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la caravana -
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| exia - (Filial) [29 Jul 2010]
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Noté como mamá me separaba las piernas y su pelo lacio me hacÃa cosquillitas entre mis muslos. Noté su aliento en mi cosita, húmeda por aquella sensación. Mamá empezó a lamerme muy suavemente, con la puntita de la lengua, acercándose cada vez más al clÃtoris para tantear mi reacción...
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Mi nombre es Ana y la historia que les explicaré ocurrió cuando tenÃa 18 años. Por aquel entonces recuerdo que ya hacÃa un mes que vivÃa con mi madre en una pequeña caravana. A pesar de que nunca me habÃa faltado de nada, semanas atrás mamá habÃa sido despedida de la fábrica de cajas donde trabajaba y nadie la habÃa vuelto a contratar. Ella entonces tenÃa 40 años y, a pesar de que no tenÃa estudios, era muy buena persona y siempre se habÃa desvivido por mÃ. Desde que mis padres se separaran cuando yo tenÃa 3 añitos ella habÃa sido toda mi familia.
Ahora que no podÃamos pagar un alquiler y debÃamos vivir en aquellas condiciones, mamá temÃa que los Servicios Sociales devolvieran la custodia inmediatamente a papá. Ese era par mi el mayor de mis temores. Odiaba a mi padre. SabÃa que era un alcohólico y un maltratador, y hubiera preferido morirme antes de irme a vivir con él.
Mamá por su parte, se esforzaba en que la vida en la caravana fuera lo más normal posible. Cada mañana yo iba al instituto y mi mamá iba a buscar trabajo y a recoger alimento de las obras de beneficencia. Cuando nos encontrábamos al volver a casa mi mamá me preguntaba la lección y, soñando despiertas, hacÃamos planes para el futuro y pensábamos en cómo serÃa un lugar mejor para vivir.
Recuerdo que lo peor era el frÃo. No tenÃamos calefacción, y cada noche nos acostábamos las dos juntas en un viejo colchón de lana, tapadas por un montón de mantas para intentar entrar en calor. Un sábado por la mañana, al despertarme, observé que mi mamá me estaba mirando con los ojos empañados en lágrimas. Yo la abracé y le dije que no se preocupara, que sabÃa que se estaba esforzando mucho y que tarde o temprano encontrarÃa algo. Mi mamá me dijo que no era ese el problema, sino que papá se habÃa enterado de nuestra situación y ya habÃa iniciado los trámites para recuperar la custodia.
Tras unos minutos de incredulidad fui yo la que rompió a llorar, abrazándome fuerte contra ella. Le dije que por nada del mundo la dejarÃa, asà tuviéramos que estar meses sin comer. Mami me abrazó también y me apretó contra su pecho. Cuando me hube tranquilizado me secó las lágrimas con un pañuelo y, haciendo acopio de fuerza, me dijo que pronto habrÃa una decisión legal, y que la única opción era dejar el paÃs, ir a buscar fortuna fuera de España. No dudé en decirle que yo irÃa con ella a donde fuese a cambio de no volver con mi padre. Ambas nos miramos y, con los ojos aún húmedos, nos sonreÃmos. Nos quedamos un rato asÃ, acurrucadas bajo los edredones y notando como el viento y la lluvia golpeaban los cristales de la caravana. HacÃa mucho frÃo, y nada nos empujaba a salir de aquel cálido ambiente.
Y fue entonces cuando mamá me besó. Pero no como besarÃa una madre a su hija. Lentamente acercó sus labios a los mÃos y, con mucha ternura, su lengua penetró en mi boca y empezó a jugar con la mÃa. Yo me quedé confusa y sin saber qué decir. Yo, abrumada por todo aquello, tan sólo cerré los ojos y me dejé poseer. Al cabo de no sé cuánto tiempo nuestras bocas se separaron y mamá me miró medio avergonzada. Me explicó que, después de todo lo que habÃamos vivido, de todos los sufrimientos, ya no podÃa verme más tan sólo como a una hija. Que querÃa que nuestros cuerpos se fundieran en uno de la forma mas fÃsica posible, pera no separarnos ya nuca más.
Mamá dijo todo aquello con una mirada ciertamente turbada, pero sin apartar ni un momento la vista de mis ojos. La miré en silencio mientras me acariciaba el pelo. Lo cierto es que estos dÃas yo también me habÃa podido fijar mejor en el cuerpo de mamá: una mujer con un pelo rubio precioso, un tanto gordita pero con unos pechos y un trasero deliciosos. En aquel momento las dos estábamos con ropita interior, rozando nuestras piernas. Posé una mano sobre el enorme pecho de mamá. En un segundo tomé la decisión: iba a hacer algo ilegal con la persona que más querÃa, y la entrega, de eso estaba convencida, debÃa ser total.
Sin mediar palabra me abalancé contra ella y metà mi lengua en su boca, lo más hondo que fui capaz. Mi madre en un primer momento no reaccionó, superada por la sorpresa, pero después fue muy dulce. Con unos dedos ágiles me despojó de mi sostén y sus manos acariciaron todo mi cuerpo, poniendo especial atención a unos pequeños pezones que apenas despuntaban. Nuestras lenguas, ya sin pudor, empezaron a entrelazarse y a compartir saliva, mientras más abajo, entre mis piernas, empezaba a notar una sensación húmeda que hasta entonces nunca habÃa experimentado.
Mi princesa. Te prometo que voy a hacer que disfrutes como nunca.
Mi mamá se separó de mà y me tumbó boca arriba. Colocó su gran cuerpo sobre el mÃo y fue besándome por el cuello, por los pechos… Mamá despareció bajo las mantas mientras yo asistÃa a sus evoluciones con la respiración entrecortada. Noté como fue bajando hasta mi entrepierna y, tras tantear con dos deditos por debajo de mis braguitas, me las sacó sin que yo opusiera ninguna resistencia. Era ciegamente la muñeca de mamá, y pensaba dejarme hacer todo lo que ella quisiera.
Noté como mamá me separaba las piernas y su pelo lacio me hacÃa cosquillitas entre mis muslos. Noté su aliento en mi cosita, húmeda por aquella sensación. Mamá empezó a lamerme muy suavemente, con la puntita de la lengua, acercándose cada vez más al clÃtoris para tantear mi reacción. Al poco tiempo el placer que notaba era inmenso, mi respiración entrecortada y mis pequeños pezones completamente erectos. Mi mamá debió notarlo, porque su lengua empezó a entrar ya sin vergüenza en mi vagina, y al rato su hijita empezaba a convulsionar sin control y estallaba en su primer orgasmo. Cuando mamá me oyó gritar desaceleró sus movimientos y, al poco rato, reapareció toda roja por debajo del edredón. Yo estaba sin fuerzas, incapaz de moverme e intentando recuperar el ritmo normal de la respiración. Cuando por fin pude articular palabra le dije a mamá que la querÃa muchÃsimo, que nunca con nadie habÃa sido tan feliz y también yo a ella querÃa hacerla feliz.
La rodeé con mis brazos e, inexperta, intenté desabrocharle el sostén sin éxito. Ella sonrió y me ayudó. Sus pezones marrones estaban muy erectos y muy duros, con un tacto rugoso que encontré excitante. Mi mamá me puso las manos sobre ellos y empecé a acariciarlos. Al poco rato la respiración de mi madre se empezó a acelerar y noté como se quitaba las braguitas y se acariciaba entre las piernas. Pero querÃa ser yo quien la hiciera disfrutar.
- Espera mami, deja que te haga yo cositas.
Bajé mi mano hasta la vagina de mamá y me sorprendió verla mucho más mojada que la mÃa, y también mucho más caliente. Mama me sonrió y guió mis dedos arriba y abajo sobre su rajita, mientras apretaba mi cara sobre sus pechos y me invitaba a lamerlos como cuando era pequeña. Era una niñita lista, y al poco tiempo aprendà lo que le gustaba a mamá. Con mi Ãndice y mi pulgar empecé a dar pellizquitos sobre su clÃtoris, cada vez más fuertes. Levanté la vista y vi como mami, con la cara toda roja, me miraba sorprendida. Ahora era yo la que ponÃa a mamá bocaarriba y, acelerando el movimiento, pase una mano por detrás de su cuello y le levanté la cabeza hacia mi boca para fundirnos en un potente beso. Fui acelerando los movimientos sobre su clÃtoris, que se le habÃa puesto extremadamente duro, hasta mi mamá empezó a gemir y a mover sus caderas arriba y abajo, como dominada por una fuerza superior. Yo la miraba un poco avergonzada mientras ella ponÃa los ojos en blanco y, exhausta, cesaba finalmente toda actividad. ¿ServirÃa aquello para demostrarle cuánto la apreciaba su hijita?
Mamá no podÃa articular palabra. Yo apoyé mi carita sobre sus pechos y me quedé otra vez dormida usando como colchón el mullido cuerpo de mamá. Cuando por fin me desperté ya era mediodÃa y la lluvia habÃa parado. Mamá me estaba acariciando el pelo y yo me quedé un buen rato sobre ella, ronroneando como una gatita.
Un fuerte olor a hembra impregnaba las sábanas entre las que estábamos, asà como toda la caravana. Era nuestro aroma. La esencia de dos mujeres cuya relación iba a cambiar ya para siempre.
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