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Yo puse un anuncio. -
Promlab - (Hetero) [08 May 2003]
Chica pone un anuncio en busca de sexo anal en la puerta de los servicios de la Universidad complutense de Madrid... está claro que ese anuncio no sera pasado por alto....
Yo puse un anuncio

Mi nombre es... Bueno, mi nombre no importa y prefiero no decirlo. Sólo
diré, porque es importante, que soy una chica de veintidós años que
estudia en la Universidad Complutense de Madrid. Nunca he salido en
serio con ningún chico y mis relaciones sexuales hasta hace unos meses
eran muy esporádicas y bastante tradicionales.. Nunca he sentido nada
especial al acostarme con un chico. Siempre he tenido la luz apagada y
nunca he visto el cuerpo desnudo de mis amantes.
Yo vivo sola, en un piso del centro. No soy de Madrid. Mis padres me
envían dinero para que me concentre en mis estudios y no me preocupe de
nada.
En principio parece un buen trato. Pero la vida en Madrid para alguien
de fuera puede ser un poco difícil cuando sólo te limitas a ir a clase,
coger apuntes. Ir a comprar, hacerte la comida, recoger la casa y
estudiar para luego cenar y marchar a la cama. De vez en cuando quedo a
tomar algo con unas amigas de clase y sólo un par de veces me han
ligado y he acabado en lecho ajeno. Pero nada espectacular.
Por error hace unos meses llegó a casa un libro de una tienda de venta
por correo. Iba a nombre del antiguo inquilino y lo encontré en mi
buzón. Durante dos semanas estuvo envuelto. Pero me picó la curiosidad
y lo abrí. Era una colección de cuentos del marqués de Sade. Lo metí en
un cajón y me olvidé de él. No me interesaba.
Estaba de exámenes y no paraba de estudiar. Odio ver la tele, de hecho
ni siquiera la tengo. Por eso, en un descanso de los estudios cogí el
libro.
Me resultó turbador, extraño. Las situaciones que planteaba me
producían gran curiosidad. Mencionaba prácticas sexuales que me
parecían como mínimo extravagantes. Las protagonistas de las historias
hacían cosas que yo ni me había planteado. Me parecían un poco
manipuladas por la mente del autor. Al fin y al cabo, un hombre. Y es
un hombre quien las “sometía”.
Terminaron los exámenes y yo quería ir a casa a ver a mis padres unos
días. Pero empecé a darle vueltas a una de las historias.
Es difícil de explicar. Notaba un vacío, una gran duda y un oculto
deseo. Una idea me sobrevino. Empecé a temblar y me tuve que dar una
ducha para despejarme.
Al salir de la ducha me tumbé en el sillón y quedé dormida. Tuve
sueños revueltos y turbadores. Me desperté de repente y estaba mojada
entre mis muslos. Me tuve que duchar de nuevo.
Me di cuenta de que lo prohibido me llamaba. Era un deseo oscuro, un
poco sucio. Pero enormemente excitante. Tenía que hacerlo.
La mañana siguiente fui a una facultad que no era la mía (no diré
cuales son ninguna de las dos) y puse un anuncio que ha dado lugar a
lo que la gente llama una “leyenda urbana”. Cuando lo escucho me río
porque realmente sucedió y yo fui la protagonista. Me aseguré que no
había nadie mirándome y lo puse dentro de un servicio de alumnos. El
anuncio decía lo siguiente: chica busca chico discreto para que la
inicie en la sodomía. Y debajo mi número de teléfono. Salí corriendo.
Temblaba pensando en lo que acababa de hacer. Esa misma tarde recibí
siete llamadas pero no me atreví a responder a ninguna. Y apagué el
móvil un poco avergonzada. Cené y me fui a la cama. No podía dormir.
Estaba muy nerviosa. El móvil estaba en mi mesilla y no dejaba de
mirarlo. Me decidí a conectarlo. Sólo quince segundos después me llegó
un mensaje sms. Lo habían enviado media hora antes. Decía lo siguiente:
He visto tu anuncio. Un amigo mío y yo queremos conocerte. Somos de
fiar. Si estás interesada házmelo saber y te daré mi dirección. Te
prometo discreción.
Empecé a notar mis latidos en las sienes. Eran muy muy veloces.
Tampoco respiraba fácilmente. Mordí mi labio inferior y me decidí a
responderlo. Me temblaban los dedos. Sólo pude escribir “lo estoy” y
lo envié. Me respondió con su dirección y una hora. Le hice una llamada
perdida para confirmarlo.
Apenas puede dormir esa noche. El día siguiente no tenía clase y quedé
en la cama hasta las doce. Me levanté a las doce del mediodía. Comí, me
duché y volví a echarme sobre el sillón esperando que pasara el tiempo.
Dios, estaba histérica. Lo deseaba. Lo deseaba mucho, pero iba a
encontrarme no con un extraño, sino con dos. Tenía dudas “no voy, no
voy. ¡Ni que estuviera loca!”.
Pero lo estaba deseando. Lo único que hacía era justificarme a mí
misma. El encuentro no era muy lejos de mi casa. Veinte minutos. Media
hora antes salí de casa. Llevaba puesto un jersey y unos vaqueros azul
oscuros. Era marzo y en Madrid el tiempo era un poco frío aún. Llegué
al sitio con el corazón en la boca. Me planté frente a la puerta. Creí
que me desmayaría. En un impulso apreté el timbre. A los cinco segundos
me abrieron.
Era un chico de dieciocho años. De físico vulgar. Mediana estatura. Ni
gordo ni flaco, moreno ojos marrones. Muy español, muy del centro. Me
dijo hola y entré. Era una casa antigua. Allí estaba su amigo, que era
casi igual que él pero bastante feo. Tenían puesta música chill out y
estaban bebiendo bailey’s. Para calmarse, claro. El menos feo se
dirigió a mí:
Entramos en el salón donde había unos sillones. Nos sentamos
-Me llamo...
-¡No! Nada de nombres. Por favor.
Le dejé un poco asustado.
-Sí... Como quieras... ¿Quieres beber algo?
-sí, un poco de lo que tomáis. Eso estará bien...
El feo me preparó un vaso con torpeza. Lo bebí con la misma torpeza.
Evitábamos mirarnos fijamente. Todo era muy violento. Ridículo. Estaba
arrepintiéndome. Me hablaron de los discos que tenían, del tiempo en
Madrid. Todo lo alejado del asunto que allí nos reunía. Yo no paraba de
beber Bailey’s y ya estaba por el segundo vaso. Pensaba “cuando termine
este vaso pongo una excusa y me voy, me voy. Esto es una estupidez. Les
digo que era una broma y en paz.”
No paraban de hablar y yo bebía. El Bailey’s hacía su efecto. Me
relajé. Pero seguía decidida a irme. Ya llevaba diez minutos en ese
piso. Había durado demasiado. Me levanté y dije:
-Bueno...
Empecé a caminar hacia la puerta ante el asombro de los dos chavales.
Me iba. Pero vi la puerta del dormitorio abierta y me asomé dentro.
Había una cama muy grande y una lámpara cubierta con un pañuelo azul
oscuro que dejaba el cuarto en una curiosa penumbra azul.
-Lo habéis preparado muy bien- Dije.
Era el momento.
-¿Empezamos? Dijo el menos feo.
Noté una gran excitación. Iba a hacerlo. Asentí con la cabeza. El
whisky hablaba por mí. Los dos se dirigieron hacia la puerta del
dormitorio. Yo les dejé clavados porque me dirigí al ventanal del
comedor y con violencia bajé las persianas. Dejé el salón a oscuras.
-Prefiero aquí.- Dije.
Ambos estaban asustados. El salón a oscuras y sólo se veían perfiles
azules debido a la escasa luz del dormitorio. El feo quiso besarme. Me
negué.
-Nada de besos. Ni de meterme mano. No me excita ahora. Sólo quiero...
Bueno, ya sabéis.
Me miraron asombrados. Empecé a desabotornarme los jeans. Me daba
apuro. Me giré y los bajé hasta las rodillas. Dejé mis bragas y mi
jersey puesto y me puse de rodillas encima del sofá. Me incliné. Oía
sus respiraciones agitadas. La mía también lo estaba. Me bajé las
bragas.
-Te pondré crema ¿vale?-dijo la voz del menos feo.
-Bien – respondía- pero caliéntala con las manos antes.
Oí cómo se echaba la crema en las palmas y las frotaba. Me estaba
poniendo muy tensa.
-Allá voy. Abre un poco las piernas.
Obedecí y separé mis rodillas. Me sentía como una mujer de los relatos
de Sade. Sumisa, expectante. Mi trasero en pompa expuesto, dispuesto a
recibir una iniciación. De pronto noté su dedo embadurnado de crema
sobre el borde de mi ano. Estaba tibio. Así que mi ano se contrajo un
poco. Debido a la impresión. Lancé un quejido. Pero no quería parar.
Empezó a embadurnar las rugosidades de mi ano. Era una sensación dulce
muy muy agradable. Creo que empecé a mojarme. Poco a poco avanzaba su
dedo hacia el centro. Todavía con mimo. Trataba mi ano con mucho mimo.
Por eso mi esfínter empezó a relajarse. Él se dio cuenta y comenzó a
presionar ligeramente. Por fin, por fin mi culo empezaba a ser
perforado. Estaba mereciendo la pena. Dios, ya lo creo. Metió hasta la
segunda falange. Musité algo.
-¿Qué? –preguntó él
- Que lo muevas en círculos...
Así hizo. Yo me relajé y notaba cómo el borde de mi ano rozaba con la
suave piel de su dedo. Era dulce, muy dulce.. Entonces apretó más.
Firme aunque lentamente. Por fin metió entero su dedo en mi culo. Dios,
no podía creerlo. Nunca me lo había ni tocado para excitarme. Y ahora
tenía metido el dedo de un desconocido mientras otro me miraba. Lo
movió más rápidamente y nuestras respiraciones se lanzaron a la
carrera. Qué rico, que rico...
- Mmmmm – dije
- ¿Te gusta?
- Mucho...
Noté entonces que su voz cambiaba. Se excitaba muy violentamente.
- Quiero hacértelo ya
Acepté remisa. Yo no tenía tanta prisa. Pero di por hecho que él sabía
más que yo de aquello. Porque antes de esa tarde sólo sabía lo que
había leído en un libro de un señor que había muerto hacía unos siglos.
Oí cómo se desabrochaba el pantalón y buscaba su polla de entre sus
calzoncillos. Se la sacó. Pronto oí el sonido de su polla mientras se
la meneaba. Siempre me ha repugnado ese sonido. De hecho he tenido un
poco de reticencia a tocarlas. Ya no digamos chuparlas. Aquel sonido me
resultaba sencillamente asqueroso. Por fortuna estaba muy excitado y
tardó poco en conseguir una erección aceptable para ponerse la goma. De
buenas a primeras noté algo plano y duro sobre mi ano. Era su glande.
Mi ano era muy sensible y distinguí perfectamente el depósito de la
punta del condón. Me asusté. No creía que eso fuera a entrarme. Empezó
a empujar. Dolor. Era algo así como cuando coges mucho aire y no puedes
soltarlo. Me sentí presionada. Me dolía.
-Alto, no va bien... Dije asustada.
-Tranquila, siempre es así al principio- decía entre jadeos- ya te
acostumbrarás...
Lo di por bueno dando debido a mi ignorancia. Pero me dolía. Hundí mi
cara en el reposabrazos del sillón. Lo mordí. El sabor del sillón era
seco, de polvo. En esa casa no limpiaban a menudo o ese era un sillón
muy viejo.
Notaba cómo su polla entraba en mi recto. La metió hasta la mitad. Me
acordé de la primera vez que me folló un chico en el pueblo. En su
coche. Creí morir hasta que la entró toda. Pero entrar, entró. Esta vez
era igual pero la presión era mayor. Le pedí un respiro y aceptó. Los
músculos de mi ano estaban tensos y necesitaban relajarse. Él pareció
darse cuenta y aplicó más crema. Se lo agradecí desde lo más profundo
de mi alma. Un respiro para mi culito que ardía. Era la gloria. Empezó
a sacarla y meterla hasta donde estaba. Hasta la mitad. Aquello estaba
bien, era rico. Me estaba culeando, me sodomizaba. Como dicen algunos
tíos, me estaba dando por culo y me gustaba. Comencé a jadear. Todo
estaba bajo control. Así seguimos unos cinco minutos. Yo noté que su
polla crecía dentro. Le iba a explotar. Entonces pasó lo inevitable. El
chico cogió aire y empujó su polla dentro de mí. Muy muy dentro. Tanto
que tocó mi vagina con sus testículos. Eso me dolió mucho, muchísimo.
Yo ahogué un grito y empecé a llorar. Pero él no paraba. El problema
era que yo no era capaz de decir nada. Sólo lloraba. Él me estaba
metiendo su polla en mi culo. No la tenía muy grande pero aún así me
dolía. Él no oía mis llantos. Agarré con las manos el sillón y las
cerré con fuerza. Mis piernas temblaban. Mitad dolor y mitad terror. Me
sentía violada. Pero no era verdad. Simplemente mi amante estaba siendo
demasiado efusivo. De pronto paró. Se había corrido. La sacó despacio
muy muy despacio. Entonces me oyó llorar.
-¿Estás bien?-dijo con voz de preocupación sincera.
-Sí... sí. Sólo que has ido muy deprisa y ahora me duele.
Con lágrimas corriendo por mis mejillas me subí los pantalones. Mi ano
ardía. Me sentí sucia. Estaba mareada.
Le dije al feo que lo sentía pero que no podía ser. No puso reparos.
Fueron muy amables. Realmente eran buenos chicos. Estaban asustados.
Les tranquilicé y me fui.
En el camino a casa no paraba de darle vueltas. Mientras caminaba
notaba cómo mi ano se retorcía. Me costaba caminar a buen ritmo. Tenía
un gran escozor. Me dolía. Entonces me lo dije a mí misma.
-“Es cierto, es real. Te han dado por el culo. Te la han metido por
detrás. Has satisfecho tu fantasía”
Sabía que no volvería nunca a ser la misma. Ya en casa tomé un nescafé
y me metí en la bañera. Seguía dolorida, escocida. El agua caliente me
hacía daño en el esfínter. Pero aproveché para enjabonarlo, lo limpié a
conciencia y luego me puse crema. Después de secarme. Como estaba
segura de que esa noche me rozaría al dormir cogí una compresa y la
puse entre mis nalgas cubriendo mi desvirgado ano. Era bastante
agradable. Y así pude dormir esa noche. Las dudas me corroían. “¿Habré
hecho bien?””¿Soy una puta?”. Pese a todo había gozado mientras aquel
chico, desconocido, más pequeño que yo me sodomizaba. Y luego
pensé: “aún tengo su número por si ...”





A la mañana siguiente desperté pronto. Enseguida vino a mi mente la
experiencia tórrida y extraña de la tarde anterior. Y eso me condujo a
pensar en mi ano, aunque no hacía falta porque lo notaba dolorido. Me
desvestí y me quité las bragas. La compresa que puse entre mis nalgas
se había quedado pegada porque un poco de sangre había salido del borde
de mi culito y se había secado. Por eso decidí que en vez de tirar de
ella me daría otro baño para humedecer la compresa. Cuando la bañera se
había llenado a la mitad me senté dentro. Aquello funcionaba porque la
compresa se deslizó sola, pero el contacto del agua caliente hizo que
es escozor de mi culo me hiciera saltar. Estaba furiosa: aquel cabrón
me había hecho daño por su impaciencia. En el fondo estaba más enfadada
conmigo misma. Cogí un bote de crema y me tumbé boca abajo sobre la
cama. Puse un cojín bajo mi vientre y así se separaron mis nalgas. Eché
crema en mis dedos y los llevé a mi ano. Estaba fría pero me calmó el
picor. Mi mente iba a mil: “Serás estúpida” ”¿Cómo se te ocurre hacer
algo así?”. Mientras masajeaba el culo con mis dedos llenos de crema. Y
eso me relajó. No sólo eso sino que me hizo recordar el modo en el que
aquel chico hacía lo mismo la noche anterior. Esa sola idea me excitó,
lo sé porque notaba mi humedad y de hecho una gota de flujo se deslizó
fuera de mis labios vaginales. Ni corta ni perezosa presioné mi dedo
dentro de mi culo. Para mi sorpresa entró de un tirón y suavemente.
Pensé entonces en el dedo que ayer mismo me metía mi iniciador anal.
Estaba muy cachonda ya y comencé a follármelo. Era muy rico notar mi
dedito perforando cruel pero suavemente mi hasta ayer virgen culito.
Dentro, fuera, dentro, fuera. Así estuve un buen rato. Luego probé a
meter otro dedo. Empezó a doler porque seguía escocida y al tensarlo me
resentí. Pero estaba decidida y a los pocos segundos tenía los dos
dedos metidos hasta el fondo de mi culo. Así que me lo follé durante
tres minutos y los saqué. Me llevé los dedos a la cara, próximos a mi
boca. Aspiré su aroma y me excitó porque nunca había olido algo así. A
punto estuve de lamerlos pero en el último instante no me atreví. Volví
a quedarme dormida y estuve así, desnuda boca abajo, sobre mi cama.
Hasta que sonó el teléfono. Era mi madre: mi padre y ella venían en
coche a Madrid a verme y llegarían en dos horas. Me entró el pánico y
me vestí para ir a comprar algo porque no tenía nada en casa. Salí a la
calle y fui al supermercado. Durante todo el trayecto y allí dentro me
pareció que todo el mundo me observaba y me juzgaba por lo que había
hecho ayer. Como si pudiesen saberlo. En el fondo estaba deseando
contárselo a alguien. Estaba en la cola de la caja y me imaginé a mí
misma diciéndole a la señora que esperaba delante de mí: “¿Sabe usted?
Ayer me dieron por culo por primera vez. Me gustó mucho pero ahora me
duele un poco ¿A usted le gusta que le sodomicen? ¿Se lo pidió usted a
su marido o fui ideal de él?”. La mente te puede jugar malas pasadas.
Me sentí estúpida por pensar en esas cosas. Pobre mujer, qué habría
pensado de mí.
Volví a casa y preparé la comida. Un ratito después llegaron mis
padres. Charlamos y pusimos la mesa. Al sentarme me dolió el ano y
pegué un pequeño brinco. Así que volví a sentarme pero despacito. Mi
padre me miró alucinado. Yo estaba roja, no sabía donde meterme.
-¿Qué te ha pasado hija?
-Nada, nada... – busqué una salida airosa – Es que ayer me caí en la
escalera y me golpeé la rabadilla.
-¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pues más parece que te hubieran azotado! ¡Ja, ja, ja!
Pensé para mi misma: “Hombre, azotar, azotar no, pero...” Seguimos
comiendo y charlando de todo un poco, nada especial. De pronto miré a
mi madre. “¿Qué pensaría ella de mí?” “¿Qué diría de su hija que queda
con unos extraños y les entrega su cuerpo por puro vicio?”. Estaba
avergonzada. Luego miré a los dos y me pregunté “¿Le habrá follado papá
el culo a mamá?” “Seguro que sí, ¿por qué no? Tantos años casados
tienen que ponerle imaginación.” Entonces pensé en mi padre
haciéndoselo a mi madre por detrás y empecé a estar enfermizamente
cachonda. De modo y manera que fui corriendo al servicio y eché el
pestillo ante el asombro de mis padres. Allí dentro me bajé los
vaqueros y las bragas, puse crema en mis dedos y los metí furibunda en
mi culo. No voy a negarlo: aquello me dolió. Pero casi entendí el ansia
de mi amante de la noche anterior. Me follé el culo a toda velocidad,
ansiosa, como loca. Para que no me oyeran mordí una toalla. De pronto
alguien pico la puerta por el otro lado. Era mi madre.
-¿Estás bien hija?
De nuevo improvisé.
-Sí... Es que me ha bajado la regla de repente.
Estaba avergonzadísima. Acabé con aquello, me lavé las manos y volví al
salón. Seguimos charlando toda la tarde hasta que a eso de las ocho se
marcharon. Estaba agotada. Demasiadas cosas para sólo cuarentiocho
horas. Había tenido el móvil desconectado todo el día. Así que lo
encendí y apareció un mensaje sms. Era de los dos chicos de la noche
anterior. Se preocupaban por mí y por si estaba bien. Me quedé un rato
pensando en eso. Aquel chico, el “guapo” quiero decir, me había hecho
daño. No tuvo mala intención pero la mujercita perversa que todas
llevamos dentro quería una revancha. De modo que fijé una cita para la
tarde siguiente. Esta vez tomaría yo las riendas del todo. Ya no iba
como una ignorante respecto a este tema. Tampoco era una experta pero
parecía que había vivido por toda una vida en sólo dos días.
La tarde siguiente me presenté en su piso de nuevo. Ya se había roto
el hielo un poco más y nos sentamos en el sofá a charlar. Estuvimos
bebiendo de nuevo. El que más hablaba era el feo. Estaba nervioso
porque sabía que hoy era su turno para follarme y la ansiedad hacía
mella en él. De modo y manera que sólo prestaba atención al “guapo” que
me miraba con una mezcla de vergüenza y deseo. En el fondo me daba pena
pero estaba decidida. Me puse al lado del feo y le toqué la pierna. Esa
mera señal le sirvió para que se lanzara sobre mí. Empezó a besarme el
cuello pero yo le paré.
- Nada de besos. Eso no me excita ahora.
Entonces se limitó a sobarme el cuerpo, sobre todo las nalgas. Las
pellizcaba y las mordía. Yo no dejaba de mirar al guapo que me miraba
alucinado. Estaba disfrutando viéndole sufrir. Enseguida adquirí la
postura del día anterior: me puse de rodillas sobre el sofá y bajé mis
pantalones y mis bragas. Miré al guapo y le dije:
- Tú aquí delante. Mirando.
Así se puso. Yo sobre el sofá y el de pie enfrente de mí. El feo cogió
la crema y empezó a embadurnarme el ano. Me encantaba notar la cremita
y sus dedos en mi culo. Como ya iba siendo una “experta” empecé a
contraerlo y dilatarlo por mí misma. Como si de una boca se tratase. Y
de eso se trataba. Aquel chico que tenía delante había abierto una
pequeña boca en mi trasero. Una boquita pequeña y viciosa que deseaba
ser llenada a toda costa. De manera ansiosa. Entonces eché mis brazos
alrededor de la cintura del guapo (estoy segura de que si lee esto
ahora lo recordará muy bien. Espero que no lo lea) y me agarré fuerte.
El feo comenzó a meneársela. El sonido, como ya he dicho, me repugna.
Pero me excitaba saber qué poco quedaba para ser sodomizada por segunda
vez en mi vida. Fijé mis ojos en los del guapo. Parecía triste. El feo
seguía masturbándose. Le oía respirar torpemente y eso me excitaba
bastante. Ya por fin puso su glande a la entrada de mi ano y empezó a
empujar. Aún dolía. Pero esta vez la dejé entrar más fácilmente.
Primero porque ya tenía el culo bastante más abierto que hacía dos días
y segundo porque empezaba a tener control sobre mis músculos anales y
podía abrir mi esfínter a voluntad. La metió hasta la mitad. Qué rico.
Mordí el vientre del guapo que asistía a mi sodomización incrédulo.
Distinguía perfectamente su sudor y supongo que su erección era notable
pero no quería darle el gustazo de comprobarlo. Me encantaba mirarle a
los ojos mientras su amigo me daba por culo. Me hizo sentir un poco
sucia, un poco zorra. Pero le castigaba y eso sí me gustaba. Así estuvo
follándome el feo unos cinco minutos. Entonces me preguntó:
-¿Preparada?
Me asusté. Me la iba a meter del todo y me dolería. Miré al guapo y
ahora tenía una sonrisa un poco cruel. Entonces me giré y le dije al
feo que tenía su polla metida en mi culo.
-¿Tienes alguna enfermedad?
Se quedó alucinado y miró de reojo a su amigo.
-No... Claro que no.
-Entonces quítate el condón y métemela otra vez. Quiero que te corras
en mi culo.
Tardó unos cinco segundos en reaccionar. Sacó su polla creando un
extraño y desagradable vacío en mi culito. Entonces oí la goma cayendo
al suelo y su polla entrando de nuevo. Miré al guapo. Estaba pasándolo
muy mal. El feo la metió del todo en unos veinte segundos. Dolió, pero
entró. Estaba gozando increíblemente. Notaba mis muslos empapados con
mi propio jugo. Aquel chaval feo, desconocido, y menor que yo me estaba
dando por culo con mucha más maña que su amigo. Me aferraba con fuerza
al cuerpo del otro y a cada embestida jadeaba con fingido aire de
derrota. Sabía que eso le dolía. El feo comenzó a acelerar. Estaba a
punto de correrse. La fricción comenzó a dolerme pero me aguanté. Se
corrió. Era muy agradable notar su leche calentita en mi culo. Cayó
rendido sobre mi espalda. Empezó a sacarla y yo le gasté una bromita un
poco perversa porque apreté mi ano alrededor de su pene y lanzó un
pequeño quejido. La sacó despacito y se marchó. De nuevo mi ano sentía
ese desagradable vacío. Estaba deseando que aquel otro chico lo llenara
enseguida. Pero la venganza era mi objetivo esa noche. Le miré con
maldad y me incorporé sobre mis rodillas. Llevé mi mano a mi ano. Metí
un dedo y lo saqué empapado de semen. Se lo enseñé al guapo con una
sonrisa malvada. Vencí mi asco y las náuseas y me lo metí en la boca,
tragándomelo mientras le miraba. Venganza cumplida. Me vestí, me
despedí y me marché. Al salir a la calle me sentí como una auténtica
zorra, una depravada y la idea empezaba a gustarme mucho. Quizá a la
mañana siguiente no iba a pensar lo mismo...





Efectivamente la mañana siguiente me sentía mal conmigo misma. Mal por
dos cosas. Primero porque empezaba a preocuparme mi salud mental debido
a mi obsesión por el sexo anal aunque lo juzgaba fruto de la emoción al
descubrir una nueva sexualidad para mi cuerpo. El segundo era la mala
conciencia por la humillación a la que había sometido al “guapo”. Las
mujeres somos así de buenas a veces y desde esa mañana decidí que el
daño físico que me había infringido unas noches antes no fue
intencionado. Por eso decidí también bajar la intensidad de mi vida
sexual un poquito. Las siguientes semanas las pasé estudiando y
renovando mi vestuario íntimo. Hasta la fecha pensaba que la moda que
el noventa por ciento de las chicas habían tomado de llevar tanga hasta
con vaqueros era un poco como de golfa en muchos casos (lo del tanga
con vaqueros sigue pareciéndome ridículo e incómodo). Pero empecé a
comprarlos y llevar pantalones más ceñidos. No podía evitar identificar
el tanga con el sexo anal porque sé muy bien que eso es lo que provoca
en un hombre al ver una mujer con tanga. De modo que al llevarlos y
exponerme a la gente por la calle me sentía observada. Tenía la
impresión de que los hombres que se quedaban mirando mi trasero ceñido
por el tanga pensaban automáticamente en sodomizarme. Y esa idea hacía
arder mi deseo. De todas maneras ya digo que iba a clase. Pero allí
sentada en el pupitre de la facultad siempre encontraba algún momento
de insoportable aburrimiento. En esos instantes aprovechaba para llevar
mi mente a otro sitio. Hacía, en mitad de clase, lo que yo llamaba
mis “ejercicios anales” que consistían en ejercitar los músculos de la
zona. Por eso no hacía sino contraer y dilatar mi ano a voluntad. Me
resultaba súper morboso hacerlo rodeada de compañeros de clase. Por
supuesto ninguno se daba cuenta porque yo permanecía inmóvil.
Cuando iba a casa realizaba las cosas normales. Cocinar, estudiar y
dormir. Además de mis “ejercicios anales” que eran diferentes a los que
hacía en clase, claro. Ahora, por ejemplo, me bañaba en vez de
ducharme. Porque aprovechaba el agua calentita y la postura para
perforar mi culito.
Cuando no estaba en la bañera utilizaba objetos para abrírmelo más. Al
principio usaba velas, pero se quebraban y me parecían peligrosas. Así
que las cambié por rotuladores gruesos o mangos de cepillos del pelo
redondeados. Lo que hacía era metérmelos en el recto y los dejaba
dentro un buen rato. Si el objeto me lo permitía incluso me movía por
la casa. Eso sí. Me compré un poco de vaselina sexual en un sex shop de
la calle Montera. Así facilitaba la introducción de esos objetos en mi
culo. También usaba mis propios dedos. Me metía dos o incluso tres. Y
era más agradable porque estaban calentitos.

Tenía otra gran curiosidad. Con el espejo me resultaba incómodo verlo
bien. Así que me compré una cámara Polaroid. La cargué con película y
me desnudé. Puse la cámara en el suelo mirando hacia arriba y me puse
de cuclillas sobre el objetivo. Puse el disparador retardado y abrí mis
nalgas. De ese peculiar modo conseguí una foto de mi ano. Estaba
encantada mirando la foto. Era una especie de hendidura rugosa de color
oscuro, pero no mucho. Su redondez me parecía bellísima, y los pliegues
de borde me parecían muy muy eróticos, No hacía sino pasar mis dedos
por la foto deseando follarlo. Entonces me di cuenta de que necesitaba
una foto más. De modo que coloqué la cámara de nuevo y separé más mis
nalgas acercando mis dedos al borde de mi ano. La foto que obtuve era
un poco distinta a la anterior. Ahora me había abierto un poco el
culito y veía parte de mi recto. Era de color rosadito. De manera que
era un cráter oscuro que por dentro era rosado y en el medio tenía un
deseoso agujerito negro. Así que también parecía una boquita. Hice una
foto más. En esta metí un dedo por la mitad. Y entonces mi ano, con mi
índice metido, parecía una boca chupando un dedo. Aquello me pareció
tan erótico que me masturbé un buen rato y me fui a la cama.
Estaba aburrida en casa los últimos días. Una compañera de casa no
paraba de darme el coñazo para que saliera con ella. Total, que acepté.
Me vestí con un pantalón rosa y un tanga color carne. Arriba un jersey
negro. Quedé con mi amiga en la puerta del Sol un viernes por la noche.
Estaba excitada ante la idea de ir a la zona de Huertas donde están
todos los estudiantes extranjeros. Mi amiga llegó y me dejó helada:
había quedado con una compañera de clase marroquí en Lavapiés. A mí
Lavapiés no me ha hecho nada, pero me prefería ir a Huertas. Quedamos
en ir primero a Lavapiés a ver a su amiga y luego volver a Huertas.
Caminamos un rato y llegamos a un bar iraní. Dentro estaba su amiga.
Estuvimos un buen rato y yo me aburría mortalmente. Ellas se conocían
muy bien y tenía mucho de qué hablar, pero yo me encontraba desplazada.
Me entraron ganas de ir al servicio. Me levanté y fui allá. Al entrar
tropecé con un chico árabe. Era de mediana altura, moreno de pelo muy
muy rizado y corto. Pero me quedé con la mirada clavada en otra parte.
Llevaba unos pantalones de hilo fino y se veía perfectamente su
increíble paquete. Lo tenía realmente enorme. Él se dio cuenta y
sonrió. Yo me puse roja y entré a toda prisa en el servicio de chicas.
Al salir no estaba y me senté junto a las chicas. Estaba muy turbada y
ni siquiera prestaba atención a lo que decían. De manera que me levanté
y dije:
- Perdonad, chicas. Creo que me voy a casa. Me duele la cabeza
- ¿Quieres que te acompañe? – dijo mi amiga
- No. No hace falta. Nos vemos.
Y salí del bar. Estaba muy turbada y avergonzada por haberme quedado
mirando el paquete de aquel chico árabe. Eran las dos de la mañana y yo
caminaba por las calles de Lavapiés. Me sentía un poco insegura. Además
pronto me di cuenta de que alguien me seguía. Aceleré un poco nerviosa
en busca de la entrada del metro. Los pasos seguían tras de mí. Al
doblar una esquina giré rápidamente la cabeza para ver quien era. Y era
el chico del bar iraní. Entonces noté cómo mis latidos se aceleraban y
las pulsaciones tamborileaban en mis sienes. Instintivamente bajé mi
ritmo al caminar hasta que el chico estuvo lo bastante cerca.
- ¡Espera! – me dijo
- Hola... – Le dije mirando furtivamente a sus ojos.
-¡Cómo corres, madre mía! ¿Vas a casa?
- Sí, se me hizo tarde.
- Qué pena. ¿Sabes? Yo vivo cerca de aquí. ¿Por qué no vienes a tomar
algo a mi casa? Te haré té.
- No me gusta el té. –Dije torpemente. Entonces él se me acercó mucho y
me susurró al oído.
-Venía como loco tras de ti mirando cómo se movía tu cuerpo mientras
caminabas. Me gustas mucho...
Entonces acercó su boca a la mía y me besó. Al mismo tiempo empezó a
acariciar mis muslos por dentro. Noté cómo la temperatura subía entre
mis piernas. De pronto llevó su mano sobre mi pubis y empezó a
acariciar mi vulva. Mi respiración se volvió torpe. Pero cogí su mano y
la llevé a mi trasero. Puse su dedo corazón sobre mi ano y presioné
ligeramente. Me puse enferma. Él empezó a tener una erección y empezó a
describir círculos con su yema sobre mi ano.
-¿Te gusta por detrás?
Asentí con la cabeza. Agarró mi mano y me llevó a su casa. Al cerrar la
puerta de su piso empezó a magrearme llevando mi mano sobre su polla.
Yo la retiré porque, como ya he dicho, no me gusta tocarlas. Entonces
me empujó sobre la cama y se puso de pie delante de mí. Yo estaba muy
nerviosa pero también muy excitada. Él se bajó los pantalones y los
calzoncillos. Dejó al aire su enorme polla.

- Quiero que me la chupes.
- No. Yo no la chupo. Me da asco.
Quedó alucinado. Yo me giré y me bajé los pantalones. Me puse a cuatro
patas sobre la cama y acaricié mis nalgas para él. Él se me acercó y se
puso de rodillas tras de mí. Mi respiración se disparaba. Me iba a
follar un desconocido. Me iban a sodomizar por tercera vez en mi vida y
encima con una polla enorme. Tenía miedo, pero al mismo tiempo estaba
impaciente por tenerla metida en mi culo. Entonces él dijo algo
doloroso.
- ¿Eres un poco puta, verdad?
Avergonzada, no dije nada, que fue tanto como decir que sí lo era. El
moro agarró mi tanga y retiró la tira sobre mi nalga derecha. Dejando
así mi ano al descubierto. Separó mis nalgas y puso la cara entre
ellas. Empezó entonces a olerme. Sentí una vergüenza terrible. Abrió
entonces mi esfínter con los dedos y lo olió. Estaba roja de
humillación. Entonces, sin previo aviso, metió su lengua. La había
puesto dura y me follaba el culo con ella. Luego me daba lengüetazos.
La sensación era maravillosa. Tener a un extraño lamiendo mi culo,
comiéndoselo, como si besara mi otra boca pequeña y viciosa. Entonces
se levantó y empezó a meneársela. Yo le oía y me asusté porque aquel
trasto debía ser enorme. Sabía que me iba a doler. Pero lo deseaba. Así
que aunque de primeras mi culito se contrajo y se cerró luego empezó a
boquear y a tener palpitaciones. Por lo cual se abría y cerraba con
voluntad propia mientras yo rompía a sudar y notaba como una gota de mi
juego salía de mi coño por encima de los labios de mi pubis. Pronto mi
entrepierna estuvo empapada con mis jugos. Entonces, cuando mi ano
palpitaba desbocado, a toda velocidad, se contraía y se dilataba como
loco, él puso su glande a la entrada y empezó a empujar. Yo separé mis
piernas para admitir semejante polla dentro de mi culo. Dolía, dolía
mucho. Apreté los dientes con fuerza a pesar de que sólo había metido
el glande. Así lo dejó un rato, de modo que mi ano, como un anillo de
cuero, rodeaba su glande atrapándolo, devorándolo. Él también estaba
muy excitado y su polla empezó a hincharse y a tener espasmos por la
circulación de su sangre. Seguía nerviosa y mis piernas temblaban. Él
empezó a moverse dentro de mi culo como para darlo de si y metérmela un
poco más. Yo gozaba muchísimo. Entonces empujó y la metió hasta la
mitad. Yo sentí cómo me atravesaba. Mi culo ardía, me dolía. Pero él
paró y escupió sobre mi culo perforado a medias por su polla. Entonces
la movió dentro fuera para que su saliva lubricara mi ano. Yo clavé mi
boca en la almohada por lo que bajé el pecho y aumenté el espacio para
que me la metiera. Entonces, sin previo aviso, la metió del todo en una
maniobra horrible que me desgarró. Hasta noté el crujido de los
músculos de mi culo. Aquel chico acababa de romper los músculos de mi
esfínter. Yo comencé a llorar del dolor. Y él me follaba, me follaba
sin piedad. Me sodomizaba cruelmente. Noté como un líquido caliente
salía de mi culo y se juntaba con mis jugos vaginales. Era un poco de
sangre. Aquello no iba bien. Pero al mismo tiempo que sufría adoraba
ser follada de esa manera tan humillante. Así, a cuatro patas, sobre
una cama desconocida un chico árabe me daba y me rompía el culo. Era
como tener un puño metido por el culo, un dolor increíble pero también
un gran gozo. Me sentía sucia, enferma de deseo. Entonces se corrió.
Agotado, sacó la polla de mi culo. La descompresión fue terrible.
Incluso sonó el vació. Al sacarla noté un horroroso vacío en mi culo y
un gran alivio. Empezaba a escocerme. Me quedé un rato con el culo
expuesto por miedo a que moverme aumentara mi dolor. Mi ano permanecía
abierto. Él comenzó a reírse de mí y metió un dedo en mi culo, dándole
vueltas dejando bien claro que le quedaba mucho espacio libre. Yo no
podía reaccionar. Aquello no podía estar pasando. Él sacó su dedo de mi
culo, que seguía sin cerrarse, y agarró mi tanga. Pegó un tirón muy
fuerte y me lo arrancó.
- Una prenda que me quedo.
Entonces me desperecé y me quedé de rodillas en la cama. Metí dos dedos
en mi culo comprobando que entraban sin dificultad. Estaba alucinada.
Los saqué y los miré, tenían sangre. Me dolía y me escocía mucho el
ano. Le pedí una toallita y me la dio. Limpié mi culo y me puse los
pantalones. Para entonces mi esfínter empezaba a cerrarse solo.
Intercambiamos los números de móvil y me marché cuando llegó mi taxi.
Todo me daba vueltas. En el taxi iba sentada casi de costado para
evitar el roce y el dolor. Al llegar a casa, y caminando con mucha
dificultad, me quité los pantalones con dificultad porque se habían
quedado pegados a mis muslos debido a que incluso después de dejar la
casa del árabe segregaba jugo y tenía los muslos empapados. Los miré y
me di cuenta de que tendría que tirarlos. Tenía un cerco de sangre.
Aquel tío me había desgarrado el culo. Lo curé con mimo y con una
sensación horrorosa. Me tuve que tomar un Nolotil para calmar el dolor
y conseguir relajarme. Incluso se me pasó por la cabeza ir al hospital,
pero para entonces mi sueño me venció.



Continuará

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