo. Cuando ya casi había abandonado el
andén, yo, ya de pie junto a él, le dije: -"Parece que
a ambos nos han dejado esperando por alguien que no se
ha dignado a aparecer". Al principio le debió resultar
raro que le hablase, o que supiese perfectamente lo
que le había pasado, pero muy educadamente, con una
sonrisa encantadoramente blanca me contestó: -"¿Sí?,
¿A ti también te han dado plantón?". Le mentí, le
hablé de un falso novio que debía haber llegado en el
tren anterior. Fácilmente, entablamos una conversación
bastante amena, charlamos sobre las parejas: -"¿Por
qué los tíos haceis siempre tal cosa?" -"¿Por qué las
tías sois siempre de tal forma?". Acabamos en la
cafetería de la estación, uno frente al otro sentados
en la barra, yo coqueteaba claramente y él
correspondía a mis sonrisas con la suya y con una
mirada que prometía lujuria. En un momento dado bajé
la vista y me fijé en su paquete, tenía un bulto
enorme en su pantalón, estaba erecto, sabía hacia
donde iba la conversación y se había empalmado
imaginandome suya. En un abrir y cerrar de ojos llamé
al camarero, pagué la cuenta, lo cojí de la mano y me
lo llevé al lavabo de señoras. No tuve que decirle
nada, en cuanto se cerró la puerta detrás nuestra, se
abalanzó sobre mi boca y me besó con fuerza, con
pasión, como hubiese besado a su novia si hubiera
aparecido en aquel tren. Yo lancé mi mano a su
paquete. Lo sobé con la palma de la mano, midiendo su
miembro atrapado bajo el pantalón. Por fin tenía una
de aquellas pollas con las que tanto había soñado. Era
enorme, estaba durísima, llegaba incluso a sentir el
calor que desprendía bajo el pantalón. Con mi otra
mano acariciaba su nuca, metía mis dedos entre su pelo
y lo atraía hacia mí para no dejar de besarlo. Mi
lengua y la suya chocaban y se acariciaban con el
sabor del café entre ellas, mordí su labio, apreté aún
más mi mano en su polla. Bajé mis labios a su cuello y
volví a morder. Mis dos manos ya estaban liberando su
polla de aquella prisión de tela. Separé mi boca de su
cuello y fijé mis ojos en el regalo que le iba a dar a
mi cuerpo en breves instantes. Tenía ante mí la polla
más grande que había visto nunca. Era estupenda. Roja,
fuerte, enorme. Bajé mi boca directamente a su capullo
y empecé a comérsela. Primero le besé tiernamente el
capullo y rebañé de mis labios un poco de su líquido
preseminal. Dulce y salado a la vez. Me encantaba,
estaba a mil. Me metí su polla en la boca y no me
cabía. La chupé por ambos lados, primero pasándole la
lengua, como una gata, luego con los labios, como en
un beso. Volví a intentar tragarmela entera, comencé
mi sube y baja ayudándome de la mano. Él se apoyó en
el lavabo con las manos hacia atrás. Le bajé más los
pantalones y me puse a besarle los huevos mientras se
la meneaba, volví a comerme su polla. Una y otra vez
bajaba y subía mi cabeza por todo su falo mientras yo
casi me corría de gusto de tener aquello entre mis
labios. Él gemía y movía su culo lentamente,
sincronizando sus movimientos con los míos. Yo no
dejaba de chupar, me sentía muy puta, mis pezones
estaban más duros que nunca. Él se fue desnudando, se
quitó la camisa y apartó los pantalones de sus
tobillos, me levantó del suelo y me comenzó a desnudar
mientras besaba todo mi cuerpo. Abrió mi camisa y
comenzó a besar mis pechos alrededor del sujetador.
Con un único movimiento se deshizo del enganche de mi
sujetador y liberó mis tetas de su prisión. Comenzó a
chupar y morder mis pezones con ganas. Ese era uno de
mis puntos débiles y en seguida me puse a gemir, me
encantaba. Mientras tanto yo no dejaba de tocar su
polla, aquella verga me había dejado hipnotizada, no
pensaba soltarla nunca. Mi falda calló al suelo, luego
mis braguitas y por fin me apoyó en el lavabo y me
introdujo lentamente su pollón desde atrás. Yo estaba
deseando sentirla dentro, pero el muy cabrón se hizo
esperar, sabía que me tenía excitadísima y que ir tan
despacio me volvería loca. Mi culo buscaba su verga y
él la retiraba cada vez que yo me echaba hacia atrás.
Por fin, cuando yo casi no podía más, me la metió de
un sólo golpe, con todas sus fuerzas. Fue demasiado
para mí, tuve un orgasmo al instante, dejé caer mi
cara sobre el mármol frío del lavabo y pellizqué mis
pezones con vehemencia mientras mi vagina se retorcía
de placer. Pero no acabó allí, el comenzó a follarme
de verdad, su polla se abría paso una y otra vez entre
los labios de mi coño y mi orgasmo se multiplicó por
mil. Me sentí mareada, creí que me desmayaba, pero su
polla no paraba, entraba y salía con fuerza, era
enorme, cada milímetro de mi coño la sentía, por todos
lados, me estaba volviendo loca, no podía sentir tanto
placer. Logré recuperarme, empecé a acompasar mis
movimientos con los suyos, empujaba con mis caderas
hacia él para que me entrase hasta el fondo. Los dos
gemíamos como animales, yo le pedía más, apretaba mis
tetas y mordías mis labios mientras él me sujetaba por
las caderas y su polla me golpeaba hasta el fondo con
toda la fuerza que podía. Agarré su culo y lo empujé
varias veces hacia mí. Él aprovechó para juntar su
pecho con mi espalda y agarrar mis tetas con fuerza.
Sentí su aliento en mi nuca y en seguida me mordió el
cuello, yo le suplicaba que me diese más fuerte, que
no parase nunca, que quería sentir su polla hasta el
fondo, más, más, más fuerte, sigue cabrón! Follábamos
como auténticas bestias. Su verga parecía no tener
descanso, seguía entrando y saliendo aún más fuerte
que al principio, sin darme ni un segundo de respiro.
Puso una de sus manos sobre mi clítoris, me lo
acarición fuerza, con velocidad, aquello estaba siendo
demasiado, no me quedaba nada para volver a correrme.
Grité, le grité que no parase, por lo que más quieras,
no te pares ahora, sigue, sigue más fuerte, me estoy
corriendo, cabrón que polla tienes, como me está
gustando, me encanta, sigue, no te pares, no te pares,
no te pares. Con un último gemido volví a correrme. El
mejor orgasmo de mi vida. Se me nubló la vista. Cuando
recuperé la respiración ya estábamos otra vez
follando. Él estaba tumbado en el suelo y yo de
rodillas sobre su polla. Ahora me tocaba a mí hacerlo
llegar al mejor orgasmo de su vida. Mis tetas saltaban
sobre mi pecho al ritmo de mis movimientos. Estaba muy
cachonda, sudada, con el pelo revuelto, no dejaba de
subir y bajar sobre su falo mientras le acariciaba el
pecho con las uñas y le besaba con mucha fuerza en la
boca. Su lengua buscaba la mía y mojábamos nuetras
bocas y la barbilla. Le apreté los pezones, él tocaba
mi culo con la palma de sus manos y me ayuda en mis
movimientos. Echó su cabeza hacia atrás y comenzó a
mover sus caderas hacia arriba y hacia abajo, otra vez
con toda la potencia a la que podía llegar en aquella
postura. Cada vez que yo dejaba caer mi cuerpo, él
subía sus caderas y mi coña y su polla se golpeaban
con fuerza. Yo hacía tiempo que no dejaba de gritar,
de decirle lo cachonda que me tenía, que me había
corrido dos veces, que me tocase el culo, que me
follase como a una perra, que me chupase las tetas.
Por fin conseguí que se corriese. Pero antes, justo
cuando dijo que lo iba a echar todo, me quité de
encima suyo y busqué su polla con mi boca. Se la chupé
rápido, subiendo y bajando mi cabeza todo lo rápido
que podía. Ahora sí que la sentía grande, estaba a
punto de correrse y le había crecido aún más. Estaba
hinchadísima. El primer chorro de semen me golpeó en
la barbilla, el segundo y los siguientes ya entraron
en mi boca. Pegué mis labios a su capullo y seguí mis
movimientos con la mano, tirando todo su semen adentro
de mi boca. Me tragué toda su carga y le besé el pene
hasta que fue perdiendo fuerza y su respiración se
vovió más pausada.

Él se incorporó, acercó su boca a mi oido y me susurró
que había sido el mejor polvo de toda su vida. Nos
morreamos un poco y nos vestimos antes de que alguien
pudiese entrar y descubrirnos. De nuevo fuera del
lavabo, intercambiamos nuestros teléfonos. Prometió
volver a llamarme y al despedirnos yo le premié con un
beso muy suave en su labio inferior, mientras colaba
mi mano entre nuestros cuerpos, y sin que nadie me
viese, volvía a apretarle su polla erguida sobre el
pantalón.



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