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Desde Chile -
Georgiño - (Gay) [17 Jun 2003]
Viaja a la costa Chilena a casa de una tia de su madre, la sorpresa viene ,as tarde cuando empieza a conocer a los inquilinos dela casa de la tia.
Quisiera compartir con ustedes mi historia, porque a través de ella quiero demostrar cómo las primeras impresiones no siempre resultan ser las correctas.

Fue un verano de 1996 acá en Chile, en la playa. Fui por primera vez a la casa de una desconocida tía de mi madre y recuerdo que llegué bastante atrasado a su casa, ya que ella y su familia me esperaban hacía horas. Cuando por fin llegué no fueron precisamente cariñosos conmigo, debido a la larga espera, y solo con el correr de las horas comenzaron a hacerme sentir menos culpable y más acogido. De hecho, el marido de una de las hijas de la abuela, un sujeto más bien cuarentón, se mostró sumamente hostil conmigo y pensé que no nos amigaríamos jamás después de aquel primer encuentro. Era un hombre más bajo que yo, ni gordo ni flaco a simple vista, con cabello muy parecido al mío, liso y partido a la mitad, aunque bastante más azabache que el mío, y se le notaban claramente algunos rasgos indígenas, mapuche en el caso de los chilenos. Su nombre era Jorge, al igual que el mío. No era del todo feo, pero su rostro de todos modos me resultaba algo tosco, lo que en todo caso le daba un aire de mucha masculinidad. De todos modos, y al igual que los demás, con el correr de los minutos su actitud también fue cambiando radicalmente conmigo. De hostil pasó a ser con quien mejor me llevaba. Quizás porque tenía un hijo más o menos de mi edad, un individuo al que apenas le hablé cuando me lo presentaron. En fin, Jorge me estaba empezando a agradar como persona, al igual que yo a él, porque después de todo era un tipo bastante simpático, alegre y amigable. Esa noche, después de conversar amenamente y jugar a las cartas con él, su mujer, la abuela y dos sobrinas pequeñas que revoloteaban por ahí, fuimos a caminar por la playa.

Me contó que le gustaba el deporte, especialmente el nado, y me preguntó si tenía algún inconveniente en competir con él al día siguiente, ahí mismo en esas frías aguas del Pacífico. Accedí sin pensarlo dos veces, más que nada para no volver a molestarlo, sobre todo ahora que se mostraba tan amable. Además, yo siempre he nadado muy bien, y dudaba que aquel viejo me pudiera ganar. Yo tenía 25 años, y él en realidad mucho más de 40. Tenía 52, aunque no los demostraba para nada. Tras la grata charla, y bajo una luz de la luna, volvimos a la casa y yo me quedé con la impresión de haber conquistado amigablemente al sujeto, sin esperar nada más en todo caso, porque la verdad ni me interesaba. Así entonces, al otro día fuimos junto a su mujer a la playa a pasar lo que sería un grato de día de verano.

Pero qué gran sorpresa me depararía la vida aquella tarde, porque aquel sujeto cincuentón que se veía tan común y corriente, y para colmo con rasgos indígenas, cambiaría mi existencia de manera radical. Cuando llegamos a la arena fue el primero en comenzar a quitarse la ropa, y cuando se descubrió la camisa se presentó ante mí el dorso lampiño más bello y delicioso de cuantos haya visto o soñado jamás. Era la mezcla perfecta entre esos hombres inmortalizados por los escultores renacentistas y esos fornidos machos que abundan en las pinturas de Rubens. Por la forma de sus bíceps supe de inmediato que gustaba de las pesas. Sus tostados pectorales eran realmente fabulosos, coronados por dos excitantes tetillas, oscuras, grandes y carnudas, como dos gomas de chocolates esperando por ser chupeteadas y lamidas. Quedé boquiabierto, no podía creer lo que estaba viendo, al tiempo que mi verga comenzaba a pararse rápidamente, sin poder controlarla. Hice grandes esfuerzos por disimular la enorme atracción que su cuerpo ejercía sobre mí, pero me era imposible. Solo atiné a arrojarme de estómago en la arena para disimular la crecida de mi verga. En todo caso, la gordeta de su esposa nunca se percató de mi lujuria contenida, ya que no paraba de hablar de mil estupideces relacionadas con la playa. Hablaba como loro, pero yo ni siquiera la oía. Cuando vino el turno de los pantalones la verdad es que ya no daba más de caliente, ya que a pesar de esa horrorosa bermuda que le cubría hasta las rodillas me imaginaba que debajo de esa prenda se escondía la verga más espectacular que podía existir. Y más adelante comprobaría, fehacientemente, que no estaba en absoluto equivocado.

Observar ese maravilloso cuerpo mojándose en el agua no hizo más que sofocarme por la calentura. Sudaba como loco, pero estaba seguro que no era por efecto del sol, sino por causa de él, de aquel mismo indio de mierda que me había recibido tan mal el día anterior y al que ni siquiera había mirado como hombre. Por lo mismo, pensaba que la primera impresión que me había formado de él estaba completamente equivocada, porque la sorpresa que me estaba llevando esa tarde era enorme. El cincuentón ése me estaba recalentando como bestia con el solo hecho de mirarlo. Del desafío que habíamos pactado la noche anterior, el de la carrera a nado, la verdad es que ni siquiera me había preocupado. Solo recuerdo que al final igual competimos y le gané por muy poco, ya que en verdad era un excelente nadador. Sin embargo, lo que más recuerdo de ese desafío fue su final, el que sellamos con un fuerte abrazo que él me dio en señal de felicitaciones. La verdad es que me fascinó, porque mojados como estábamos, y siendo yo más alto que él, por fin podía sentir la piel de ese fabuloso cuerpo juntarse con la mía, y además, hundir mis manos en esa espalda ancha, húmeda y carnosa. Los esfuerzos por no manosearlo más de la cuenta fueron titánicos, aunque sí me atreví a llegar un poco más allá, porque al momento de abrazarme junté mi mejilla junto a la suya, y la mantuve pegada a su cara por el largo momento que duró nuestro abrazo. La verdad que ahora hasta su rostro me estaba pareciendo más atractivo.

Esa noche en la casa nuevamente conversamos y jugamos cartas, pero obviamente mi sensación era muy distinta a la de la noche anterior. Ahora ese indio viejo y sin ningún atractivo aparente, vestido con ropa tan insulsa, era para mí como el Adonis al que siempre quise gozar, aunque no encontraba la manera de poder hacerlo. Cuando me dirigía a mi pieza para pajearme con las imágenes que aún tenía de él en mi mente de pronto me sobresalté, era el mismo quien posaba su mano en mi hombro y me pedía que lo acompañara de nuevo a la playa a dar un paseo, tal como la noche anterior. La verdad es que me quedé con las ganas del pajeo, pero el solo hecho de volver a estar a solas con él compensaba cualquier interrupción. Nuevamente charlamos de mil cosas mientras caminábamos por la arena, hasta que nuevamente, después de alejarnos bastante, terminamos sentados y sin nadie cerca a nuestro alrededor. El mar resonaba frente a nosotros y otra vez había luna llena, así que no necesitamos luz artificial para vernos claramente. De pronto comenzamos a hablar de lo que había pasado esa tarde, más específicamente de la carrera que nos hizo competir.

Tienes muy buen físico, Jorgito. Eres bien maceteado por lo que me fijé. ¡Con razón me ganaste!
¡Oh, genial! Estaba alabando mi cuerpo y con ello me daba pie para hablar del suyo, algo que podía ser el preámbulo perfecto para algo más. O mejor dicho, para algo que anhelaba como loco en ese momento.

Tú tampoco lo haces nada de mal. Con ese cuerpazo no tienes nada que envidiarle a un veinteañero.
Jorge se sonrió, al mismo tiempo que se acomodaba frente a mí, y quedó observándome fijamente. Yo también clavé mi lujuriosa mirada en sus ojos brillantes. Después de eso, tiernamente acarició mi mejilla con su mano, tal como un padre lo hace con su hijo. Su cabello brillaba como terciopelo y se ondeaba suavemente con la brisa. Cerramos los ojos y él me dio un tímido beso en la boca que de a poco fue tornándose más ardiente. Yo estaba comenzando a extasiarme, a la vez que no podía creer que mi sueño se estaba volviendo realidad, y tan rápido. Mientras nuestras bocas se tragaban la una con la otra, transformando nuestras lenguas en dos moluscos que se revolvían ferozmente, comencé a abrazarlo hasta caer encima de él. Mi verga ya estaba hinchada y en hervor, como suplicando por salir al encuentro de la de Jorge, la que también estaba apuntándose bajo mi abdomen. Guiado como un animal, y sin dejar de besarlo apasionadamente, no perdí tiempo con mis manos y empecé a levantarle el chaleco y abrirle la camisa. Mordiéndole eróticamente el mentón, y luego el cuello, bajé hasta sus pechos para besarlos y lamerlos como un hambriento que no ha comido en días, hasta que por fin tuve ante mi cara, y a pocos centímetros de mi boca, una de sus dos deliciosas tetillas, inmensa y rebosante de carnosidad, la que comencé a chupar ansiosamente, tal como un bebé que a reclamado por horas de su teta. Jorge solo gemía y se estremecía de placer, no hilaba ni una sola palabra, a la vez que masajeaba ansiosamente mi cabeza con sus manos, en clara señal de entrega y sumisión. Mi saliva se escurría como un río por su pecho, cayendo como gruesas líneas de líquido por su abdomen descubierto. No recuerdo cuantos minutos gocé de esa primera teta, chupándola, mordiéndola y lamiéndola hasta detenerme y continuar con la otra, siempre bajo el mismo rito de frenesí y desenfado. Con una mano masajeaba la teta que chupaba y con la otra su cremallera, así podía sentir cómo se ensanchaba su verga, hasta que decidí introducir mis dedos y palpar directamente con mi mano su enorme barra de carne en estado de erección. Estaba tiesa, ardiente y palpitante, aumentando cada vez más mi grado de estimulación, porque me imaginaba su tamaño y su tremendo poderío. De pronto Jorge sacó el habla entre medio de los gemidos.

Ahora abajo por favor, abajo...
Tras pedírmelo con su voz ronca y en agonía, alejé de mi boca su carnuda y relamida tetilla, dejando un delgado hilo de saliva entre ella y mi boca. Comencé entonces a bajar por su dorso con mi lengua, a besos y lamidos, hasta llegar al bajo vientre. Y de pronto la imagen que tuve ante mí fue francamente impresionante. Aprisionado en mi sudada mano estaba el tubo de carne más hermoso que había visto nunca. Monumental, largo y ensanchado, como la más poderosa barra de fierro que no paraba de arder. Tenía unas encantadoras líneas venosas que se perdían al llegar al glande, el que estaba tan gordo que aumentó todavía más mi apetito, al punto que rápidamente me dispuse a llevármelo a la boca. Hacía muy poco que se había chorreado, pero eso no me importó en lo absoluto, al contrario, porque el olor y el sabor a macho que desprendía me hizo enloquecer aún más. Con los ojos cerrados y a intervalos regulares la hacía desaparecer dentro de mi boca acercándola temerariamente hasta el final de mi garganta. Por momentos parecía que me ahogaba, pero mi ansiedad y mi estado de excitación se desbordaban todavía más con esa tremenda presa de carne buscando mi garganta. Parecía un animal en celo. Después con mi lengua jugueteaba dándole suaves lamidos en el crótalo y en las orillas rojizas, hasta avanzar sinuosamente por el duro tronco y terminar en una mamada salvaje en los cocos, la los que imaginaba produciendo ese rico semen que saldría después. No cabía en mí de tanta dicha y felicidad en esos instantes. Precisamente, después de los cocos volví a encerrar en mi boca esa jugosa barra de carne y nuevamente comenzó a chorrear, y sin que Jorge me avisara, quizás por su estado de conmoción. Pero la verdad es que tampoco me importó, porque pensé que con ello quedaría dentro de mí una parte muy íntima de él, su semen, y lo gocé a montones mientras lo tragaba como leche. Luego de ese inolvidable clímax que se había producido dentro mi boca Jorge por fin dejó de estremecerse y pareció quedarse quieto, como un luchador que ha sido vencido por su rival. Yo también me había chorreado en los calzoncillos, casi al mismo tiempo que él, así que también me detuve, aunque no solté su verga de mi boca. Tras recuperar en algo el aliento, y aún tirado de espaldas sobre la arena, Jorge volvió a pedirme que lo complaciera con una nueva petición.

Pégame, pégame...
Producto de la sorpresa saqué su mojada verga de mi boca y me incorporé, quedando sentado frente a él. En ese instante la visión que tuve fue realmente fascinante, porque ahí estaba tirado y semi desnudo el hombre que tanto había deseado toda esa tarde, y ahora yacía debajo mío con el cuerpo empapado de mi saliva, con innegables signos de haber sido devorado por un maníaco, en este caso yo. Sin embargo, los golpes no estaban en mis planes. Ni siquiera contra de él.

Por favor Jorgito, pégame. Es una fantasía que he tenido siempre y la Olga nunca me la ha hecho. Ni siquiera las otras hembras que he tenido. Contigo en cambio ha sido todo fabuloso, espectacular... Eres lejos mucho mejor que cualquier mujer.
Esas palabras me alagaron, a la vez que también me hicieron enrojecer, sin embargo igual me convencieron y decidí volver a complacerlo. Lo jalé de un brazo y lo levanté frente a mí. Parecía un muñeco en mis manos. Y ahí se quedó frente a mí, quieto y de rodillas, con el dorso desnudo y con los pantalones y los calzoncillos abajo.

Muy bien, tú me lo pediste.
Y sin esperar nada más le puse dos sonoras bofetadas, a ambos lados de la cara, que estremecieron hasta el aire. Yo mismo me llegué a sorprender por la fuerza de mis manos y el seco sonido que producieron. La cara de Jorge quedó tiesa y de lado, a menos de un metro de la mía, hasta que de pronto comenzó a sonreír.

Bien, muy bien. Así era como lo quería.
Me volvió a pedir que lo abofeteara, a lo cual accedí complacidamente, ya que de pronto me estaba dando cuenta que a medida que lo cacheteaba la excitación volvía a invadirme, aumentando cada vez más a medida que le volteaba la cara, porque además de gozarlo sexualmente como macho lo estaba sometiendo a mi total voluntad, incluso a los golpes. Estaba claro entonces, le gustaban los placeres sadomasoquistas. Acto seguido volví a devorarle esa larga humanidad que nuevamente me apuntaba entre las piernas, rebosante de sangre caliente, suplicándome por una nueva mamada. Junto con ello recorrí con mis manos sus muslos y sus nalgas, las que eran exquisitamente exuberantes. Así entonces, y luego de un largo tiempo bajo las estrellas y el sonido de las gaviotas, decidimos parar. Tras un fantástico 69 sobre la arena, donde también comprobé que con su lengua podía hacer maravillas, le pusimos término a aquella enloquecida cena sexual, producto del cansancio y la saciedad llena.

Desde aquel verano del '96 hemos mantenido nuestra relación en el más absoluto secreto, sin que nadie haya sospechado nunca el verdadero motivo que une nuestras vidas, ya que hemos decidido mantenerlo oculto bajo la apariencia de una paternal amistad. Amistad que se transforma en fuego cada vez que nos vemos.



Georgiño, de Chile.




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