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Era el día del día -
Emilio Montemayor - (Hetero) [05 Nov 2008]
Era el día del día. Es decir, el momento justo en el que el verano se despereza ocioso a la orilla del río. Entre los árboles y bajo la apacible sombra me dedicaba a contemplar el entorno
Era el día del día. Es decir, el momento justo en el que el verano se despereza ocioso a la orilla del río. Entre los árboles y bajo la apacible sombra me dedicaba a contemplar el entorno. El libro entre las manos se aburría detenido en la misma página desde hacía un largo rato. No me sorprendió verla, casi puedo decir que formaba parte del paisaje. Edad indefinida e indefinible bajo un sombrero de paja y el jardinero que traía.

La vi acercarse despreocupada, sabía que me había visto,no hoy, sino una semana atrás cuando bajaba del ómnibus en la terminal del pueblo. Aquella vez yo reparé en su imagen: estaba sentada en las afueras de un viejo café mordisqueando empeñosamente la uña de su dedo pulgar izquierdo. Al pasar, cargando mis maletas, advertí que era rubia, pecosa, piel tostada y curiosamente, no pude definir su edad. Ahora, su presencia me producía una extraña mezcla de inquietud y ansiedad. —Qué imbécil, —me dije—, ¿qué podría pasar de extraordinario? Ahora seguiría de largo y como siempre me sucede, ni siquiera me dirigirá una mirada.

Eso estaba pensando cuando le escuché preguntarme por el camino hacia el bosque de pinos. Como caballero que soy, me puse de pie, y recogiendo mi gorra sobre el pecho, sólo atiné a decirte: —¡hola...! al que sucedió un embarazoso silencio, del cual ninguno de los dos sabíamos como salir. Me hubiese gustado ser como esos tipos que tienen la palabra en el momento justo. Pero yo no, todo lo contrario, parecía un mudo. Pero, siempre hay un recurso a mano. Se me ocurrió preguntar si no la había visto antes, lo que era rigurosamente cierto. Se llevó la mano al pelo y las pecas se hicieron notables en su rostro al ruborizarse su piel. No se imaginaran nunca que pasó por mi mente en ese momento, sólo sé que esa, su imagen de niña sorprendida robando caramelos a hurtadillas me enamoró para siempre. Me dijo que sí y más aún, en tren de confesiones asumió a saber donde quedaba el camino por el cual preguntaba, comenzó a retroceder como para irse. —Espera, le dije, —sólo un minuto, por favor. Se encogió de hombros y yo dirigí mi mano hacia el césped como invitándote al más cómodo de los sofás. Sonrió aceptando el convite y se sentó con las piernas cruzadas en el césped, bajo el sol, a contraluz. No me gusta hablar de mí, así que me limité a escucharla hasta que la siesta hacia gritar desaforadamente a las cigarras y el sol se había escondido más allá de las copas de los árboles. Para esa altura ya nos habíamos fumado varios cigarrillos y conversábamos de caras al cielo, tumbados de espaldas y con los brazos a modo de almohada. Ambos éramos visitantes, yo de una vieja tía que vivía en una umbría casa con galería en medio del pueblo y ella visitaba a su padre que se había establecido en ese lugar hacia ya un cierto tiempo. Yo no mentí, tampoco ella, y es que nada nos preguntamos con respecto a nuestra vida de sentimientos, por eso, es obvio, nada dijimos. Tuve miedo y ella también de preguntar. Finalmente, se incorporó, y yo desde abajo la veía, alta, delgada y rubia como una virgen, en tanto que yo me sentía lo que soy, un cuarentón a medio camino entre la juventud que se aleja y la madurez que se hace notar en primeras canas, Noté que le agradó que le prestara atención, una sonrisa de niña mimada se dibujó en su cara y me dijo: —nos vemos—, contestando yo con lo que me imagino una boba sonrisa, mientras observaba como se iba. Me cuento a mí mismo lo que sucedió después y casi no lo creo. Recuerdo esa calurosa noche de agosto cuando caminaba buscando su casa con las referencias que me había dado, hasta que pude dar con ella.


Era una de dos pisos con un ventanal al frente. Apreté el descolorido timbre y vi su cara a través de los cristales de la ventana. No era tarde, así que no me sentí imprudente pero sí impaciente. Abrió la puerta con un dedo sobre los labios, diciendo: —papá duerme, en voz queda. Vuelta a mirarla y vuelta a enamorarme. Estaba hermosa, una blanca blusa descotada dejaba ver sus hombros dorados y una falda de vuelos suelta al estilo aldeano hacia que pareciera salir de cualquier cuadro alpino. Pude observar el brillo de sus ojos que miraban directamente a los míos, y su rostro aniñado ¿treinta? Pensé. Recordé su imagen royéndolas, su breve talle y su busto erguido que se adivinaba tras su ropa. Todo eso en un instante, instante en el que hablando en voz baja le dije si quería dar una vuelta, como los chicos de antes, lo que motivó que se llevara la mano a la boca para reprimir la risa y luego de mirar hacia arriba de la escalera, me dijo: -vamos. Yo parecía un quinceañero, me sentía enérgico, fuerte, ganador, caminaba con las manos unidas atrás, despacio, como saboreando la brisa fresca y el olor a jazmines en esa calurosa noche de agosto...Anduvimos por todos lados esa noche, algún que otro curioso nos miraba para ver si sabía quienes éramos. Pero, en ese lugar no éramos nadie que pudiéramos importar, simplemente, éramos. Hablamos de todo, la mitad de sus gustos coincidía, la otra mitad era soportable. Creo que lo mismo le sucedía a ella. Nos sentamos en el único y pequeño pub del pueblo, nos contamos todas las historias y nos bebimos toda la cerveza y sentí la suave palma de sus manos en mi cara, mientras mi mano se atrevía a tu talle. Le observé consultar el reloj de soslayo y me anticipé: es hora de irnos. Afuera la noche ya se ponía ropas de amanecer y un viento fresco contrastaba con el calor del lugar donde habíamos estado. Ni lo pensé, cubrí la desnudez de sus hombros con mis brazos atrayéndote hacia mí. Miró la mano que se apoyaba como una especie de velado reproche y yo, lejos de amedrentarme le dije que no quería que se resfriara, lo que le hizo soltar una espontánea carcajada, a la que me uní yo también de buena gana, pues todavía estaba algo tenso. Caminamos calle arriba, perseguidos ya por el rojizo horizonte hasta detenernos en una esmirriada plazoleta que sólo tenía un banco de piedra y una retama florecida. Corté una flor y le adorné el pelo cuando tomó mi mano y la rozo con sus labios. Yo la miraba y ella me soñaba, ella me miraba y yo la soñaba, mi corazón estaba al galope alborotado y mi boca buscaba la suya con desesperación, la de ella también me buscaba con desespero. La siesta siguiente le hice el amor en una pequeña alcoba de hostería del pueblo cercano. La habitación rezumaba una frescura contrastante con el calor que hacía afuera. El sol al mediodía iluminaba la sierra que observaba callada a través del velo de la cortina. Un ventilador de techo desgarraba el aire y yo por casualidad me miré al espejo. La vida no me había tratado mal, todavía quedaba algún dejo de juventud en mi rostro y me sentía feliz de estar emocionado después de mucho tiempo, y me puse a pensar en mi pasado y todo lo vivido durante mi juventud. No sé si fue una hora o un instante, la mente volvió al lugar actual y la observé sentada en la cama observando con gesto adolescente las puntas de su pelo para ver si estaban florecidas. Cuando se dio cuenta de que le miraba, levanto los ojos, sonrió y tendió los brazos hacia mí. Me sentí flotar hacia ella, mis manos desabrocharon su blusa mientras mi boca buscaba ansiosamente la suya. Sus manos apresuradas desprendían mi camisa, las uñas rasgaban sutiles la piel de mi pecho. Le tomé de ambos brazos como para detenerla, mientras me mirabas sorprendida. Creo que te dije un clisé, algo como que la bebida buena debía disfrutarse despacio, con una sonrisa se paró inmediatamente al lado de la cama, Mientras observaba mis reacciones, fui espectador de la máxima ofrenda de una mujer enamorada hacia su hombre. La contemple desnudarse, despacio, delicadamente, sutilmente cada una de sus prendas caía y cada espacio de su piel aparecía deslumbrando. Me sentí excitado, mi miembro comenzó a reaccionar con aquella visión, sus encantadores pechos se mostraban tentadores, nuestra respiración la teníamos muy agitada, yo deseaba poder poseerla, tenerla entre mis brazos y poder acabar dentro de ella. Finalmente, se entregó con esa desesperación de entrega, comenzó a jugar con sus pezones ya nutridos de seductora turgencia, eran un panorama, un vaso de libaciones de fertilidad latente, telúrica fuerza de perseguidos ritos.
Sus senos me invadían, agresivos, y ahí buscaba la magia escondida de tus areolas, mis ojos la acariciaban, mis manos tocaban sus lugares prohibidos y me perdía en esa trama de sus fibras elásticas, en su firme silueta irrigadora, vértice y base de un necesario triángulo equilátero, y ahí reposaba mi cabeza, mi boca, mientras la acariciaba con alta frecuencia como una acción revulsiva, mis caricias bucales eran corrientes galvánicas, eran sesiones completas, cálidas, apasionadas, y de su boca sólo se escuchaba un gemido de placer. ¡Ay del balanceo de sus caderas, de la turgencia de su vientre, de la colina de su pubis. Cada nuevo elemento me clavaba una estaca en el pecho. Sabiamente con cuidado su boca recorrió con besos pequeñísimos el interior de mis muslos, hasta que llegó a mi sexo, sacudiendo mi ser, parecía querer tomar vuelo, mientras yo desfallecía, volviéndome loco de placer. No tenia noción del tiempo, no existía, sólo dos cuerpos unidos por sus sexos.


Exhaustos nos quedamos dormidos. No sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que cuando desperté ya era de noche, me sentía exprimido como un limón, pero con una extraña sensación de sosiego total, no solo sexual, comprendí que el alma puede tener orgasmos. En la penumbra agucé el oído para escuchar su respiración mientras estiraba mis brazos para tocarla. Fue inútil, ya no estaba. Desesperado encendí la luz y sólo encontré un “te amo, por siempre” escrito con rímel en el dorso del papel metalizado de la caja de cigarrillos. La busqué enfebrecido, su casa estaba cerrada. Al otro día pregunté en el pueblo por ella y me contaron que había llevado a su padre a la ciudad. Pasé una semana entera frente a su jardín y nada. Pasó un mes. En cada mañana pasaba mirando a su ventana, hasta que un día el corazón se aceleró, detrás del voile alguien miraba, me acerqué bien y vi a un hombre que me observaba curioso, había amanecido frío y el inminente otoño le prestaba al ambiente un tizne de melancolía, en el aire flotaba un olor a hojas quemadas. Era sólo el subconsciente el que registraba el ambiente, mi mente alerta sólo tenía un objetivo: la ventana.

Pude ver su imagen y el de un hombre joven de barba que le acariciaba el pelo, y me miraba a mi también aferrado a las rejas del jardín. ¿Y a este que le pasa? Preguntó él. Vaya, respondió ella al tiempo que adorablemente le tomó los brazos para que esté la rodeara por detrás. ¿Es increíble ...no? ! Anda cada loco suelto dando vuelta en esta época!



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