Sus ojos verdes me persiguen en las noches más acaloradas. Sueños. Me levanté sobresaltado, no se cómo, pero apareció en mis sueños. Me desperté sin saber que hacer, a mi lado estaba mi mujer. Pero ella, aquél ángel de las profundidades del inconsciente, no era aquella que yacía a mi lado. Por el contrario, casi podía asegurar que no era otra que mi compañera y amiga del trabajo. Quedé intranquilo. Es más aquella mañana aceleré los pasos hasta llegar a la oficina. Y allí encontré esos ojos verdes, no había duda alguna, era esa misma mirada mezcla de mar profundo y de intensa Pampa. Me mantuve inquieto, de hecho, hacía poco que había comenzado a trabajar en el mismo lugar.
Sin demasiado conocimiento sobre su vida, sin saber qué posibilidades tendría, conociendo las dificultades que me podía acarrear, me acerqué de a poco. La curiosidad, mis estimados amigos, puedo advertirles desde ya, fue mucho más allá que lo que la más elemental prudencia aconsejaba. Y como si nada comencé a acercarme. Ese día recuerdo, permanecí lo más cerca que pude de ella. Su piel era tremendamente sensual y emanaba de toda ella un aroma embriagador. Rocé un par de veces, como si se tratara de una casualidad, su piel y sentí aquello que tal vez como un reflejo había anticipado mi sueño.
Esa noche fue particularmente inquieta, di vueltas y vueltas, pensé en ella y me dormí deseando verla a la mañana próxima. De más está decir, que el cuerpo que permanecía inmóvil a mi lado, carecía de esa gracia que percibía en ese otro objeto de deseo. Creo sin embargo, y a pesar de tener alguna ligera carga de culpa, que no hice ningún intento por reprimir ese deseo que comenzaba a carcomer mi espíritu. Antes más bien, lo alenté deseando nuevamente un sueño como el de la noche anterior. Creo que me dormí, y en el primer reflejo de la inconsciencia, donde el alma se sumerge en los éteres cercanos a la muerte, vi su figura, completamente desnuda. Sus cabellos se elevaban como si suspiros angelicales los movieran.
Sus senos grandes y proporcionados, se mostraban en plenitud; su cadera, mostraba formas generosas, y sus piernas eran monumentales. Su belleza era deslumbrante, y sus ojos iluminados de curiosas formas, me hacían sentir en el medio de una tormenta indefinida, donde viento, agua, fuego y tierra, giraban en derredor. El despertar fue amargo. La posibilidad de verla nuevamente, me confortó. Este ciclo se repitió durante días y juro que a punto estuvo de volverme loco.
Decidí entonces, que lo mejor era confrontar con la realidad. Que dijera no o si, o tal vez, pero era necesario que ella hablara. Busqué la manera de encontrarme con ella y una casual salida grupal a una confitería bailable dio esa opción. Logré en un momento, alejarme con ella y acercarme progresivamente a su cuerpo. No se resistió demasiado.
Sentí la tormenta en mi cuerpo. Y la abracé. Lejos de alejarme, me abrazó con más fuerza. Fue aún más extraño cuando me aproximó a su cuerpo y comenzó a rozarme intensionadamente. Sus pechos contra el mío.
Sus caderas contra mi pelvis. Sus piernas contra la mia. Su piel tersa, blanca, suave, rozando mis brazos.
La tomé fuerte y deslicé mis brazos hacia su cola. Era dura, firme, preciosa. Subí mis manos hacia su cabeza y le di un beso fuerte, prolongado. Su boca se abrió y mi lengua tomó su saliva. Nos apartamos del resto y nos marchamos del lugar. Casi no emitimos palabra, aceptó ir a donde yo quería ir. Entramos en la habitación con el pulso acelerado, con el deseo a pleno. La arrojé sobre la cama, y ella arqueó su cuerpo felino hacia atrás. Subí por su ombligo, besándole cada centímetro de su piel. Mis manos lograron subir su remera, y tal como había sentido antes, no encontré la resistencia de ropa interior alguna. Mis labios se posaron en sus pezones y mi lengua los recorrió cuidadosamente. Sentí sus primeros gemidos, la besé apasionadamente, mientras lograba descalzarle su pollera y en el mismo intento bajar su bombacha. Acerqué mi boca hacia su pubis, y pasé mi lengua una y otra vez por su clítoris, que se abría como una flor de belleza indescriptible. Sentí el temblor en su panza, y su deseo subir y volverse miel en mi boca. Me pidió entonces que la penetrara.
Pero deseé más que nunca que ese momento nunca cesara.
La di vuelta, acaricié sus cabellos y su espalda, bajando hacia su hermosa cola. Entonces metí mi cabeza entre sus piernas, y seguí lamiéndola, mientras su cuerpo se arqueaba hacia atrás y hacia delante.
Entonces si, retiré mis ropas, y de a poco le introduje la pija, que estaba dura como pocas veces.
Gimió, se retiró hacia delante, y luego de un golpe, se la introdujo completamente. Sentí entonces aquél remolino de los sueños reiterados, pasión, calor, jadeo, gemidos, alegría inmensa, placer, cielo e infierno. Nuestros cuerpos se agitaron, se movieron, retorcieron y acompasaron. La di vuelta, me eché encima de ella, abrí sus piernas, la embestí una y otra vez. Luego ella giró, me colocó de espaldas, y se subió sobre mi miembro. Me cabalgó y la cabalgué salvajemente. Fue el extásis, el paraíso, si es que existe en algún lugar. Gemimos, gritamos y finalmente acabamos. A la vuelta, me contó sobre su vida y lo mucho que amaba a su marido, por lo que no quería que se repitiera esa noche. Tal vez, yo confesé para no ser menos, cuanto quería a mi mujer. Sueños, secretos, pesadillas, tormentas y deseos, eso fue esa noche, que no se ha vuelto a repetir. María todavía está allí.
Padezco verla cada día, pero así es la vida mis estimados: sueños, realidades, esperanzas, frustraciones, idas y vueltas.
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