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Una Cena -
R Guerra - (Filial) [09 May 2003]
R narra sus experiencias con su tia Ingrid, esa caliente mujer de 30 años y recientemete viuda... Acudea vistra a su querida tia que se siente sola, y la cena acaba en festín....
Mi tío había fallecido hacia aproximadamente una semana y media cuando llegué a la casa de mi tía (en realidad la esposa de mi tío) a darle mi pésame por la pérdida. Me quedé un poco desconcertado por el aire despreocupado con que la encontré a pesar de haber pasado tan poco tiempo y es que, a decir verdad, hacia ya bastante tiempo que estaban juntos mas por costumbre que por la existencia de algún sentimiento que los uniera.
Mi tía, de nombre Ingrid, era una bonita morocha de treinta años, casi nueve años mayor que yo, de labios rojos y llenos y unos ojos verdes muy expresivos y de mirada melancólica. Aquel día que fui a su casa tenía su cuerpo cubierto simplemente por una bata de baño y el pelo negro aún mojado, el negro de sus cabellos, recuerdo, parecía lanzar destellos rojizos con la luz del sol. No recuerdo exactamente en que momento me empezó a atraer terriblemente aquel cuerpo voluptuoso que todavía conservaba, fue allá por la adolescencia.
Me invitó a pasar me rogó encarecidamente que me quedase a cenar (eran casi las diez de la noche), que estaba cocinando pollo al horno con papas y que por nada del mundo quería sentirse sola esta noche. Me quedé. A pesar de sus negativas de anfitriona de ayudarla en la cocina me las ingeniaba para estar cerca de ella, olía magníficamente su piel fresca gracias al jabón alemán que sabía era su debilidad. Su cintura estrecha ponía de resalto su trasero soberbio y que siempre me imaginé redondo y firme como si hubiera sido tallado por un escultor. Todavía faltaba bastante rato para la comida así que descorchamos una botella de vino blanco para amenizar la espera y hablar de nuestras cosas.
Cuando uno la pasa bien pierde la noción del tiempo que transcurrió, y eso es lo que me pasó esta vez; llevábamos casi tres cuartos de botella bebida cuando noté que el lazo de la bata rosada de toalla que Ingrid llevaba puesta había comenzado a aflojarse y ponía casi a descubierto uno de sus senos, su vientre y de acuerdo a la posición que adoptara podía llegar a verse su entrepierna. Me sentí turbado y quise no mirar. Ella ya estaba algo picada por el vino y hacía amplios ademanes que abrían aún mas su bata, dejando al descubierto su piel tersa. Mi corazón latía con fuerza debido al excitante deseo por ver un poco mas, y a la vez me cohibía la idea de que lo que hacia no estaba bien. Preferí la primera idea. Dije las cosas más ocurrentes que el alcohol me trajo a la mente en ese momento. Fue durante uno de esos comentarios cuando se paró de repente y alargó su mano hasta la botella verdosa ya medio vacía, este movimiento acabó de deslizar el cordón que unía débilmente ambas mitades de la bata y ésta quedó completamente abierta exhibiendo dos pechos perfectos, algo pequeños pero de una turgencia incomparables, aquellos pezones parecían mirarme, desafiantes.
Sentí la boca reseca, las yemas de los dedos me cosquilleaban como si cientos de traviesas hormigas las hubieran adoptado como lugar de paseo. Levanté la vista de ese hermoso par de tetas y me encontré con sus unos ojos en los que la cordialidad y amabilidad anteriores habían sido reemplazadas por un el brillo malicioso que solo da la lujuria. Estaba aún un tanto desconcertado cuando Ingrid hizo sus hombros hacia atrás y la bata se separó limpiamente de su cuerpo. Se me acercó con paso felino, lentamente y sin dejar de mirarme como saboreándose por anticipado del placer del que iba a gozar.
Apenas diez minutos después tenía mi cabeza entre aquellas piernas firmes. Con dos dedos separaba los labios tibios de su vagina y entre medio introducía mi lengua, rígida, para entonces lamer sus jugos. Mientras mis manos apretaban con frenesí sus tetas, mis labios tiraban del botoncito del clítoris una y otra vez para luego dejarlo a merced de mi lengua húmeda y caliente. Todo el cuerpo de Ingrid vibraba con cada nuevo ataque de mi lengua así que la tomé por los muslos para impedir que se moviera y esto pareció colmarla de placer porque sus gemidos se hicieron mucho más intensos, sus manos se aferraban, crispadas, a las sábanas al tiempo que pugnaba por zafarse de mis manos.
Me incorporé y la contemplé durante unos segundos: extasiada de placer, de su garganta salían jadeos trémulos que me excitaban tanto mas cuanto que veía su vulva completamente mojada, sus pezones parecían haberse hecho de piedra de tan duros como estaban. < la quiero adentro mío ahora mismo > me susurró, su voz temblaba de placer. Mi miembro estaba completamente erecto y apuntaba directamente a aquel deseado hueco de placer. Separé sus piernas e introduje allí solamente la cabeza gruesa y colorada de mi pene. La iba metiendo lentamente solo para sacarla de igual modo, estaba fuera de mí viéndola desear tenerla toda dentro suyo; ella, por su parte y no pudiendo soportar ese perverso juego, me abrazó con sus piernas firmes y me atrajo hacía sí, lo que provocó un alarido de placer al sentir como mi verga entraba toda de forma tan violenta.
Yo también estaba fuera de mí, comencé a cabalgarla salvajemente, mi miembro entraba y salía casi en su totalidad con cada nueva embestida, mi boca iba de una teta a la otra lamiendo aquellos pezones erectos, de cuando en cuando mi lengua encontraba la de Ingrid, hirviente y mojada, y se trenzaban en una dura batalla a veces dentro de su boca, a veces dentro de la mía o a veces simplemente al aire libre así ambos podíamos excitarnos con tal visión. Aquellas lenguas parecían tener una longitud tal que amenazaban con desprenderse de sus dueños. Mientras tanto mis arremetidas, lejos de hacerse mas suaves eran cada vez mas rápidas y fuertes, estaba por llegar al climax. Noté que Ingrid también estaba a punto de llegar al orgasmo así que se la saqué; respiré un segundo para no acabar todavía y tomándola por las piernas la levanté un tanto, ella se sostuvo poniendo las manos debajo de las rodillas. Entonces, en esa posición, jugué unos segundos con la cabeza caliente de mi pene en la puerta de su vagina ahora toda colorada y luego la apoyé en la puerta de su ano. Ingrid me echó una rápida mirada pero en realidad sus ojos no veían sino que solo clamaban más placer. Empujé y la entrada se me resistió al tiempo que sentí contraerse en un gesto de dolor aquellas nalgas turgentes; un segundo intento dio igual resultado pero el tercero se logró abrir paso por las entrañas de la morocha. Toda la cabeza estaba ya adentro.
Empecé a moverme dentro de sus entrañas con suavidad . Me detuve. Ahora lentamente comencé a meter dentro de ella de a poco todo mi pene; las muecas de dolor contenido mezclado con placer no hacían sino aumentar aún mas mi deseo; sentía cómo mi verga se adentraba en aquella cavidad oscura y estrecha teniendo como música de fondo unos apagados gemidos de placer. Qué delicia al sentir todo el miembro dentro de ese soberbio culo! Mis idas y venidas, que comenzaron siendo lentas y pausadas para no lastimarla, terminaron en embestidas feroces que la taladraban sin piedad. Sus quejidos eran cada vez más fuertes mientras sus manos apretaban mis brazos con fuerza increíble. De pronto su cuerpo todo se tensó y se arqueó lanzando un profundo e intenso gemido, sus ojos estaban en blanco; pasados unos segundos aquel hermoso cuerpo se dejó caer sobre el colchón, exhausto. Su pecho se levantaba mas pausadamente cuando gemía quedamente debido a mis embestidas ahora mas suaves, el bello cuerpo de Ingrid estaba medio exánime, agotada por la intensidad de las sensaciones, y solo se movía por los impulsos que yo le proporcionaba; por mi parte, mi deseo no era otro que el de gozar toda la noche, de ser posible tal cosa, moviéndome dentro de esa estrecha cavidad.
Un cosquilleo inequívoco me anunció lo inevitable. La miré y el estado de laxitud que su rostro reflejaba obró lo que no hube imaginado posible en ese momento: aumento todavía mas mi deseo. Sentí que me explotaba el glande por el esfuerzo que hacía el contenido para escapar; la saqué de aquel soberbio trasero y en solo una milésima de segundo tenía el pene pegado a sus labios, entreabiertos y relajados; me miraba con ojos en los que empezaba a renacer ya la chispa del deseo. Con su lengua, húmeda y tibia, comenzó a lamer la cabeza colorada de mi miembro. Toda mi verga parecía querer explotar, no creía posible poder aguantar un solo segundo mas; Ingrid seguía lamiéndola con languidez, pasando la lengua por todo el glande como si de una limpieza a fondo se tratase. Estaba fuera de mí; tomé con desesperación los cabellos negros de Ingrid y medio por la fuerza le introduje una buena porción de mi pene dentro de su boca. Vi cómo sus ojos café se abrían, enormes, cuando el primer chorro, abundante, impacto con fuerza contra el paladar llenando, de seguro, toda la cavidad bucal. <MMmmmm> fue su única expresión. Yo, por mi parte, estaba como extasiado mirándola y a pesar de los esfuerzos que hacía para desasirse de mi agarre no la soltaba, un segundo disparo de semen, algo menos potente que el primero pero no menos caudaloso fue a parar también dentro de su boca. Sus protestas eran ahora más débiles a medida que se debilitaban las salidas de leche. Lejos de reprocharme este exceso, levantó sus ojos y mirándome directamente a los míos comenzó a chupármela lentamente, sentía el esperma todavía en su boca, chapoteando y pude ver un hilillo se escapaba por una de las comisuras desplazado por el glande.
Después de tan ajetreado ejercicio cenamos una comida algo pasada, pero igual la comimos con voracidad.
Este fue el comienzo de una nueva y más placentera relación entre mi tía política y yo y que a veces incluyo a algunos invitados extras; pero esta es otra historia, porque ésta historia termina aquí. Espero que la hayan disfrutado.

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