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Mi marido solo miraba y yo disfrutaba -
goreando - (Hetero) [19 Apr 2009]
Era nuestro decimo aniversario y mi marido pensó que la mejor sorpresa sería dejarmelo hacer con un jovencito delante de él
Podría mentiros con el tópico de que esto me lo contó a una amiga. Pero no es así. Esto me sucedió a mí (afortunadamente) este último verano. Era sábado y mi marido y yo habíamos salido a celebrar nuestro 10º aniversario.

Una cena romántica. Y después una copita y un baile. Estaba claro que en la mente de ambos teníamos claro que el final de la noche sería tener algo de sexo al llegar a casa. Para ello, yo había estrenado un conjunto nuevo de ropa interior. Y un vestido de noche que, sin ser provocativo en sí, resaltaba mi figura y me hacía más atractiva.

Al igual que yo, mi marido se dio cuenta que varios hombres me miraron el escote o la pierna que asomaba por la raja del vestido al bailar o sentarme en el taburete. Entre susurros, tímidos besos en el cuello y caricias en la cintura mi marido me dijo lo atractiva que estaba aquella noche. Al darle las gracias, él me respondió si no me había dado cuenta de la cantidad de chicos que me miraban. Contesté con un “no” condescendiente, que en esta ocasión sí quería decir: “pues claro que me he dado cuenta, tonto”. ¿Cómo no darme cuenta que a mis 39 años, incluso algún jovencito se volvía a mirarme? Siempre es agradable saber que los hombres te siguen encontrando apetecible.

-¿Sabes que en cierto modo, me da morbo que otros te mires? En cierto sentido, incluso me excita. –me confesó mi marido, ante mi asombro.

Yo sé que él no es el típico celoso. Pero de ahí, a saber que se sentía excitado porque otros me deseasen… Eso era algo nuevo. Algo nuevo conocía de mi marido después de 10 años de matrimonio y 5 de novios.

Me besó en la boca con pasión, me cogió por la cintura y me atrajo hacia sí. Sus manos descendieron, y mientras me besaba acarició mi culo en medio de la gente. Después del beso me propuso algo que me dejó algo más que sorprendida. Tuvo que repetirme dos veces más su propuesta. No dejaba de ser un juego infantil y divertido. Pero de no ser por las copitas que había tomado, seguramente no habría sido capaz de intentarlo… Me propuso que me apartase de él y ligase con quien me gustase, que bailase y coquetease un poco.

¿Pero cómo se hacía eso? Yo llevaba 15 años sin ligar con chicos. No hizo falta que yo hiciera nada. En cuanto estaba a unos tres o cuatro metros de mi marido, completamente sola en medio de la genta, empezaron a acercarse pretendientes.

Al principio los fui despachando con educación. Pero al fin llegó un chico jovencito (de unos 23 o 24 años). Muy guapo, simpático y de una preciosa sonrisa. Empezamos a charlar, bailamos un poco. Y finalmente me ofreció una copa. Caminando hacia la barra una de sus manos me rodeó la cintura. Sin duda en los años en que yo había estado casada algo había cambiado. La gente iba directamente al grano…

Mientras hablábamos, muy cerca el uno del otro, el chico hizo el gesto de besarme en los labios, yo giré la cara y el beso se quedó en mi mejilla. Pensé que como juego ya había ido algo lejos. Mi marido y yo no habíamos hablado de algo así. Por lo que me excusé diciendo que tenía que ir al servicio. Me perdí en medio de la gente, encontrándome con mi marido.

En lugar de cogerme de la mano y salir del local, él me confesó que realmente le había excitado verme coqueteando con el chico, ver cómo me cogía por la cintura bailando y ver cuando había intentado besarme. Y sin más, me cogió de la mano y se fue hacia el chico. Poco antes de llegar me dijo que le presentase como lo que era: mi marido.

Creí que aquello se empezaba a salir de su sitio. Quise pararlo. Pero por otro lado, no sé por qué no lo hice. Tal vez porque sentía curiosidad por ver dónde sería capaz de llegar mi marido.

Para mi sorpresa, en pocos minutos mi marido y el chico hablaban como si se conocieran de toda la vida. Mi marido me rodeaba por la cintura y de cuando en cuando me besaba en la mejilla o el cuello.

Después de una nueva copa, mi marido le confesó al chico que no salíamos mucho, y que nos gustaría ir a algún otro lugar. El chico enumeró algunos locales de moda. Y mi marido le preguntó si no quería venir con nosotros.

Así fue como nos vimos los tres sentados en el coche, en medio de un aparcamiento de tierra, muy mal iluminado y en medio de cientos de coches. Mientras parecía que decidíamos dónde ir, mi marido dijo algo que tanto al chico como a mí nos dejó sin palabras:

-Hace ya más de 15 años que mi mujer no besa a ningún otro hombre que no sea yo. ¿Te gustaría besarla?

Silencio. El chico me miró, intentó sonreír; pero se puso tan nervioso…

-¿Y a ti cariño? ¿No te apetecería besarle? –me preguntó.

Yo no me puse nerviosa, sabía que seguía siendo el mismo juego de antes, pero ahora un poco más atrevido.

-Claro que sí…

Y me pasé al asiento trasero del coche. Me senté junto al chico. Y le besé. Al principio fue un beso tímido. El chico estaba tan nervioso que temblaba. A penas sentí que él participase. Pero en pocos segundos, cuando se fue relajando y el beso prolongando, el chico comenzó a participar. Entonces el beso fue mucho mejor. Cálido. Dulce. Apasionado. Algo distinto, como una brisa de aire nuevo y fresco. Entonces, mientras le besaba, recordé que mi marido estaba allí, mirando. Con los ojos cerrados intenté imaginar su cara. Y súbitamente me sentí muy excitada. Tanto, que creo se me escapó un ahogado gemido.

Al separar nuestros labios vi sonriendo a mi marido. Y mientras nos animaba a repetir, se bajó del coche, abrió la puerta trasera de mi lado, y mientras volví a besar al chico, sentí que mi marido me bajaba la cremallera del vestido. Ese gesto me llenó de lujuria. Desató la fiera que llevo dentro. Sentí la excitante humedad aflorar a los labios de mi sexo. Tal vez mi marido me haría hacer el amor con aquel chico delante de él y allí mismo. Fuera cual fuera su pretensión, daba igual. Yo ya estaba desbocada… Y sólo pensaba en sexo. En mi vida sólo había tenido sexo con mi marido y con mi anterior novio.

Cuando dejamos de besarnos, mi marido estaba sentado nuevamente delante, observándonos. Entonces me quitó los tirantes del vestido y me lo bajó hasta la cintura. Y me sacó las tetas del sujetador. Invitando al chico a que me las acariciara y me las besara. El joven ni lo dudó. Se lanzó sobre ellas. Mientras acariciaba una, besaba la otra. Mi marido me acariciaba las piernas. Yo cerré los ojos y me dejé hacer.

A continuación, me volvía a fundir con el chico en un tórrido beso. Él me tocaba las tetas lleno de excitación. Sentí las manos de mi marido avanzando por mis piernas. Y entendí que quería tirar de mi tanga hacia abajo. Levanté como pude algo el culo y me sacó el tanga.

Entonces mi marido interrumpió nuestro beso diciéndome si no me apetecía descubrir lo que nuestro amigo guardaba bajo los pantalones. Me preguntó si no me apetecía descubrirlo, acariciarlo y comérselo un poco. Casi me corro en ese momento. Fue tan excitante, tan provocador, tan sexual que mi marido me pidiera que le hiciera al chico una mamada…

Y lo hice. Ante mis ojos apareció una polla joven, con una tremenda erección, dura como una barra de acero… No muy larga; pero bastante gorda. La acaricié mirándola fijamente, como si no quisiera olvidarla en toda mi vida. La humedecí y la froté. Después me incliné sobre ella y la lamí entera. Y mientras metía su grueso capullo en mi boca, me preguntaba qué podría hacerme sentir algo tan gordo entrando en mi coño… El chico jadeaba al ritmo en que mi boca hacía entrar y salir su polla de su interior.

Después de un rato, escuché la voz de mi marido que me preguntaba si me apetecía follármele. Nuevamente los labios de mi coñito se llenaron de la cálida humedad de la excitación. No lo pensé. Intenté sentarme sobre él. El chico se colocó un preservativo. Y por fin me senté sobre su gordísima polla. De frente a mi marido y espaldas al chico, clavada en tan grueso miembro, comencé a moverme en círculos… Me sentía tan abierta… Tan llena… Justo cuando empecé a cabalgarle, mi marido alargó una mano y comenzó a frotar mi clítoris. Tuve tres orgasmos seguidos… Cálidos, casi salvajes… Y grité llena de placer…

Al terminar nos despedimos del chico. Ya solos, me recompuse el vestido; pero cuando intenté ponerme el tanga, mi marido me lo impidió. Y durante todo el trayecto hasta llegar a casa, una de sus manos no dejó de acariciar mi coñito…

Naturalmente que en casa le devolví, como pude y supe, todo el placer, todo el morbo y toda la lujuria con la que él me había obsequiado aquella noche.

"ENVIAR RELATOS EROTICOS".

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