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Fetichista 2CV -
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| Stella - (Hetero) [16 Jun 2003]
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Un loco por los autos (los Citroen 2CV) y sus fantasías
sexuales.
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De esto hace un par de años. Yo hacía apenas unos meses que había
llegado a España procedente de Colombia en busca de un sitio donde vivir y
donde establecerme ya que en mi país todo era (y es) más difícil. Una amiga
con la que me carteaba me habída explicado como le fué y estaba encantada.
Claro que ella se había liado con un español en Madrid y terminó por casarse
y solucionar de un tajo su subsistencia. Aunque no era esa mi idea y siempre
he sido o he querido ser independiente, siempre es una alternativa que está
ahí, al menos de forma má fácil para las chicas, claro que es recomendable
tener un físico que acompañe si una piensa en ir "de caza", pero eso a mí no
me faltaba. No soy Sharon Stone pero tengo una figura esbelta, una
delantera generosa que atrae la mirada de más de uno y unos ojos grandes
para echar el resto, si conviene.
Me llamo Viviana y puesto que mi amiga casada de Madrid, a pesar de
animarme a venir a España jamás apuntó el mmás mínimo interés en invitarme
ni por 4 días a su casa (no descarto un probable proteccionismo de su
estabilidad conyugal), decidí venirme de todas formas pero a Barcelona,
donde vivía un primo de mi padre, Víctor, y quien sí se mostró dispuesto a
acogerme en su casa por un tiempo no superior a 6 meses, prorrogable en
función de mis expectativas laborales (básicamente tratar de otear el
horizonte sobre la regularización de mis papeles de residencia y permiso de
trabajo). Existía además la obvia condición de aportar una ayuda económica
mensual a la familia para lo cual se me podía dar cierta flexibilidad, diferible
en función de lo dicho antes relativo a mi futuro laboral.
Bien, no podía quejarme. Acogerme no era un negocio para ellos y solo
pedían que yo no fuera una carga, al menos demasiado pesada: si podían
financiar mi estadía pretendían recuperar dicho coste, si no podían me
rogarían que volviera a Colombia, y en cualquier caso se fijaba un plazo de
tiempo límite para analizar mi situación y tomar decisiones sobre si permitirme
seguir con ellos o no.
Después de instalarme, conocer el entorno (vivíamos en un apartamento en
un pueblo a 20 Kms de Barcelona), conocer Barna, etc., empecé a buscar
una ocupación que me pudiera permitir conseguir un permiso de trabajo.
Pasaron unos meses y a pesar de algun trabajo temporal y "pirata" de
apenas unos días, la cosa estaba difícil. En 3 meses, y llegado el verano, mis
pocos ahorros se esfumaron y aunque en casa no me pusieron presión
alguna, la verdad es que no podían permitirse, además de mantenerme,
darme ninguna asignación semanal que no fuera de tipo extra que yo pudiera
precisar para atención sanitaria (si la hubiere), desplazamiento por alguna
oportunidad laboral o algo por el estilo.
No tener ni un solo Euro en el bolsillo me ponía "enferma" y buscarme un
novio, aunque fuera para que me costeara algún gasto, era algo difícil
puesto que Victor ejercía de padre protector y no me permitía salir por las
noches. Víctor y Adriana (su esposa) tenían dos niños pequeños y no tenían
experiencia alguna con alguien más mayor como yo (22 años) y sí en cambio
la responsabilidad de mi estadía. Yo jamás les presioné, ya que sabía que el
conflicto que podría generar desembocaría probablemente en mi vuelta a
Colombia y eso no entraba en mis planes. Así que solo disponía de las
mañanas y tardes, en horario diurno, tiempo el cual yo destinaba, o se
supone que destinaba, a buscar trabajo.
Un sábado que acompañé a mi "familia" a comprar a un hipermercado ubicado
a unos kilómetros pude ver junto a la carretera un chica con una falda blanca
bien cortita, un top minúsculo, tacones de dos palmos, gafas de sol y
pintarrajeada (ojos y labios) horrorosamente. Aunque tardé un instante en
entender, reaccioné para comprender a qué se dedicaba. La chica estaba
algo gordita, bueno, realmente "entrada en carnes", y recuerdo que pensé
"más que atraer, vas a asustar a alguien".
Durante un par de días no dejé de darle vueltas a la imagen que quedó en mi
retina de aquella mujer, pensando en lo duro y peligroso de su trabajo por un
lado, y lo fácil de sus ingresos por otro.
Aún sin tomar decisión alguna, en los dos días siguientes me dediqué a
averiguar y comprobar, conversando con mi "familia", sus rutas y
movimientos habituales. Víctor trabajaba en una fábrica cercana y Adriana
limpiaba por horas varios apartamentos de la vecindad. Mi objetivo era, caso
de que me decidiera por emular las actividades de la chica de blanco, tener
cierta seguridad de que no sería descubierta por Víctor o por Adriana.
El sábado siguiente volvimos a pasar, camino del supermercado por el mismo
sitio donde ví a la chica de blanco. Y ahí estaba. En ese momento inclinada
sobre la ventanilla de un auto, imagino que negociando el "servicio" con un
posible cliente.
El lunes siguiente pedí prestado algo de dinero a Víctor y tomé un autobús en
la dirección de la carretera donde ví a la chica de blanco. Tuve que bajar
antes y andar un buen trecho pero por suerte la encontré, y sola. Sería su
carácter, mi potencial competencia, que yo le distrajera algún cliente, hacerla
hablar de su trabajo, mi acento "sudaca", o vete a saber qué, pero los 5
minutos que hablé con ella se mostró de lo más despreciable y vulgar. Me
quedé con las ganas de mandarla a "comer la concha de su madre", pero en
realidad me dió la información que yo buscaba: condiciones, tarifas, tiempos,
peligros, etc. Me quedó claro que mi mayor peligro dada mi situación no era
quién pudiera detener el coche para preguntarme el precio por un francés en
el auto, sino algún mafioso que quisiera chulearme. Pero no me amilané.
Tuve la suerte de que Adriana precisó de mi ayuda en los siguientes cuatro
días para limpiar unos apartamentos, lo cual me dió cierta alegría financiera
para comprarme cuatro trapitos que ponerme, un cargamento de condones,
unas gafas de sol bien grandes y algunas cosas más entre las cuales no
faltó un teléfono móvil, como elemento básico de auxilio. Fué más difícil
conseguir ubicar un lugar donde instalarme, pero convencí a un niñato de 15
añitos de un bloque de pisos cercano para que me llevara a dar una vuelta
en su flamante ciclomotor, y aunque el chico no entendía nada sobre mis
ganas de dar tantas vueltas sobre un determinado tramo de carretera,
estaba tan encantado con llevar mis pechos "agarrados" a su espalda que
obedeció todos mis deseos de pasear por el entorno. Finalmente me decidí
por un desvío junto a la carretera que en forma de camino rural descendía
entre matorrales hasta la orilla de un río paralelo a la ruta, con una orilla
suave donde poder lavarme si convenía. Era un sitio que en algún momento
fué frecuentado por aficionados a la pesca fluvial pero era evidente que el
caudal del río había descendido fuertemente en los últimos años a la vez que
el progreso delataba una sino baja potabilidad del agua, al menos no
recomendable para su consumo.
Dos días más tarde empecé a "trabajar". Tracé bien todas las excusas en
casa para obtener el tiempo y la libertad de movimientos precisos así como la
justificación de mis nuevos ingresos aunque siempre todo ello colgó de un
fino hilo como no podía ser de otra forma.
Mucho que contar sobre mis primeros días pero el caso verdaderamente
especial (por llamarlo de alguna forma) vino unos pocos días más adelante
cuando junto al desvío donde ejercía mis servicios me fijé en una rosa roja
que parecía haber brotado de la nada y es que no había rosal alguno. Al
acercarme ví que la rosa se sostenía gracias a un ladrillo donde había un
papel enrollado. Me puse la rosa en el cinto y desenrollé el papel:
"A la chica de este lugar que viste de corto y de blanco:
Aunque te veo cada día, yo no puedo detenerme a saludarte por cuestiones
de discreción. Si puedes llamarme y nos ponemos de acuerdo sabré
agradecértelo.
Un beso y una rosa.
Un tipo.
PD: Si no quieres pagar la llamada, envía un SMS o simplemente deja sonar el
teléfono y cuelga antes de que yo responda. No. tfno: 656 999999."
Me quedé sorprendida. Primero me infundió cierto miedo el aviso. Luego
pensé que tenía cierta lógica el escrito. No tenía sentido que proviniera de
mafioso alguno puesto que en dicho caso no tendría ningún reparo en
detenerse. También comprendí que si quería discreción, no detendría su auto
en dicho lugar, y por tanto deberíamos vernos en otro sitio. Y también
imaginé que su necesidad de no ser visto podía darme a mi cierta ventaja en
la negociación, puesto que me permitiría poner condiciones.
Le llamé. Dejé sonar el tfno. y colgué. Si realmente tiene interés, que llame
él, pensé.
Tardó una hora en responder a la llamada. Me dijo que se llamaba André y
que celebraba que hubiera visto la rosa. Confesó no poder detener su auto
porque no deseaba ser visto en dicho lugar por algún transeúnte, ya que
trabajaba en una población colindante y no pensaba correr ningún riesgo. A
pesar de ello no había dejado de fijarse cada día en mí y hasta soñaba
conmigo. Por ello que llevaba 3 días dejando una rosa en el lugar y
finalmente yo la ví. Dijo que no podríamos vernos allí, debería ser en otro
sitio y que deseaba conocer mis tarifas. Yo respondí que formulara sus
deseos a lo que apuntó que quería que le realizara una felación en el auto, y
luego hacerme el una a mí sobre el capó de su coche. Deseaba
fundamentalmente hacerme gozar, por lo que quería saber si yo trabajaba
"de lo mismo" durante la noche y en caso de que no fuera así, él debería ser
mi primer cliente del día en la mañana. Apuntó que la felación debería ser sin
protección, a lo que respondí inmediatamente que yo no pensaba tragarme
nada que "escupiera" su polla. Contestó:
- En primer lugar no tienes porque usar un lenguaje vulgar conmigo y en
segundo lugar yo deseo correrme en tu boca, me da igual que luego te lo
tragues o lo escupas. ¿Si te ofreciera 6.000 Euros por ello, aceptarías?-.
- Hombre... - Dije yo -.
- Entonces se evidencia que haces esto por dinero, y por tanto todo es
cuestión de fijar una cantidad en la que nos pongamos de acuerdo. Por
supuesto no voy a ofrecerte 6.000 Euros por media hora de tu tiempo, pero
probablemente tú con menos también estarás conforme. ¿Sí? -.
- Probablemente - Respondí -.
- O me dices cuanto ahora, o te lo piensas. Dime cuando tendrás una
respuesta y te llamaré. No negociaré tu precio ni a la alta ni a la baja. Si
puedo asumirlo diré Ok, y si no..., no volverás a saber de mí. Y de todas
formas te ruego borres mi número de teléfono de tu móvil y de tu mente. -.
Sin pararme a pensar demasiado en sus palabras le solté lo que yo creía una
tontería como precio y que a mí me representaba de 2 a 3 días de trabajo y él
jugó bien su carta. Me dijo que tenía que colgar pero que me daría una
respuesta en dos horas.
Digo que jugó bien sus cartas porque si me hubiera dado un No, yo me habría
quedado con la duda de una oportunidad perdida, y ante un Sí, pues también
ya que yo debería haber tratado de renegociarlo al alza. De esta forma me
daba un tiempo como para que yo solo puediera valorar mis factores y no su
interés. Pero bueno, de todo se aprende.
Me llamó a las dos horas y media para responder afirmativamente e indicarme
que si me iba bien, nos veríamos al día siguiente a las 10 en una parada
cercana del autobús y me pedía que mi ropa fuera discreta. Él me
reconocería. Yo puse la condición de antes quería ir a un bar a tomar un
café y charlar un rato. Quedamos de acuerdo.
Al día siguiente yo estaba a la hora convenida en el sitio convenido. Él llegó
a los 2 minutos de partir el autobús. No sé mucho de autos pero sé
reconocer un Citroen 2CV por lo clásico del modelo. El auto estaba bien
cuidado. El conductor también. Cuarentón, media estatura, pelo castaño y
corto, ojos azules, algún kilo de más, complexión atlética, bien parecido, bien
afeitado y aseado, y sin vestir un traje, llevaba americana sobre camisa y
corbata bien planchadas. Su mirada era sosegada y su semblante serio. Nos
dirigimos a un bar apartado donde me invitó a desayunar y estuvimos
charlando unos minutos, lo justo para que yo pudiera hacerme la idea de su
persona. No me pareció un psicópata y sí se mostró bien educado, incluso en
demasía ya que no usaba ni lenguaje vulgar ni ninguna expresión
mínimamente malsonante. Me indicó que le gustaba hacer el amor al aire libre
y que nos dirigiríamos a un claro tranquilo en el bosque, parecido al lugar
donde yo solía "ejercer", pero sin río. Mientras íbamos en el auto le pregunté
sobre éste y confesó su "amor" por dicho modelo y que lo tenía como
segundo auto pero con ganas de restaurarlo y dejarlo impecable, como de
coleccionista. Tomó un camino rural y a los 500 metros se desvió por un
camino abandonado para aparcar pocos metros más allá en un pequeño claro
escondido entre matorrales. Se bajó del auto y se alejó3 unos metros para
echar una ojeada.
- Tranquilidad absoluta - dijo al acercarse -.
Levantó la lona del techo del auto para permitir que entrara el sol.
- Bueno princesa - noté que en ningún momento me había preguntado mi
nombre - lo primero es lo primero, ¿No? -.
Yo seguía sentada en el auto. André abrió la puerta de mi costado, me dió la
cantidad convenida, en efectivo, y agregó:
- Que te dé esto no quiere decir que si me complaces no pueda añadir un
complemento final, si quieres aceptarlo -.
El comentario me sorprendió, pero supuse que iría en clave de "camelo" y no
le dí importancia. De todas formas le agarré por la corbata y lo acerqué para
besarle. Un largo beso que lo pusiera a tono. Yo ya tenía la plata y cuanto
antes termináramos, mejor. Retorcí mi lengua con la suya y le repasé encías
y paladar hasta dejarle sin aliento.
- ¿Por donde empezamos? - dijo -. ¿Empiezas tú o empiezo yo? -.
Yo no tenía precisamente unas ganas locas de mamarle la verga, aunque
más pronto o más tarde debería... así que respondí: - Empieza tú -.
Se quitó la americana y la corbata. Me pidió que subiera sobre el
parachoques trasero del auto dando la espalda al baúl. Debía poner los piés
uno en cada protector lateral de las luces traseras (unos protectores de
tubo en forma de U invertida) y que me agarrara a la parte superior del auto.
Mi cabeza quedaba apoyada sobre el techo de lona enrollado y mi melena
colgando en el interior del auto. Yo aunque discreta iba vestida para la
ocasión, con una falda hasta la rodilla y una blusa vaporosa y sin mangas
que abrochaba por detrás.
André empezó besándome los piés y subió por rodillas y muslos lamiendo
más que besando. Mientras mordisqueaba el interior de mis muslos fué
bajando la cremallera lateral de mi falda hasta liberarme de ella. La echó
dentro del auto. En su nuevo ascenso paró a oler mi sexo a través de mis
minúsculas braquitas dibujando con su lengua el triángulo de mi vello y luego
siguió hacia arriba por mi ombligo mientras me desabrochaba la blusa por
detrás. Se subió también al parachoques para izar la blusa hasta mi cara,
tapándomela, aunque yo veía perfectamente a través de ella. Él se detuvo en
mis pechos. Su lengua estuvo forcejeando con las varillas de mi sujetador
para llegar hasta cada pezón. Cuando finalmente me liberó del sujetador
había conseguido que mis pezones estuvieran erectos. Pensaba que yo
controlaría mejor el momento pero André había conseguido electrizarme y sé
que buscaba con sus ojos mi rostro pero yo no quería delatarme y aceptar
que aquello, al menos, me gustaba un poco, así que permanecí inmóvil
mirando al cielo con la blusa sobre mi cara para no curzarme con su mirada.
Bueno, de todas formas su intención era hacerme gozar, ¿no?. Y mejor que
lo creyera. Y mejor que me gustara...
- Tu piel al sol es tan luminosa como suave. Eres preciosa - dijo -.
Bajó de vuelta para retomar su particular flirteo con mi sexo. No me quitó las
braguitas sino que se ayudó de una mano para separar la tela de mis labios y
empezar con un vaivén de su lengua arriba y abajo. Yo tenía las piernas
separadas, claro y él, ahora con los pies ya en el suelo, tenía mi concha a la
altura de su boca en una posición cuando menos bien cómoda. Estuvo unos
instantes lamiendo mi clítoris y buscando penetrar con su lengua en mi
vagina que empezaba a estar húmeda. Se agarró con ambas manos a la
carrocería del auto y con un pié sobre el parachoques inició un vaivén
vertical de forma que la suspensión del auto hacía que fuera yo quien se
movía y le ahorraba el trabajo de mover la lengua. Sabía usarla. Estuvo así
un rato. Tuve que desembarazarme de la blusa porque empezaba a dificultar
mi respiración. Y es que mi respiración era ya la de un incipiente orgasmo
que André estaba provocando con su ejercicio. Alternaba con besos en mi
entrepierna, lametones en mi vagina y cuando más movía el auto arriba y
abajo, más largo era el recorrido de su lengua y labios por los míos y por mi
clítoris. Empecé a jadear y me decidí a observarle en su entusiasmo. No me
había dado cuenta antes pero él se había desabrochado los pantalones que
cayeron al suelo y entre sus calzoncillos asomaba un capullo rojo, terso e
hinchado como un tomate, señal inequívoca de que mi chófer se lo estaba
pasando en grande. De otra parte ya estaba claro que yo no era para nada
ajena a sus esfuerzos y mi vagina estaba más que jugosa, chorreante de
placer que él recogía y redistribuía aon su lengua por toda mi zona genital.
Me terminé corriendo de forma evidente y aunque no estruendosa porque no
soy de las que gritan como despavoridas, quedó claro que lo que parecieron
unos ahogados sollozos fueron un orgasmo en toda regla. André se detuvo
al notar mi cambio de respiración.
No sé qué cara debía tener yo pero André pareció contestarme:
- No te avergüences de gozar con esto. Son pocos y elegidos los que
disfrutan con su trabajo, sea cual sea. Y yo no voy a juzgarte. -.
Realmente no parecía mal tipo.
Bajé de mi "trono-móvil" exhausta. Me había descontrolado. Una vergüenza
para una profesional como yo. Pero bien, al fin y al cabo, André infundía
confianza, no como otros...
Me acompaño hasta el asiento trasero del auto para que me echara, cosa
que hice. El 2CV no es ancho pero pude acomodarme. André abrió el baúl del
auto y sacó un par de refrescos, lo cual agradecí. Descansamos por un rato.
Él estaba fuera del auto, hurgando en el baúl, hablando sobre el sol, el
monte, que si yo quería beber algo más, me ofreció unas cremas
bronceadoras (trabajaba en una empresa farmacéutica), etc. Yo estaba
echada boca abajo, desnuda excepto por las braguitas, en el asiento
posterior con las piernas medio colgando por una de las puertas. Se acercó
por esa puerta para mostrarme la excelencia de algunos de sus productos y
le oí murmurar:
- La verdad es que tienes un trasero fenomenal -.
Me reí y volteé la cabeza para verle. Se había quitado la camisa y los
calzoncillos y ahora estaba desnudo vistiendo una erección de campeonato.
Dió la vuelta al auto, abrió la puerta trasera que yo tenía frente a mí y soltó:
- Vamos con la segunda parte. No te muevas cariño.-.
Con su mano tomó mi cabeza por la nuca y acercó su miembro a mi boca. Le
miré con una sonrisa, pasé mi lengua dulcemente por la rajita de su capullo,
le agarré de los cojones aprisionando con índice y pulgar el pellejo entre su
polla y huevos, y me la metí en la boca. Quemaba. Había estado expuesto al
sol en los últimos minutos y entre la calentura y los rayos vitales creo que
tenía una "insolación de glande". Yo marcaba el ritmo con la mano. Paraba
cada 4 o 5 embestidas para besarle el capullo con los labios abiertos,
llegando al prepucio y volviendo atrás lentamente. Sé que esto le vuelve loco
a más de uno. André se agarraba al auto para no caerse. Estaba en el
séptimo cielo. Se acercó aún para penetrame más por la boca mientras puso
sus manos bajo mis pechos y me ayudaba en nuestro movimiento pendular.
Después de pedirme que le soltara los huevos, terminó haciendo el mismo
juego que antes con la suspensión del auto. Ahora lo balanceaba a cada lado
para fijar el ritmo de entrada y no salida de su polla de entre mis fauces. No
estuvimos mucho rato, apenas tres minutos. Se corrió como un novato. Y no
me avisó de que iba a correrse como habíamos acordado. Claro que ya ví
que ni controló su eyaculación ni estaba muy lúcido como para avisar de
nada, así que descargó su semen en mi boca, o al menos el primer chorro
que fue copioso. Mi primera reacción fué escupir pero al instante pensé en
castigarle por su falta de delicadeza y aún sosteniéndose al auto y con los
ojos en blanco, respirando con dificultad mientras su miembro, babeando, se
marchitaba por momentos, me incorporé y le besé en la boca, fue un beso
con lengua y esófago. Le restregué todo su semen por su paladar y hasta el
bigote se lo dejé blanco de esperma. Se quedó parado. No dijo nada. Ni
reaccionó para escupir ni tragar. Yo sí escupí en el suelo y le hice notar mi
enojo:
- Tenías que avisarme André. ¿Recuerdas? El francés era a pelo, pero nada
de tragar. Creía que habia quedado claro. ¡JODER! - dije.
Algo tragó porque le dió un ataque de tos. Cuando terminó yo ya tenía
puestos sujetador y blusa. Volvió a sorprenderme pidiéndome mil disculpas,
elogiando mi "savoir faire" y jurando que no fue su intención ofenderme. Que
no quería terminar mal la "sesión" y que le encantaría repetirla en otra
ocasión si yo accedía a aceptar sus disculpas. Lo más inteligente por mi
parte era contemporizar. Al fin y al cabo me vendría bastante mal que se
largara y me dejara en mitad del monte. Me equivoqué.
André fue a por mis zapatos que estaban al otro lado del auto y cuando los
trajo me pilló por sorpresa: no sé de donde sacó unas esposas con las que
hábilmente atenazó mi muñeca izquierda y me "encadenó" al retrovisor
derecho del auto. Apenas me dí cuenta y grité "¿Qué haces?", que con una
lazo corredizo ató mi otra muñeca y tiró de la cuerda desde el otro lado del
auto de forma que yo quedé a un lado del auto, pegada a éste, pero como
mirando de frente al parabrisas. En un instante volvió del baúl con una cinta
americana en la mano.
- ¿Sabes qué es esto guapa? -. Dijo. Su cara había cambiado, ahora parecía
salido. Daba miedo. Y aunque no me asusto con facilidad, me dió miedo.
- No voy a hacerte daño y lo vas a comprobar pero como estás asustada
tendrás la tentación de gritar, y aunque por aquí no pasa absolutamente
nadie y puedo asegurarte que conozco la zona, no me gusta oir gritar y te
taparé la boca si lo creo conveniente. Lo malo de estas cintas es que al
quitarlas, sí duelen.
- ¿Qué vas a hacerme? -.
- Voy a follarte como más deseo, y tengo intención tanto de devolverte a la
parada de bus como de verte otro día, así que no tienes nada que temer. O
teme todo lo que quieras, que al fin y al cabo el terror tiene su morbo. -.
No me tranquilizó para nada. No entiendo de psicópatas y ni si este era un
caso clínico o un loco napoleónico o un travieso desmadrado pero me
arrepentí de todo. Principalmente de haberle exaltado con mi beso blanco. Yo
no alcanzaba mi bolso donde tenía el celular. Traté de tranquilizarme, y le
rogué que me soltara, accedí a no gritar, le prometí todo y me dispuse a
obedecerle cuando noté que su tono de voz volvía a ser más tranquilo, como
antes.
Me rogó que me subiera al capó del auto boca abajo. Me subí, pero el capó
del auto quemaba por el sol y aunque me quejé tuve que utilizar codos y
rodillas para no frotar mi cuerpo contra la chapa caliente. Tensó algo más la
cuerda alrededor de mi muñeca derecha de forma que yo quedé boca abajo
sobre el capó, con las piernas colgando por el "morro" del auto. Realmente la
chapa quemaba. Me asusté de nuevo cuando André se sentó en el puesto del
conductor y oí las llaves del contacto, pensé que iba a arrancar el motor y
pasearme sobre el auto, pero solo accionó el limpiaparabrisas de forma que
fluyera agua sobre el capó y refrescarlo. Eso ayudó.
Paró el motor y volvió con otra cuerda bien larga. Me ató un tobillo, dió la
vuelta por detrás del auto y ató mi otro tobillo, de forma que al tirar de la
cuerda ahora mis muslos descansaban descendiendo sobre los guardabarros
a cada lado del auto, y mi culo quedaba total y abiertamente expuesto,
observable perfectamente desde la parte delantera del coche. André volvió
con unas tijeras. Al ver mi cara de espanto me dijo que no me preocupara,
eran para sacarme la blusa y las braguitas. Le dije que no tenía otra blusa y
que si esperaba que volviera desnuda en el autobús: me tranquilizó
relativamente ver que había pensado en todo cuando del baúl saco una
blusa, un sujetador y unas bragas nuevas. Dijo que eran de mi talla y
compradas especialmente para mí. Traté de tranquilizarme pensando que si
realmente no pensaba hacerme daño, al menos eliminarme, tenía poco sentido
que se hubiera preocupado de comprar aquello. Me fijé que hasta cayó en el
detalle de voltear el retrovisor interior y los exteriores de forma que pudiera
verme cuando estuviera detrás mío. O que pudiera verse él... vete a saber...
Luego de recortarme la blusa, sujetador y bragas a mi espalda para liberarme
de todo y dejarme totalmente desnuda sobre el capó, no sin ciertos
inconvenientes debido a mi movimiento (yo no podía evitar tiritar de miedo),
André trató de tranquilizarme acariciándome, repitiéndome que estuviera
tranquila y asegurando que había empezado a quereme por estar haciendo
posible su mayor fantasía fetichista, la cual no imaginaba posible realizar
con nadie tan dulce y sexy como yo. Esto tuvo su efecto, incluso el hecho de
que me mostrara un tubo de crema destinado a lubricarme si mi estado de
exaltación no me lo permitía, para no dañarme. No lo tuvo que me dijera que
me pagaría el doble de lo pactado, pero finalmente... lo hizo y no me vino mal.
Se incorporó al parachoques, ahora delantero, del auto para masajearme la
espalda, cintura y muslos. Yo mantenía mi busto erguido tanto como me
permitían las ataduras ya que a pesar del agua derramada, entre el sol y el
calor del motor, el capó seguía suficientemente caliente como para que,
ahora desnuda, mis pechos no soportaran su contacto. Esto lo aprovechaba
André para acariciarlos una y otra vez mientras su lengua recorría mi
espalda desde la nuca hasta mi ano. Llegó a cambiar de postura para
sentarse en el parachoques y apoyando su nuca contra el capó bajo mi sexo
lamerlo una y otra vez para su goce que no el mío. Esta vez no consiguió ni
lubricarme ni nada parecido. Otro rato se puso detrás de mí apoyando su
barbilla en el auto y estuvo lamiendo y relamiendo mi clítoris mientras
agarrando mis muslos con las palmas de sus manos en la parte interior de
éstos me hacía subir y bajar por el capó. Finalmente usó el tubo de lubricante
que trajo y aplicándolo primero sobre su mano, se dedicó a introducir sus
oleaginosos dedos primero en mi vagina y luego en mi ano. Estuvo así un rato
metiendo primero uno y luego dos y hasta tres dedos a la vez
alternativamente y con ambas manos en mis dos orificios inferiores. Ni por
asomo se me ocurrió decirle que mi culo era virgen, no fuera a darle una
feliz idea. Al menos hasta el momento no se había pronunciado sobre su
deseo de meterme su pija en mi culito. Pero me iba quedando claro que su
obsesión era fetichista con el auto, no con parte alguna de mi cuerpo, así
que pensando en su objetivo de gozar a tres bandas (él, yo... e incluso el
auto), lo mejor sería seguirle la corriente y hasta fingir éste como el mejor
polvo de mi vida.
Tuvo la feliz idea de ponerse un preservativo lo cual hubiera aplaudido pero
estaba atada de manos. Ni siquiera hice comentario alguno.
Me dejó perdida de crema lubricante. Hasta el motor debió llegar la que
resbalaba de mi concha, pero al menos sirvió para que yo apenas me
apercibiera de la entrada triunfal que hizo su miembro enhiesto en mi vagina
a mayor potencia de la que albergaba el ingenio mecánico que tenía bajo mi
monte de Venus.
El se había encaramado al capó (que hizo algún que otro amago de hundirse
debido al peso de ambos), detrás de mí y apoyando sus pies sobre los
soportes de los faros delanteros y sus manos sobre la chapa, hundía su
verga en mi vagina una y otra vez. El auto se tambaleaba. Ni en marcha se
movía tanto.
André retiraba su miembro totalmente de mi cuerpo a cada empujón y a
través de los espejos retrovisores ahora invertidos yo podía ver su polla en
retiro justo un instante antes de iniciar un nuevo embite. Él jadeaba como
poseído y yo, en la medida que pude ordenar mis ideas y mis temores según
cuento aquí, le fuí siguiendo la corriente y tratando de simular un gozo lo
más parecido a mi último orgasmo y único conocido por André conmigo, para
complacerle en su deseo de hacerme gozar. No fuera a ocurrir que se
pusiera nervioso de nuevo. Al menos hasta ahora aún no he conocido ni
sabido de ningún hombre que se ponga violento o intratable mientras folla.
Los problemas suelen estar antes o después. Y si va bien servido, hay más
probabilidades de que "después" tampoco los haya.
No tardó en correrse. Vamos, que André no era un potente semental que
digamos. Era un hombre de fantasiosos, grandes, lujuriosos y enhiestos
momentos, pero a partir de ahí empezaba a deshincharse rápidamente. De
todas formas, para un cuarentón, dos eyaculaciones en poco más de media
hora supongo que no está mal.
Creo que conseguí volver a iniciar el dominio de la situación cuando André,
extenuado y jadeando sobre mi espalda me hizo la clásica pregunta machista
del:
- ¿Qué te ha parecido cariño? -.
Yo, pues claro, también jadeaba de cansancio y extenuación. Puro teatro, "of
course".
- Tengo la impresión de que me han follado 3CV -.
Fin.
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