Se deslizaba aprisionada por su malla negra con una sensual química contradictoria, entre ruda y sedosa...
Era un placer observar, siempre de soslayo, esa danza que constituía el verla caminar entre las pesas y máquinas del gimnasio.
De cuando en cuando, la mirada se tornaba directa, descarada, aprovechando un descuido en su atención escudriñante, al agacharse en algún bendito ejercicio.
Era el cielo...
Imaginar, casi poder tocar, lo que se adivinaba bajo esa magnífica malla negra...
Cada centímetro de su húmeda piel, tersa, casi me dolía su dureza, hasta que en mis labios nacía, así, espontáneamente, un sabor salado, un dulce sabor salado..., que hubiese jurado que provenía de su dorada y balsámica piel.
Su indiferencia la mitificaba... La ensalzaba hasta el Olimpo..., donde sólo pueden residir diosas inalcanzables para mi lasciva condición humana.
Pero no podía evitar desearla.
Soñar con el tacto de su piel y el susurro de, la que imaginaba, su dulce voz, casi me atormentaba; pues, aunque llenó numerosas noches el hueco de mi sensualidad, casi me obsesionaba maliciosamente, provocándome incómodas erecciones en los lugares más inoportunos. Llegaba a ser dañino.
Aquella tarde estaba cansado y sin mucho ánimo de despertar al cuerpo, pero el sólo imaginar la idea de no verla un día, me regalaba el alma para cualquier hazaña...
Y allí aparecí con andar cansado y una sonrisa forzada al comprobar su ausencia...
Fernando!!!
(Fernando era el encargado del local, antiguo compañero del Instituto, conocía mis devaneos sexuales hacia mi Diosa)
- ¿No ha venido? (Susurré)
_ Está en los rayos UVA (Susurró)
- Ven...
Casi a hurtadillas me condujo al vestuario, y magistralmente abrió una puerta que, aparentemente, siempre estuvo cerrada, pero no era así... Abría sólo el paso al tortuoso ejercicio masturbatorio a Fernando... Se había pajeado viendo a todas las clientas del gimnasio broncearse despreocupadas...
- Algunas se hacen pajas (Dijo mi amigo)
- Te dejo a solas con ella.
Un simple y, me pareció tan infinitamente delgado, cristal nos separaba.
Mis ojos permanecían perplejos ante aquella maravilla. En ese instante no existió nada más... Ni siquiera yo... Era un paraiso donde confluia todo el Universo... y yo, navegaba por él... sólo yo...
Hasta la artificial luz azulada nacía como rayos celestiales, haciéndola una magistral estatua marmólea, pero con el calor del Sol.
Pareció despertar, con leves movimientos de sus manos, que hacían caer lánguidos los dedos rozando su piel...
Se deslizaron por el ático de sus muslos..., movimiento que seguía perplejo al tornarse malicioso.
El dedo recorría su sexo... , de abajo a arriba, lentamente, húmedamente...
Sus labios cedían el paso a su dedo, placenteros, de ese color rosado, maduro y exquisito. Podía saborearlo.
Casi inconscientemente comencé a satisfacerme, pero no era una masturbación. La estaba follando.
Se apagó la celeste luz.
Se levantó, casi de un brinco, y se situó frente a mí... Ella frente al espejo, yo, frente a ella, erecto, para ella, por ella.
Siguió pajeándose para mí...
Sus piernas levemente separadas, sus caderas en movimiento pecaminoso, y su dedo.... Su dedo era mi pene... Con toda su dureza, entraba en ella sin la más leve resistencia... Es un coño hecho a mi medida, pensé.
Se corrió.
La música apenas pudo enmascarar el envenenado grito que brotó de su sexo.
Fué una fuerza que me hizo explotar, sobre ella, sobre el cristal...
Ese grito, esa incomparable música, quedó grabada en mi mente, deslizándose por mi oido hasta hacerme eyacular...
Ha llenado mis solitarias noches de un recuerdo eterno...
Su orgasmo.
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